El delirio alemán por el oro

El oro alemán cambiará de lugar. Por primera vez desde que las transacciones oficiales con oro se hicieron más transparentes, las autoridades alemanas transferirán hacia el país una parte significativa de sus reservas de oro que actualmente están en Francia y los Estados Unidos, según ha informado el Bundesbank. Claramente se trata solo de una cuestión de gestión monetaria. Pero, ¿por qué ahora?

Una posibilidad es que los responsables del diseño de políticas alemanas piensan que estamos llegando a una situación de “sálvese quien pueda” –y solamente el oro resguardado por uno mismo tiene valor.

No obstante, esto es demasiado exagerado. Un mundo en el que la confianza financiera entre Alemania y Francia o Alemania y los Estados Unidos desapareciera por completo tendría problemas mucho mayores que decidir dónde poner el oro de un país. El comercio internacional se desplomaría y las principales empresas globales tendrían dificultades para vender sus productos. Tener el oro en casa o en las bóvedas de la Reserva Federal de Nueva York no tendría gran importancia en tal situación.

¿Acaso piensa Alemania que su oro será objeto de sanciones o de algún tipo de confiscación –como a veces sucede en los Estados renegados? Esto también es muy poco probable. Países como Irán o Venezuela hacen muchos esfuerzos para convertirse en parias internacionales. En contraste, Alemania es un pilar del mundo democrático. Eso no va a cambiar.

Tal vez los funcionarios del banco central de Alemania perciban que a largo plazo las preferencias internacionales se alejarán del dólar y deseen estar preparados en cierto modo. Esto es factible en términos de una futura disminución de la importancia del dólar como moneda de reserva y refugio. Las reservas denominadas en dólares (principalmente de los bancos centrales) eran de aproximadamente el 2% del PIB de los Estados Unidos en 1948 y en 1968. Actualmente estas reservas son de al menos el 15% del PIB estadounidense –y algunas estimaciones la cifran en hasta el 30%.

Gran parte de este aumento se deriva de una prosperidad creciente y superávits en cuenta corriente en países de ingresos medios. Cuando al mundo se le vende más de lo que se le compra, se acumulan activos en el mundo –y se necesita decidir la forma en qué se desea conservar esos activos.

Hasta el momento, el mundo tiene muchos activos en dólares estadounidenses, y no sería sorprendente que en el futuro se realice una mayor diversificación de portafolios. Sin duda, se habla mucho del creciente papel internacional del renminbi –tema que es objeto de un interesante trabajo por parte de mi colega, Arvind Subramanian, del Instituto Peterson de Economía Internacional.

Sin embargo, en este sentido no es muy útil cambiar de lugar el oro de Alemania. Lo que sí ayudaría sería rescatar la imagen del euro –para convencer a los inversionistas de que la moneda común tiene un futuro brillante porque está sostenida por una unión fuerte en los aspectos político, financiero, fiscal y monetario. Cuando se ven las cosas desde esta perspectiva, la ubicación física del oro es mero entretenimiento.

Es como si las élites políticas alemanas pensaran que estamos de nuevo en la era del patrón oro. Pero incluso en ese entonces lo que importaba era la cantidad de oro que se poseía –no dónde estaba guardado.

La tendencia más general e inquietante es la politización de la banca central. Figuras políticas centrales de Alemania desconfían cada vez más del Banco Central Europeo, y también expresan públicamente sus dudas sobre la política monetaria de la Reserva Federal estadounidense.

Su temor es la perspectiva de inflación. No obstante, lo que les inquieta verdaderamente no es en sí la inflación –es decir, que los precios podrían aumentar súbitamente este año o el siguiente. En cambio, les preocupa que los bancos centrales perciban demasiado tarde que está aumentando la inflación, y que ello provoque una fuerte alza de las perspectivas de dicho índice.

De nuevo, cambiar de lugar el oro no sirve de nada para mantener bajo control la inflación o modificar la conducta de los bancos centrales. La relación entre monedas y oro se rompió irrevocablemente en 1971, cuando el presidente estadounidense, Richard Nixon, decidió suspender la convertibilidad de dólares en oro a los bancos centrales. Desde entonces, hemos vivido en un sistema monetario puramente fiduciario –lo que significa que el valor de nuestro dinero no está respaldado por oro u otro objeto físico. Dichos sistemas monetarios tienen éxito mientras el banco central se comprometa creíblemente a tener la inflación bajo control.

Así pues, parecería que los políticos alemanes están sufriendo graves delirios sobre la importancia del oro y los efectos de cambiarlo de lugar. Pero tienen razón en inquietarse por las políticas del BCE: Ofrecer crédito incondicional a los gobiernos de la eurozona no ayudará a que éstos sean más prudentes. Existe el riesgo real de que la “supremacía fiscal” socavará la política monetaria y dificultará mucho más mantener controlada la inflación.

La fascinación alemana con el oro es una pista falsa. Su temor a una política monetaria incontrolable, no.

Simon Johnson, a former chief economist of the IMF, is a professor at MIT Sloan, a senior fellow at the Peterson Institute for International Economics, and co-founder of a leading economics blog, The Baseline Scenario. He is the co-author, with James Kwak, of White House Burning: The Founding Fathers, Our National Debt, and Why It Matters to You. Traducción de Kena Nequiz.

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