El Derby sin Guillermo

Por Fernando Savater, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 15/06/05):

Le dije a Félix de Azúa: “El próximo junio iré a Epsom para ver mi Derby número treinta: consecutivos. Y será la primera vez que después no cene con Guillermo Cabrera Infante”. Rápido como el humor o, aún más, como el propio Guillermo, Félix completó el lamento de la melancolía: “Treinta tristes Derbys…”. No lo fueron los demás, desde luego, pero inevitablemente éste sí lo será. Mi primer Derby sin Guillermo… y el último también, si me atengo a lo que dije. El año pasado, después de cenar, comenté que el Derby número treinta sería el último: un número redondo para poner fin a un demasiado prolongado ritual hípico. En algún momento debemos empezar a interpretar la sinfonía de los adioses… “Pero… ¿por qué vas a dejarlo?”, me preguntó Guillermo. No supe qué responderle. Tampoco habría podido contestar a quien indagase los motivos por los que me he obstinado en volver un año tras otro a Epsom, como si me fuera la vida en ello. Y en ello se me ha ido la vida. ¡Treinta años! La edad que hoy tiene mi hijo. Y mientras pasaban, mis padres han muerto, los amores nacieron y se marchitaron, acabó la dictadura, por cada amigo perdido obtuve diez conocidos, me corrí juergas y libré batallas, aprendí que no hay peor derrota que imaginarse haber vencido. Todo cambió alrededor de mí y también dentro de casa. Sin embargo, contra el universal trastorno, entre agobios y disgustos, mantuve algunos compromisos: siempre comí y bebí a mis horas, nunca me salté voluntariamente la siesta y no me perdí ni un Derby. A mi modo, he defendido la causa del cosmos frente al caos… Pero ya es suficiente: treinta bastan.

Como cada año, el Derby 2005 también empezó por ser un puñado de interrogantes: ¿lograría ganar por tercera vez consecutiva Kieren Fallon, hazaña que ni siquiera estuvo al alcance del gran Lester Piggott?, ¿se rompería el maleficio que impide al campeón Dettori añadir esta prueba reina a su abrumador palmarés, con victorias en todos los continentes? Sobre todo, lo que más preocupaba a los aficionados: ¿podría finalmente John Murtagh montar al favorito Motivator, a pesar de una inoportuna sanción que parecía condenarle a quedarse a pie precisamente en la gran jornada? Los amantes de la genealogía de los purasangres teníamos nuestra propia intriga, la cual nos remontaba al año 2000. Esa temporada conoció la hegemonía de dos grandes campeones que, cada uno por su lado, conquistaron de manera impresionante las pruebas más destacadas: Montjeu y Dubai Millenium. Fueron dos de los protagonistas de mi libro A caballo entre milenios. Cierro los ojos y veo al altivo Montjeu, que siempre corría con la cabeza alta y las orejas erguidas, distanciándose de sus rivales en Ascot sin aparente esfuerzo como un noble entre plebeyos; y en la cálida noche de Nad al Sheba, junto al golfo Pérsico, rememoro a Dubai Millenium ganando de punta a punta a competidores llegados de todos los países, mientras los dubaitíes vestidos con blancas chilabas le vitoreaban incansables. La supremacía de cada uno de ellos tenía partidarios entusiastas, pero nunca llegaron a enfrentarse y a final del dos mil ambos fueron retirados para cumplir su grato deber de sementales. Dubai Millenium murió muy poco después, víctima de una plaga contra la que nada pudieron los esfuerzos millonarios del jeque que lo idolatraba. Dejó sólo un puñado de hijos y uno de ellos, Dubawi, participa en el Derby montado por Dettori: no habrá otro ya en la gran carrera para recordar el nombre de su padre. De Montjeu, convertido en el más cotizado de los jóvenes padrillos, corren dos hijos, los primeros que llegan a Epsom: el propio Motivator y Walk in the Park. De modo que es como si el aplazado duelo entre los dos magníficos fuera a tener lugar en cierto modo por intermedio de sus descendientes…

El sábado del Derby, la tarde de Epsom adopta un clima modelo irlandés, quizá como homenaje meteorológico a esa tierra hípica entre todas: una sonrisa celestial soleada y casi calurosa, luego una brusca ducha de lluvia inopinada, más solecito para que los bobos se quiten la gabardina, otra racha húmeda de frescura criminal y así alternando. Desde mi asiento en las alturas de la tribuna, lanzo sobre las verdes ondulaciones abigarradas por leyendas y gentío la habitual mirada de saludo amoroso. Sigue siendo un lugar magnífico y una ocasión sublime, pero en tres décadas no faltan los cambios. Por supuesto, hace pocos años apareció la mole cristalina y algo esnob del Queen’s Stand, que ahora contiene la mayor concentración de pamelas y chisteras que puede verse en este por otra parte tan mesocrático recinto deportivo. Pero para mí lo más llamativo no es un añadido, sino una ausencia: la del gesticulante telégrafo con que los boomakers se transmitían las cotizaciones de cada caballo según un código ancestral, rubricado por voces no menos crípticas que me recordaban las de los apostadores en los frontones vascos y que para mí constituían la banda sonora de Epsom. Los teléfonos móviles y los paneles electrónicos han acabado con aquel sistema de comunicación vistoso y primitivo: hoy los bookies desempeñan su cometido con el mismo pintoresquismo que cabe esperar de una sucursal bancaria…

Vemos desfilar ante las tribunas a los contendientes, buscando entre ellos la sorpresa que haya escapado a los pronosticadores. A mi juicio, siempre viciado por caprichos romanticoides, podría ser Kong, al que vi ganar una prueba preparatoria en Lingfield. ¿Acaso no espero con ansia a que llegue el próximo diciembre la película con que Peter Jackson revivirá al gorila de mi corazón? Para mí, todo Kong es King… Y precisamente Gipsy King se llama el hermoso potro con el que Kieren Fallon intentará su personal triplete de Derbys. ¡Con qué elegante garbo camina ese gitano de sangre azul! No falta tampoco el toque de augurio misterioso: un periodista del Times asegura haber soñado ayer con la tarde que ahora vivimos. En su sueño, vio llegar a la reina vestida de verde Nilo y luego asistió al triunfo de Oratorio. Busco con los gemelos a Elisabeth Regina y, en efecto, va vestida de verde, aunque no sé si es un verde Nilo o un simple verde lechuga. ¿Basta el verde regio, cualquiera que sea su matiz, para garantizar que Oratorio acabará esta tarde en un “aleluya”? Mi ignorancia del mundo de la moda me impide no sólo disfrutar de las bodas principescas, sino hasta aprovechar en el hipódromo los soplos del oráculo…

Pronto salimos de dudas. Reunido gracias a la benevolencia de los árbitros con su habitual jinete Murtagh, Motivator se destaca a media recta sobre sus rivales y se va a ganar con tranco potente y fácil, erguidala cabeza orgullosa al estilo de su padre, el campeón Montjeu. Su hermano Walk in the Park remata para el segundo puesto, arrebatándoselo de finales a Dubawi. Dos de dos, el semental puede estar satisfecho allá en Kentucky… y aún más sus dueños. Por cierto, la victoria de Motivator también hace felices a otros muchos, porque el triunfador tiene nada menos que doscientos treinta propietarios (entre ellos, el músico Lloyd-Webber), que componen el consorcio The Royal Ascot Racing Club. Como suele decirse en la lotería, este año el primer premio ha estado muy repartido… En el recinto de ganadores sólo dejan entrar a doce de ellos para fotografiarse con su atleta, sudoroso y confiado: “Esperad, que lo mejor está aún por venir… soy muy joven”, parece asegurarles.

En De vita beata previene Séneca contra el excesivo dolor por la muerte de un amigo. Debemos recordar como consuelo el regalo imperecedero de la amistad, no el natural incidente de su desaparición física. Insiste Séneca en que no resulta aconsejable esquivar el dolor “por medio de deportes o entretenimientos”, sino que es preciso vencerlo cara a cara. “¿En qué nos mejora la experiencia de la vida, si no nos enseña a padecer?”. Llevo tiempo y más tiempo leyendo a Séneca: le doy en casi todo la razón, pero soy incapaz de portarme según sus enseñanzas. Guillermo, hoy no cenaremos en la Bombay Brasserie juntos. Ni te pregunto a dónde fueron estos treinta años, porque sé lo que vas a decirme: puro humo. Buenas noches, pues, amigo mío. Adiós, Epsom.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *