El derecho a decidir a los 65 años

El referéndum de Escocia parece que lo han decidido las mujeres y los mayores de 65 años. El mayor empujón al voto negativo ha venido de las mujeres temerosas de ver su hogar en riesgo y de los jubilados preocupados por la estabilidad de su retiro. Eso dice un sondeo encargado por un mecenas del Partido Conservador, Lord Ashcroft, personaje dedicado profesionalmente a los estudios de opinión. La prensa británica ha prestado gran atención a esta radiografía del referéndum, obtenida con un cuestionario que fue respondido por 1.216 personas por teléfono y 831 por Internet.

No ha habido lucha de sexos en Escocia. En la fotografia de Lord Ashcroft, hombres y mujeres no chocan frontalmente, ellos con las pinturas de guerra de Braveheart, ellas con la Union Jack. Hombres y mujeres se inclinaron mayoritariamente por el no, pero el voto negativo fue mayor entre el público femenino. Las personas mayores de 65 años –mujeres y hombres- bascularon en la misma dirección.

El perfil más característico del votante independentista sería un hombre de entre 25 y 34 años que habría decidido su voto a lo largo de la campaña. Un hombre joven que se siente alejado de la política de Westminster (parlamento de Londres), que no soporta al Partido Conservador, que vive con irritación los recortes en las prestaciones sociales, y que se ha sentido seducido por la idea de controlar desde Escocia los beneficios del petróleo del Mar del Norte.

El escocés irritado por la crisis, por los trajes bien cortados de la política profesional y por las medidas de austeridad, frente a la escocesa preocupada por la estabilidad de la economía familiar y por el escocés jubilado que no quiere sobresaltos en los dos pilares de su vejez: la pensión y la asistencia médica. El escocés ‘emprenyat’ frente al escocés que teme la incertidumbre. Real como la vida misma.

El diario The Guardian ha completado esta radiografía con un estudio según el cual el voto a favor de la independencia fue más elevado entre los sectores sociales con menor nivel de renta. Hubo mucho voto de extracción obrera en las papeletas del sí. Los hijos de la clase obrera damnificada por el thatcherismo han votado sí. Muchos de sus padres, ya retirados, se lo han pensado dos veces, pese a su hostilidad a todo lo que huela a Partido Conservador. Recordemos que el distrito de Glasgow, el más poblado de Escocia, cuna de la Revolución Industrial, fue uno de los pocos en los que triunfó el sí. En Aberdeen, floreciente capital del petróleo, ganó el no. En Edimburgo, hermosa, burguesa, turística y gótica como una novela de Harry Potter, también triunfó el no. Veinticuatro de los 28 distritos electorales votaron no.

Estos datos vienen a confirmar muchos de los análisis previos al referéndum. La campaña del sí fue mucho más dinámica, movilizó a los sectores más jóvenes, a muchos electores del laborismo, y su progresión encendió todas las luces de alarma en Downing Street y Westsminster. Los convencidos del no era muchos al comenzar la campaña (el 62% de los que finalmente se inclinaron por esa opción). El sí tenía muchas menos gente segura (sólo el 38% de los que finalmente votaron independencia), pero fue creciendo a medida que desplegaba su argumentarlo y provocaba preocupación en los despachos. La gente tenía ganas de asustar al poder. La gente hoy tiene muchas ganas de asustar al poder, no sólo en Escocia.

La campaña, por tanto, la ganaron Alex Salmond y los joviales voluntarios del sí, obligando a la política británica a dos movimientos cruciales: la oferta de mayor autonomía y soberanía para Escocia (la denominada ‘devolution maximum’ o ‘devomax’), acompañada de una intensa campaña sobre la incertidumbre que podía traer consigo la ruptura del Reino Unido. Una campaña en la que jugó un papel determinante el ex primer ministro laborista Gordon Brown, escocés y muy respetado por la base del Labour, cosa que no puede decirse de Tony Blair, también escocés –escocés manifiestamente anglófilo-, prácticamente ausente.

Brown, un hombre robusto, de tradición puritana, serio, siempre un poco ensimismado, primer ministro durante la crisis financiera del 2008-09, con un importante papel en las reuniones internacionales de aquel momento, recorrió Escocia con dos mensajes para el votante laborista maduro. Primer mensaje: cuidado, que la pensión y las prestaciones sociales pueden peligrar. Segundo: Escocia ha sido, es y será una nación y eso nadie lo va a poner en duda. Apelación al realismo, apelación al miedo, y reconocimiento.

Reconocimiento, ese concepto que tanto le cuesta entender a la derecha española. No hay duda que Gordon Brown ha sido uno de los artífices de la victoria del no, abriendo espacio para una posible recuperación del Partido Laborista en Escocia. Seguramente Brown ha conseguido que el temerario paseo de David Cameron por la lábil frontera que separa la gloria del ridículo, no haya acabado en desastre narrativo. Los estrategas de campaña desaconsejaban que Cameron se pasease mucho por Escocia. Los escoceses no tragan al Partido Conservador y a los chicos repeinados de Eton. Brown se arremangó y evitó un mayor deslizamiento del voto laborista hacia el independentismo. El Reino Unido quizá le debe la integridad.

El resultado del referéndum escocés ha sido ejemplar, a todos los efectos. Democracia de calidad, alta participación y cruda afloración de los intereses y las contradicciones sociales. Votaba una sociedad de ciudadanos libres, cada uno con sus propios intereses, cada uno con sus esperanzas y con sus miedos, no una tribu en la que los abuelos se sacrifican por los nietos cuando resuenan los tambores del comunitarismo.

Algunos de los nietos pudieron votar. El derecho de voto a partir de los 16 años fue una de las innovadoras propuestas del líder nacionalista Salmond, que Londres aceptó, seguramente después de haber estudiado a fondo la pirámide de edad de Escocia. El día 18 se veía a chicos y chicas con uniforme escolar entrando y saliendo de los colegios electorales. Escolares de 16 años participando en una toma de decisión que podía haber provocado una auténtica cadena sísmica en toda la Unión Europea. Por favor, traigan sales para el macizo de la raza español, que le está dando un sofoco. ¡Niños de dieciséis años decidiendo la unidad de España!

Tres anotaciones más, para acabar.

En la pirámide de edad de Catalunya, los mayores de 65 años sumaban en 2012 (año de las últimas elecciones al Parlament) un total de 1.317.000 personas, el 17,4% de la población total y el 24% del censo electoral. Casi uno de cuatro electores catalanes tiene más de 65 años.

Catalunya no es Escocia, ciertamente. Con toda seguridad el área metropolitana de Barcelona no se comportaría como Glasgow en un referéndum de independencia. Con una participación electoral como la de Escocia, superior al 84% -participación altísima, dada la envergadura de la cuestión-, el sí lo tendría muy difícil, por no decir que imposible.

Por el contrario, el soberanismo pro-independencia puede aspirar a tener mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya si en las próximas semanas consigue formar un bloque electoral único, o casi único, aprovechando la negativa del Estado a la consulta y la dramática y exagerada puesta en escena de la misma por parte del Partido Popular, cuya prioridad es en estos momentos la movilización y cohesión de su electorado, puesto que en mayo habrá comicios municipales y autonómicos (13 regiones) y en noviembre, a lo más tardar, elecciones generales.

La formación de un bloque soberanista unificado es en estos momentos la principal estrategia de Artur Mas y el grupo dirigente de CDC, de la que Esquerra Republicana difícilmente podrá sustraerse, pese a que las encuestas son hoy favorables al partido del triángulo. ERC acabará aceptando el bloque electoral unificado, porque tiene miedo a ganar ahora las elecciones y tener que administrar, en primer plano, una Generalitat intervenida.

En unas elecciones etiquetadas como plebiscitarias, la participación puede ser alta, pero no tan alta como en un referéndum. Y el voto del temor y del miedo, algo inferior. En un referéndum todo se decide a cara o cruz. Unas elecciones siempre abren espacios de pacto o negociación, por muy altas que sean las apuestas y las proclamas iniciales.

Por ahí va el código 11-9-11. Los catalanes mayores de 65 años pueden respirar tranquilos. De ellos no dependerá la unidad de España.

Enric Juliana

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