El derecho a una buena infancia

Por Bernardo Kliksberg, economista. Director de la Iniciativa Interamericana de Capital Social, BID-Gobierno de Noruega (LA VANGUARDIA, 24/06/06):

Según los datos estimados de la OIT, uno de cada seis niños de 5 a 17 años es explotado a través del trabajo infantil. Las consecuencias son que “muchos de esos niños se ven forzados a arriesgar su salud y sus vidas, e hipotecar su futuro como adultos productivos”. Unicef refiere al respecto, en un informe mundial que presentó hace unos meses, que 352 millones de niños trabajan. Entre ellos, “180 millones son sometidos a las peores formas de trabajo infantil, a trabajos peligrosos, esclavitud, trabajos forzados, reclutamiento forzado en ejércitos, prostitución y otras actividades ilegales”. Llama al problema “una cicatriz en la conciencia mundial del siglo XXI”.

Estos hechos contradicen directamente la convención internacional más firmada del mundo, la de los Derechos del Niño, y los convenios 138 y 182 de la OIT ratificados por la gran mayoría de los países.

Tal como se establece en ellos, los niños deberían tener plenos derechos al desarrollo, a llevar una vida familiar integral, a las actividades propias de su edad y a formarse en la escuela en un mundo en donde no tener una secundaria completa significa una semicondena a la pobreza.

Pero la realidad muestra que millones de niños trabajan en labores agrícolas, en muchos casos con productos químicos y pesticidas, en las minas, en las fábricas – en algunos casos manejando maquinaria peligrosa- y en las calles, todo con riesgos directos para la salud y el desarrollo. Un resultado directo es que 121 millones de niños no van a la escuela. Junto a las formas visibles de explotación están las invisibles. Diez millones de niñas trabajan en el interior de casas como sirvientas.

Según las Naciones Unidas, hay más niñas menores de 16 años empleadas actualmente en servicio doméstico que en ninguna otra forma de trabajo. Ha resaltado que “esta modalidad de explotación infantil genera cada vez más preocupación en el mundo”.

En un país como Etiopía, las niñas menores de 14 años que trabajan como servicio doméstico reciben un sueldo mensual de 1,20 dólares. En Haití han sido denunciadas las prácticas de entregar niños o niñas pobres para esta forma de trabajo y sin remuneración alguna.

A todo ello se suman las formas cruentas de explotación, que vienen aumentando su cobertura. Una de ellas es la trata de niños. En el año 2000 este tráfico se elevó a un millón doscientos mil niños. La trata de seres humanos está comenzando a rivalizar con el tráfico de drogas y el de armas. Se calculan sus ganancias en 10.000 millones de dólares anuales.

La operatoria típica es la de seducir a los niños con la promesa de un buen trabajo y educación en otro país. Luego los menores, indocumentados y al margen de cualquier forma de protección, son presa fácil de los traficantes y obligados a someterse a la prostitución, la servidumbre doméstica o trabajos de alto riesgo.

Otra expresión terriblemente cruel de la desprotección infantil es la utilización de los niños en los conflictos bélicos. En la última década más de 2 millones de niños fueron asesinados en batallas y más de 6 millones fueron heridos.

En América Latina se estima que trabajan entre 18 y 20 millones de niños. Es uno de cada cinco. En un país como Brasil, la Unicef estima que hay 3,8 millones de niños dedicados a trabajos de riesgo. Muchos son trabajadores invisibles en plantaciones y otros lugares donde no son vistos por la población.

El trabajo infantil está ligado a la pobreza, que deja sin alternativas a las familias y a los niños; a la violación flagrante de las normas legales por quienes ven a los niños como mano de obra barata y fácilmente manejable; y también a la falta de una enérgica desaprobación social.

Enfrentarse a este problema implica actuar en estas dimensiones y crear un ambiente protector.

Hay experiencias en América Latina que han dado excelentes resultados porque indican que tal ambiente es encarable. Así, entre otras, los programas que promueven el retiro del trabajo y la integración a la escuela, y compensan por ello al grupo familiar, como el Bolsa Escola del Brasil, o el Programa de Formación e Información sistemática en materia de prevención y erradicación del trabajo infantil lanzado por el Ministerio de Trabajo en doce provincias del país.

Devolver su infancia a los niños explotados es una prioridad impostergable. Es necesario apoyar y fortalecer colectivamente los esfuerzos para combatir este drama social. Será fundamental para ello superar la mirada de indiferencia o semicomplicidad que es posible encontrar con frecuencia frente a él.