El desafío de la transición democrática

Excepto raras excepciones, la política democrática europea muestra signos de fatiga. Viejas y nuevas democracias se ven igualmente afectadas. Solo cambian las manifestaciones de este malestar en función de las circunstancias, de las instituciones y de los problemas propios de cada país. En Europa, las cosas no van mucho mejor. Incluso corren el riesgo de ir peor, puesto que las condiciones de la elección de los parlamentarios europeos están sometidas a tensiones particulares. En efecto, se trata de hacer lo que podríamos denominar una transición democrática a nivel europeo.
Europa nació de la visión audaz y valiente de unas élites limitadas que, inicialmente, crearon prácticamente Europa sin el pueblo, aunque, al mismo tiempo, imaginaban reintroducirlo. En 1979 se creía que la elección del Parlamento Europeo por sufragio universal sería el momento decisivo y casi milagroso de una nueva Europa democrática. Es obligado constatar que, después de siete elecciones por sufragio universal, la insatisfacción más bien ha aumentado y no disminuido. Los desafíos iniciales –y siempre de actualidad– son, en efecto, considerables, y se pueden citar los principales:

1. El papel del Parlamento, aunque creciente, es limitado, y su actuación, poco visible. A día de hoy, el Parlamento no tiene derecho a la iniciativa legislativa, no ejerce ningún control sobre los ingresos presupuestarios y solo tiene una influencia marginal sobre los gastos. Todavía no ejerce más que un papel limitado en las elecciones de los comisarios y del presidente de la Comisión. En resumen, su actuación política está obstaculizada, es poco visible y poco legible para los electores europeos.

2. Habida cuenta de las competencias transferidas a Bruselas, del número de diputados, del plurilingüismo y de la necesidad de trabajar en comisiones sobre materias de un gran tecnicismo, el Parlamento Europeo no se puede beneficiar tanto como a nivel nacional de la caja de resonancia de los medios de comunicación. El Parlamento Europeo es difícil de vender al gran público. Además, todavía no existe un espacio público europeo, aunque innegablemente esté en vías de constitución.

3. Los partidos políticos europeos no existen. Solo existen grupos parlamentarios de composición y culturas muy heterogéneas. Desde este punto de vista, la situación se ha deteriorado. Grosso modo, hace 20 años el centro-derecha estaba dominado por la democracia cristiana y la izquierda por los partidos socialistas. En la actualidad, ninguno de los dos grandes grupos posee un corpus ideológico coherente y la ausencia de mayoría absoluta obliga a una situación de cogestión consensuada (ilustrada por la alternancia en la presidencia) que no incita a la movilización de los electores. Paradójicamente, la pujanza de los antieuropeos podría contribuir en el futuro a la emergencia de una nueva divergencia entre federalistas y antifederalistas más propicia para cristalizar las opiniones de los electores.

4. La mayoría de los ciudadanos europeos no perciben o perciben mal los envites de las elecciones al Parlamento Europeo. Son vividas como unas elecciones intermedias y ponen de manifiesto todas las consecuencias habituales: débil participación electoral, voto de protesta. Desde este punto de vista, las elecciones europeas, debido a su naturaleza específica y a las generosas modalidades de su organización (reglamentación, publicidad, etcétera), son pan bendito para grupúsculos de todo tipo. En todas partes vemos nacer grupúsculos radicales de extrema derecha o de extrema izquierda, grupos de interés disfrazados de partidos, formaciones populistas que se sirven de Europa como chivo expiatorio. La mayoría solo vivirán unas semanas. Pero los que sobreviven, únicamente contribuyen a debilitar a los partidos nacionales tradicionales sin estar en condiciones de contribuir realmente a la emergencia de nuevas fuerzas europeas.

5. Por desgracia, esta situación corre el riesgo de perdurar, pues el Tratado de Lisboa (si entra en vigor) aporta mejoras esencialmente en materia de competencias legislativas. El Parlamento Europeo se encontrará enfrentado, todavía durante muchos años, a las mismas contradicciones que la construcción europea: un Parlamento y unas instituciones democráticas solo tienen sentido si existe una comunidad política (aunque esté inacabada). Ello presupone una voluntad de vivir juntos, la identificación de unas fronteras, un Ejecutivo responsable y un sistema de partidos federal. Todo ello solo existe de manera imperfecta e incompleta en la actualidad. Pero, sobre todo, en estos últimos años, la mayoría de estas perspectivas de evolución han sido rechazadas.

Lo intergubernamental prima sobre lo comunitario; lo nacional, sobre el bien común europeo. La idea de política y de visión comunes es rechazada en beneficio de una especie de pooling funcional de competencias y actuaciones. Una especie de superagencia de algún tipo. En este caso, no hay necesidad de instituciones democráticas.

El Parlamento Europeo solo tiene futuro en la perspectiva de una construcción democrática europea. Las dificultades actuales podrían ser así aceptadas como las conmociones inevitables de la transición democrática. Si esta perspectiva es rechazada, el Parlamento Europeo no tiene futuro.

Yves Mény, presidente del Instituto Universitario Europeo, Florencia, Italia.