El desafío del hambre

Durante diversos periodos de la historia se ha practicado el asedio, cuya finalidad era rendir por hambre a poblaciones. Hoy podemos decir que el hambre nos asedia, pues casi 900 millones de personas sufren inseguridad alimentaria. Esta situación sucede cuando las personas no tienen acceso social, económico, físico y de forma sostenida a una cantidad suficiente de comida para llevar una vida activa y saludable.

El drama del hambre azota con especial crueldad al tercer mundo, pero una situación de inseguridad alimentaria podría llegar en un plazo de 40 años al primer mundo. Esto puede producirse si los líderes de países desarrollados y organismos internacionales no se dejan de palabras y suntuosas reuniones repletas de comida, y pasan a la acción para erradicar el hambre en los países subdesarrollados y a diseñar políticas eficientes de producción y distribución de alimentos a medio y largo plazo.

Los desajustes en la producción de cereales entre el 2006 y el 2008 motivaron un alza de precios que causó problemas en países desarrollados. Y ahora mismo asistimos a una cadena de levantamientos populares en países árabes del llamado segundo mundo, donde el deterioro de las condiciones sociales y alimentarias tiene mucho que ver en ello.

Garantizar la seguridad alimentaria se ha convertido en nuestros días no solo en un problema a escala global, sino también en una prioridad de los gobiernos relacionado con la seguridad nacional.

Es más fácil decirlo que hacerlo, pues son muchas las amenazas y retos demográficos, económicos, climáticos y políticos que se ciernen en el horizonte, entendiendo por tal el periodo 2010-2050.

La perspectiva demográfica es obvia: se calcula que la población mundial, en algún momento del lapso de tiempo mencionado, se situará en torno a los 9.000 millones de personas, y todas querrán comer.

Si para entonces el tercer mundo ve agravada su situación, y buena parte de su población no puede comer y beber, se desplazará, produciendo flujos migratorios masivos e incontrolados. Lo que incrementará las posibilidades de conflicto e inestabilidad en el sistema global.

Desde un punto de vista económico, hay que aludir a las economías emergentes y a la mejora de la calidad de vida en general en los cinco continentes. Un incremento de la población y del consumo significa que la demanda de alimentos aumenta, y se calcula que entre el 2010 y el 2050 crecerá un 70%. La competencia por superficies cultivables, agua, energía y la sobreexplotación de los caladeros puede llevar a que quizá no se produzcan suficientes alimentos. De cara a asegurarse la comida del futuro, países como China, la India, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí y otras monarquías petrolíferas se han lanzado a comprar tierras y recursos naturales, fundamentalmente en África.

Debido a factores relacionados con el cambio climático, en los años venideros se perderán áreas cultivables por culpa de la desertización y del descenso de las precipitaciones. Nunca sumar dos y dos fue tan fácil. Esto es, menos tierras fértiles, menos alimentos, menos pastos y, claro, menos alimentos disponibles.

Y el problema solo puede acrecentarse cuando la gestión de los recursos cae en manos no democráticas, que no dudan en usar el hambre como herramienta política para satisfacer sus intereses particulares.

Dado que no podemos ser marxistas de la rama de Groucho y decir «paren el mundo, que yo me bajo en esta estación», solo cabe empezar desde ya a afrontar con rigor este desafío, que puede marcar el destino de la humanidad.

¿Qué puede hacerse? Entre otras medidas, cabe proponer las siguientes.

Extensión de la democracia, pues solo un régimen democrático se somete al control público y se preocupa realmente por su población, favoreciendo su educación, alimentación y desarrollo. Un sistema internacional de democracias es esencial para la acción y coordinación política necesaria para abordar la seguridad alimentaria.

A ello ha de sumarse una inversión global y relevante en proyectos agrícolas I+D+i. El objetivo de estos es, por un lado, aumentar la productividad de las tierras y, por otro, mejorar los productos transgénicos, así como combinarlos con una transición hacia programas de selección natural asistida por marcadores (SAM). Al hacerlo, obtendremos cultivos ecológica y económicamente sostenibles con mejores y mayores producciones, reforzando la soberanía alimentaria de países en vías de desarrollo.

También los principales actores globales deben acordar una explotación coherente de los recursos marítimos e hídricos, así como aumentar las áreas agrícolas en el primer mundo. Por ejemplo, la UE tiene que replantearse su política agrícola común y cesar en sus incentivos a la no producción.

Hay mucho en juego. La estabilidad global, presente y futura, pasa por la seguridad alimentaria. Como dijo Laurence Dudley Stamp, «un mundo hambriento nunca podrá ser un mundo pacífico».

Por Rubén Herrero de Castro, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *