El desafío del resurgimiento

La noción de nueva política es reciente en el lenguaje común pero no tanto en la literatura sobre partidos. Comenzó a emplearse en los años 90, cuando los partidos tradicionales manifestaron sus primeros síntomas de declive: las organizaciones se atrofiaron, la lealtad de los votantes disminuyó -o la volatilidad aumentó-, nuevos actores comenzaron a irrumpir en el proceso político y la identidad ideológica y programática se debilitó. En suma, los partidos eran percibidos ya como organizaciones excesivamente burocratizadas y además muy similares entre sí. Algunos autores hablaron entonces de las tres Des: decaimiento, declive y descomposición de los partidos. Hoy el Partido Popular se enfrenta al colosal desafío de sustituirlas por las tres Erres: reaparición, revitalización y resurgimiento.

El desafío del resurgimientoSe sugerirá que exponer como reto el primero -reaparición- es exagerado, ya que el PP es la fuerza más votada de España según el último test válido, las elecciones generales de junio de 2016. Sin embargo, encarar esta cuestión es fundamental para interpretar el sentido de las primarias, que han revelado el cruce de varias disputas. Una de ellas se ha producido sobre el eje gestión contra marca, o lo que es lo mismo, Gobierno frente a organización. Esto es, el PP gobernó desde 2011 hasta hace apenas un mes, pero lleva unos cuantos años desaparecido. El votante popular sabe que vota a su partido o desconfía de los adversarios, pero en gran medida ignora lo que vota cuando lo hace. Dicho de otro modo: los electores se decantaron por la seguridad y la certeza durante un tiempo de inestabilidad e incertidumbre. Algo que como bagaje programático resulta insuficiente.

El partido se desvaneció y descompuso como fuente de ideas y valores con los que nutrir al Ejecutivo y a la sociedad. Se trasladó la percepción de que las políticas implementadas obedecían a la necesidad, no a principios. El PP se convirtió poco a poco en un partido de cuadros, con muchos cargos pero poca actividad. Ofrecía oportunidades y expectativas de colocación y no exigía una militancia activa ni la defensa articulada de un proyecto. Este aspecto también es fundamental para entender lo que puede ocurrir en el PP en el futuro, pues la victoria de Sáenz de Santamaría lo aproxima hacia un modelo de partido-plataforma. La ex vicepresidenta cuenta con algo más de un tercio de la organización para reivindicar la total transversalidad de su propuesta. Ella no es aparato. Ha sido todo el tiempo Gobierno, para bien y para mal: promete y ofrece poder -reparto de incentivos- y experiencia en su gestión, pero cuenta con el hándicap de que sea precisamente esto último lo que se le evalúe. Ya se ha escrito aquí que el hecho de que el número de inscritos para votar en las primarias coincidiese con el número de candidatos de 2015 proporcionaba un indicio nada desdeñable: saber en quién depositan los pretendientes de cargos su confianza para satisfacer sus aspiraciones. En suma, Sáenz de Santamaría propone reaparecer en el poder, y no tanto que reaparezca el partido.

La segunda erre es la revitalización. En este punto Casado ha jugado un papel decisivo. Su candidatura y excelentes resultados muestran que las posibilidades de energizar el partido pasan por él. Por tanto, no sólo por la exigua diferencia entre los dos candidatos más votados por los inscritos sino también por la necesidad de revitalización, la pugna debe llevarse hasta el final. Principalmente porque el PP está en transición. O sea, el próximo Congreso es precongresual. Dentro de dos semanas los populares no resolverán su crisis. Pese a lo atropellado del proceso de primarias, imprevisiones, descuidos, disfunciones y algunas chapuzas, la convocatoria resultaba perentoria. Por la dinámica y procedimiento establecido -y además por los resultados de las primarias-, el Congreso no va a resolver cuestiones pendientes sino urgentes.

Es normal que un partido conservador introduzca mecanismos de corrección tras la elección de las bases. Por otro lado se ha insistido poco en que 2.612 compromisarios de los 3.134 fueron elegidos el jueves por los inscritos. El resto, 522, son natos. La lógica de las organizaciones es que sus élites garanticen cierta continuidad y estabilidad durante los periodos de cambio. Así han funcionado tradicionalmente todos los partidos. Por eso precisamente este congreso es de transición. El PP no acomete su refundación de golpe. Aunque debe saber -sobre todo sus compromisarios- que es inaplazable e inevitable, sobre todo porque el centro derecha está partido en dos.

Por otra parte, muchas voces autorizadas han echado en falta en las primarias un debate de ideas. No lo ha habido, si bien no es ni decisivo ni apremiante aunque pronto será crucial. Unas primarias resuelven esencialmente dos cuestiones y media. Una, la del liderazgo; y dos, el modelo de partido. Sobre estos asuntos versaron las primarias socialistas. El PSOE celebró previamente un comité federal crítico que le condujo a primarias, como el PP ha convocado unas primarias apuradas y desordenadas que desembocarán en un Congreso refundacional. Todo lo que no resuelva en este Congreso lo tendrá que hacer después. De modo que lo reprochable no es tanto la ausencia de debate programático -eso no se sustancia en primarias- sino que no haya habido referencias al modelo de partido, que fue el objeto de pugna entre los socialistas Díaz y Sánchez en 2017.

La otra media cuestión que se resolverá este mes sí tiene algo más que ver con las ideas; y Sáenz de Santamaría, Casado, los cuadros, burócratas y compromisarios tienen todo que decir sobre ello: la ubicación del partido respecto de sus adversarios y potenciales aliados. Díaz y Sánchez se enfrentaron no por la definición más o menos compartida -clásica o remasterizada- de socialdemocracia, sino por la posición del partido en relación con Podemos y el separatismo. El fondo del debate contenía ideas, pero primero decidieron sobre el emplazamiento, pues es más sencillo de transmitir a la opinión pública.

EL PP debe abordar el debate sobre su ubicación porque de ello depende su refundación y el futuro del centroderecha: cuál es su posición respecto de Ciudadanos y la distancia que le separa del actual PSOE. Los partidos ya no son cuerpos ideológicos compactos. Cambios sociales, culturales y tecnológicos han fragmentado las sociedades, divididas por micro-fracturas. Además, al aumentar los canales de participación, los partidos no son los únicos instrumentos de representación. Eso lo entendió bien Podemos, que se convirtió en un aglutinador de demandas tramitadas previamente por otros agentes -colectivos y movimientos sociales- con influencia. Sin embargo, los partidos deben tener para sobrevivir un decálogo de principios que lo identifique y articule coherentemente todas las cuestiones que trascienden -al menos en apariencia- el eje clásico izquierda-derecha.

Por tanto, entre Sáenz de Santamaría y Casado se ventilan cuestiones que deben debatir y exponer primero sobre el modelo de partido: plataforma electoral para ganar comicios o instrumento de transformación o influencia social; vertical u horizontal; si promover incentivos específicos o de identidad; si converger en el centro derecha y colaborar con Ciudadanos o competir por parte de ese espacio; si ser partido refugio o gozar de autonomía y autoestima programática; si asumir el rol que le adjudique el adversario o resurgir. He aquí la tercera erre: resurgimiento. Si el PP se conforma con ocupar el hueco que se le cede está condenado a la desaparición. La fase de resurgimiento está directamente vinculada a la argumentación de las razones de fondo por las cuales se adopta una determinada postura y se defiende una política, aunque sea impopular y supuestamente minoritaria. En eso consisten las ideas.

El PP ha experimentado con unas primarias peculiares que no tienen en sí mismas potencia suficiente para conjurar la desorientación y el delicado trance que atraviesa. El inminente Congreso depurará -quizá en dos acepciones-, refrescará y actualizará la formación, pero no acometerá la tarea nuclear: la refundación del espacio de centroderecha lleva su tiempo. Feijóo se ha percatado de esto. Lo reconoció cuando anunció que su compromiso con Galicia finaliza en 2020. Por eso un improbable pacto entre candidaturas, un acuerdo con terceros o que los compromisarios suscriban los resultados de ayer o decidan en función de sus atribuciones sólo ralentizará o acelerará el cambio. Todas las transiciones se hacen un poco a ciegas, pero cuentan con la determinación y el propósito firme de sus protagonistas. Para resurgir, el PP, por previa incomparecencia, está abocado a refundarse, al contado o a plazos.

Javier Redondo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III.

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