El desarrollo económico indio

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado en la presidencia de John F. Kennedy © William R. Polk. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 25/11/07):

Con un crecimiento anual del 9 por ciento, sólo China supera a India en el éxito de su desarrollo económico. Ante semejante dinamismo del crecimiento, ¿cómo puede alguien quejarse? La pregunta ha sido formulada hace poco por Patwant Singh, destacado crítico social indio. Su nuevo libro, titulado The second partition,habla de la creciente brecha entre ricos y pobres. ¿Cómo podrá mantener India su gobierno representativo, pregunta Singh, cuando los ricos se hacen cada vez más ricos y centenares de millones de indios siguen viviendo en la pobreza?

Los hechos resultan sobrecogedores: uno de cada dos niños está desnutrido y unos 400 millones de indios subsisten con menos de un euro al día (y la mitad de ellos, según un reciente estudio oficial, con menos de la mitad de esa cantidad). Además, India posee las tasas de mortalidad infantil y materna más altas del mundo.

La brecha social es hoy más amplia en India que en ninguna otra parte del planeta. A la clase de los marajás, tradicionalmente apadrinada por los británicos, se han unido nuevos privilegiados enriquecidos con la industria y el comercio. Viven según unos parámetros sin parangón en Europa, con ejércitos de sirvientes, séquitos de guardas armados y unos privilegios casi principescos. Incluso la nueva clase media gana unas 600 veces más que la “otra mitad”.

Esta cifra queda demostrada por el explosivo crecimiento de nuevos edificios de apartamentos en torno a las principales ciudades indias. En las afueras de la capital, Nueva Delhi, se han construido alrededor de un millar de torres de apartamentos. No para los pobres, como es habitual en la mayoría de países occidentales, sino para la efervescente clase media. El apartamento típico se vende por 50.000 euros, una cantidad que la mayoría de indios tardaría más de un siglo en ganar.

Mientras tanto, a los pobres se los expulsa del campo de visión. El segundo hijo de la ex primera ministra Indira Gandhi, Sanjay, sin ser siquiera ministro de su gobierno, llevó a cabo una especie de purga que desplazó a decenas de miles de habitantes de la calle del centro de Nueva Delhi. Allí, molestaban a los ciudadanos más acomodados, abarrotaban las calles y jardines con sus casuchas y carros. Sin lugar alguno al que ir, fueron desplazados hasta unos suburbios que ya se encontraban superpoblados y sin acceso a servicios públicos, redes de alcantarillado y ni siquiera agua potable. Al mismo tiempo, en el campo, muchos miles de campesinos y aldeanos han perdido sus viviendas y tierras con poca o ninguna compensación.

Estas acciones quizá parezcan despiadadas a ojos de los críticos sociales, pero forman parte de una estrategia cuidadosamente elaborada para promover el crecimiento económico. Tras darse cuenta de que no pueden solucionar los problemas de los 600 millones de integrantes de la sociedad tradicional ni convertirlos con rapidez en grandes productores de riqueza, el Gobierno concentra ahora casi todos los recursos del Estado en los 300 millones de personas del sector moderno.

Se les da prioridad en la educación, la atención sanitaria, la economía y los impuestos, además de recibir otros incentivos, porque el Gobierno cree que sólo ellos pueden impulsar el país hacia una renta nacional más alta. Para ellos se construyen las torres de apartamentos, las escuelas, los hospitales, las autopistas y las demás instalaciones. Su llegada está marcada por la aparición de un nuevo coche del pueblo que, al precio de 2.500 euros, sólo ellos pueden permitirse.

Para los demás, como ha admitido el primer ministro indio, Manmohan Singh, la política del Gobierno es asegurar que nadie “empeora” con respecto a su situación actual.

Consciente de que no es esa una consigna vencedora en un país comprometido con el gobierno democrático, el primer ministro ha proclamado que “India no puede convertirse en un país con islas de alto crecimiento e inmensas zonas ajenas al desarrollo, donde los beneficios del desarrollo sólo inciden sobre una minoría”.

Sin embargo, como señala Patwant Singh, es justamente lo que está ocurriendo. “La política gubernamental ni siquiera es la del goteo”, afirma. “En realidad, no hay mejoras. Casi la mitad de los 13 millones de habitantes de Delhi vive en arrabales o duerme en la calle; y, en el plano nacional, es posible que haya 78 millones de indigentes”.

Patwant Singh y otros críticos no discuten la lógica que está detrás de la estrategia del Gobierno. Lo que discuten es la ausencia de intentos importantes de mejorar la situación de los pobres. También subrayan el peligro de la creciente insatisfacción entre quienes han sido marginados o incluso perjudicados por el impulso hacia el desarrollo.

Ese enojo ocupó los titulares indios a finales de octubre, cuando más de 25.000 agricultores a los que se les había arrebatado las tierras y destruido las casas para desarrollar proyectos urbanísticos realizaron una marcha sobre Nueva Delhi. Aunque su protesta ha sido pacífica, otros han recurrido a las armas. Sobre ellos versará mi próximo artículo.