El desastre de la UMP

El gran partido de la oposición francés, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), fue creado en el 2002 para aglutinar la derecha clásica y el centro en apoyo de la candidatura de Jacques Chirac a la presidencia de la República. Tras el fracaso de Nicolas Sarkozy frente a François Hollande, había de elegir en fecha reciente a su líder, con dos aspirantes a tal posición. Los miembros del partido, 325.000, debían votar el pasado 18 de noviembre por JeanFrançois Copé o por François Fillon, primer ministro de Nicolas Sarkozy. Resultado: el 50% cada uno, con unas decenas de votos de diferencia. A continuación, se ha entablado una agresiva polémica entre ambos bandos en la que cada cual ha acusado al otro de hacer trampa, de falta de respeto a la ética y a las reglas del juego democrático o de desprecio a los militantes: la UMP ha dado un espectáculo desastroso, propicio para alimentar el populismo de quienes denuncian a las élites políticas y, por añadidura, el episodio está lejos de cerrarse. Muchos hablan ya de una fragmentación, a pesar de la mediación entre Copé y Fillon que intentaron Alain Juppé y el propio Sarkozy.

Este desastre de una derecha sumida en una crisis profunda no es un epifenómeno limitado a Francia y, además, sería un error ver en él un problema coyuntural. Tal vez incluso vale la pena tratar de esclarecer el caso de modo que ilumine no sólo la situación de la vida política francesa, sino también la de otros países de Europa.

En efecto, presentándose en forma de dos bloques de importancia comparable y opuestos de modo casi irreductible, la UMP deja al descubierto dos distintas tendencias políticas. Una es la de la derecha dura, orientada a los valores tradicionales, virulenta en su enfoque del islam (como algo incompatible con la cultura del país) y de la inmigración (que cuestionaría la identidad de la nación); una derecha derechizada que haría suyas bastantes tesis del Frente Nacional (FN). Y la otra tendencia está abierta a la modernidad cultural, es más receptiva a las dificultades de los inmigrantes y presta atención al respeto al islam. Tal constatación merecería una matización: el segundo bloque no se muestra totalmente indiferente o impermeable a la derechización que encarna el primero; ambas tendencias cohabitan en cada campo, aunque de modo desequilibrado.

La izquierda francesa es simétrica, en numerosos sentidos, de la derecha; hay una “izquierda de la izquierda”, como decía el sociólogo Pierre Bourdieu, radicalizada, sobre todo en sus posturas sobre la inmigración o el medio ambiente, y una izquierda clásica, de talante matizado, y abierta prudentemente a la modernidad cultural.

Por último, el paisaje francés podría resumirse y reducirse a la imagen de dos subconjuntos, cada uno con su versión de derecha y su versión de izquierda. Por una parte, los defensores de la sociedad cerrada, antieuropeos, proteccionistas, radicales en sus posturas y populistas en su discurso, inclinados a la demagogia en materia de economía o finanzas. Por otra, los partidarios de la sociedad abierta, europeístas, negociadores, que depositan la confianza en la razón económica y en la competencia de quienes se ocupan de la cuestión para sacar al país de la crisis y para relanzar el crecimiento y el empleo. En último término, como se observa en Italia con Mario Monti, primer ministro desde noviembre del 2011, el poder puede confiarse incluso a un gobierno de expertos y técnicos cuya acción e iniciativa se ve, si no apoyada, al menos aceptada tanto en la izquierda como en la derecha,

El desastre de la UMP en Francia no es sólo el fruto de una pelea de líderes, de Jean-François Copé y sus elementos afines levantados contra François Fillon y los suyos. No sólo se halla en juego una cuestión ética: ¿hay que adoptar las posturas fácilmente xenófobas y racistas del Frente Nacional, llamar al orden al islam, endurecer la postura con respecto a los inmigrantes? Se trata de alcanzar una clarificación política cuyas consecuencias serán considerables pase lo que pase.

Porque lo cierto es que los puentes ideológicos toman forma, entre la derecha dura y la extrema derecha, en un preludio de acercamientos concretos con ocasión de próximos comicios, que serán municipales. Por eso, el espacio que constituye el centro se convierte en escenario de nuevas maniobras entre la derecha matizada y proeuropea que recurre a una lógica exclusivamente centrista y la izquierda matizada y proeuropea.

Francia se acerca a un modelo en el que el conflicto clásico izquierda-derecha aparece como dominado por una oposición entre dos modelos de sociedad, abierta y cerrada, entre posturas radicales y llamamientos a la razón y la pericia. En algunos países de Europa, han encallado tanto la izquierda como la derecha matizadas, o bien no proponen ninguna alternativa clásica; las respuestas posibles incluyen entonces la sumisión a la pura técnica económica y financiera, o bien la crisis política, llena de movimientos del tipo de los indignados. Lo propio de Francia, hasta este momento, consistía en poder contar tanto con una derecha como con una izquierda razonables; lo cual, combinado con una extrema derecha nacionalista eficaz y una izquierda de la izquierda aún capaz de movilizar a una parte del electorado, apenas dejaba espacio a los movimientos sociales. La recomposición que se bosqueja debería dejarles más.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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