El desconcierto de los partidos

España encabeza el ranking de pérdida de confianza en la democracia en Europa, según los datos del EI nforme sobre la democracia en España 2015, de la Fundación Alternativas. En el 2000 era el país con menor insatisfacción, tras los países escandinavos. Ahora ha aumentado acercándose a la de los países del este europeo. Ningún otro país ha sufrido un desplome tan abrupto.

¿Qué puede explicar este desplome? Los sospechosos son dos. Primero, la crisis económica. Hay que recordar que España encabeza también el ranking de desempleo y caída de ingresos de los hogares. Segundo, la crisis social. También España lidera el ranking de deterioro de la desigualdad y aumento de la pobreza. Es lógico suponer que la intensidad de estas dos crisis explique la intensidad de la crisis política. Pero no está tan claro.

Lo sorprendente es que la insatisfacción con la democracia no es exclusiva de las personas que más han sufrido el paro y la caída de ingresos. Es transversal, con pocas diferencias entre hombres y mujeres, mayores y jóvenes, empleados y parados, ricos y pobres.

Y más sorprendente aún: la mayor insatisfacción se produce entre las personas más informadas y más interesadas en la política. La clase media profesional, integrada por jóvenes con formación superior, muchos de ellos sin oportunidades de progreso, profesionales que han perdido el empleo o ejecutivos que han visto afectadas sus expectativas.

Una forma de comprobarlo es viendo quién vota a Podemos, Ciudadanos y las formaciones de izquierda alternativa. El apoyo mayoritario les viene de esa clase media. La falta de expectativas y oportunidades y el malestar con el funcionamiento de la política (corrupción, democracia interna partidos, listas electorales cerradas, falta de transparencia y rendición de cuentas) es lo que mejor explica el malestar con la política de la gente informada.

Es esa misma clase media la que presta su voz al malestar social difuso. Y la que está provocando una mutación en el sistema de partidos a través de un desplazamiento tectónico de voto desde los tres partidos mayoritarios a las formaciones nuevas o emergentes.

¿Cómo han reaccionado los partidos políticos mayoritarios –PP, PSOE y CiU– a ese malestar con la política? Con desconcierto.

El PP y el Gobierno de Mariano Rajoy se han refugiado en las reformas laborales y en la mejora de la economía con la esperanza de que la recuperación de la actividad y del empleo hagan olvidar las causas de ese malestar político. Pero la economía hoy no gana elecciones.

El PSOE no se ha recuperado aún de la ceguera de Rodríguez Zapatero y de la percepción de pérdida de soberanía política que produjeron los recortes de gasto social y el cambio de la Constitución. Sus propuestas se centran ahora en la desigualdad y la pobreza. Pero las políticas redistributivas tradicionales hoy tampoco ganan elecciones.

CiU y el Gobierno de Artur Mas están desarbolados por su gestión de la crisis. Sufrió un castigo ya en las elecciones del 2012. Este varapalo y la explosión de la corrupción en su seno la han llevado a diluirse en la ANC con el señuelo de la independencia. Pero parece más una huida que una respuesta al malestar catalán.

Este desconcierto de los partidos políticos continuará después de la elecciones, y más allá.

Después de las autonómicas catalanas, el desconcierto será elevado cualquiera que sea el resultado. Primero, porque lo que no puede ser, no puede ser. Segundo, porque no hay alternativa a la vista. Pero el desconcierto también seguirá después de las generales de diciembre debido a la ruptura del bipartidismo. En ambos casos veremos estrategias de coaliciones que producirán extraños compañeros de cama.

Pero el desconcierto irá más allá de las elecciones. Tanto de los partidos tradicionales como de los emergentes. Por una serie de razones. Primero, porque no será fácil hacer frente a los déficits institucionales y políticos que están detrás del malestar de las clases medias. Segundo, porque costará que surjan nuevas propuestas contra el desempleo, la desigualdad y la falta de oportunidades que se concilien bien con la camisa de fuerza del euro y la globalización financiera. Y, tercero, porque el rápido e intenso cambio técnico asociado a la revolución digital y a los robots inteligentes trae nuevos retos para la economía, el empleo y la desigualdad de renta y oportunidades.

Esta situación compleja no tiene respuestas políticas simples. Y eso hará que el desconcierto de los partidos sea prolongado. Pero, al menos, el rumbo parece claro: necesitamos un nuevo contrato social y político basado en un nuevo progresismo como el que se logró en el pasado, basado en un nuevo Bretton Woods internacional, y un nuevo new deal europeo. No será fácil. Pero si se logró en el pasado, también se podrá conseguir ahora.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona.

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