El desenfreno de las pasiones

Siempre es útil mirar atrás en búsqueda de alguna fuente de inspiración que permita entender mejor el presente. Goya, por ejemplo. Un poco de historia, para empezar. Entre 1796 y 1797, Goya trabaja en una serie de escenas de la vida cotidiana conocida con el nombre de Álbum de Sanlúcar o Álbum A, que continuará con el Álbum de Madrid o Álbum B. Finalmente, el pintor agrupará otras escenas en la carpeta Sueños. De ahí, saldrán los Caprichos —80 grabados— publicados en 1799 que, por 320 reales, se pondrán a la venta en un establecimiento de perfumes y licores de la calle —¿una premonición?— Desengaño de Madrid. Detengámonos en la estampa 43. Reparemos en su título: El sueño de la razón produce monstruos. Observemos su contenido: el pintor, abatido, reposa sobre su mesa de trabajo rodeado de una cohorte de vigilantes y amenazantes animales fantasmagóricos. ¿Cómo interpretar el grabado? Una hipótesis: cuando la razón está durmiendo, cuando la razón no vigila, cuando la razón cae en el olvido, aparecen los monstruos. Otra hipótesis: los monstruos son la consecuencia de los sueños, de los deseos, de los delirios de la razón triunfante. Edith Helman (Trasmundo de Goya 1993), a propósito de las estampas de los Caprichosconocidas como «asnerías», señala que «en la época que se exalta la razón humana, los hombres, que con frecuencia actúan como seres carentes totalmente de razón o juicio, se transforman con facilidad, si no automáticamente, en asnos». Asno: persona de poco entendimiento. Con toda probabilidad, fue Leandro Fernández de Moratín quien comprendió mejor a ese Goya que, en una primera redacción del texto de la estampa, habla de dar «testimonio de la verdad». En el anuncio de venta de los Caprichos, el dramaturgo madrileño escribe que el pintor aragonés «ha tenido que exponer a sus ojos formas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, obscurecida y confusa por falta de ilustración o acalorada con el desenfreno de las pasiones». Ahí está el Goya que permite entender mejor el presente. Recuerden: la falta de ilustración o el desenfreno de las pasiones están en el origen de los peligros que nos acechan.

Se dirá que Goya está condicionado por su época. Se dirá que la estampa goyesca obedece a la España de Carlos IV que digiere con lentitud la entrada en la modernidad; obedece a la persistencia de la superstición en un país en el que faltan escuelas y libros, sobrando Almanaques y Pronósticosque fomentan la brujería, el ocultismo y la adivinación; obedece a la «dictadura ministerial» de Godoy y a las guerras contra Inglaterra. Se dirá que la estampa goyesca obedece a una Revolución francesa que, en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, condujo al Reinado del Terror. Cierto. Goya es un hijo de su tiempo que está condicionado por la realidad en que vive. Pero, Goya ha devenido un clásico. Una fuente de inspiración para entender lo que sucede. ¿O es que «la falta de ilustración» y el «desenfreno de las pasiones» que detecta Goya no resulta útil para explicar lo sucedido —poco, bastante o mucho— a lo largo de la Historia?

De la historia al presente. ¿Goya es fuente de inspiración para entender nuestro tiempo? Alguien afirmará que nuestro presente se resiste a ser pensado según el modelo del pintor. Disiento de esta opinión. Para comprobar la actualidad de Goya, propongo un par de ejercicios. En primer lugar, la lectura de ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. Goya tiene mucho que decir, sobre este manual de la revuelta cívica tan aplaudido por la izquierda europea en general y la española en particular. Les ahorro la lectura: en ¡Indignaos! —un libro de bajo vuelo y escasas ideas— reaparece el discurso del viejo intelectual crítico. Un discurso prêt à porter, o prêt a penser,modelo 1968, aderezado con dosis de pensamiento antifascista de los años 40 del siglo pasado. ¿Qué pretende el autor? Stéphane Hessel, después de reinventar la consigna sesentayochista —«Crear es resistir. Resistir es crear», dice—, quiere recuperar la lógica de la Resistencia contra el nazismo para combatir «la dictadura actual de los mercados que amenaza la paz y la democracia». Obviamente, el autor exagera al comparar Wall Street con el nazismo. Cosas del panfleto. Prosigo. Uno puede estar de acuerdo con el autor cuando habla de limitar «el poder del dinero» y la «financiarización del mundo». Pero, hay algo en el libro que incomoda. No me refiero únicamente a la teoría hesseliana según la cual la «exasperación de los gazatíes» permite «comprender» el uso de la violencia palestina. No me refiero tampoco a la retórica hesseliana que habla de nacionalizar «las fuentes de energía, las riquezas del subsuelo, las compañías de seguros y los grandes bancos». Lo que incomoda está en su filosofía, en su manera univoca y excluyente de abordar la realidad. ¿Recuerdan el desenfreno de las pasiones de Goya y sus consecuencias indeseables? Hay mucho de eso en una filosofía que está convencida de su misión histórica. Hay mucho de eso en un discurso que se presenta como indiscutible e
inobjetable. El autohipnotismo que padece el autor —por extensión, el autohipnotismo que padece la izquierda— corre el riesgo de traducirse en una suerte de pensamiento único que hay que observar bajo amenaza de excomunión social y política. El sueño de la razón produce monstruos, advertía Goya.

La indignación que promueve y apadrina Stéphane Hessel —segundo ejercicio de observación— parece haber prendido en unos jóvenes españoles —prohijados por José Luis Sampedro: hay que rebelarse contra «la tiranía financiera y sus consecuencias devastadoras», es decir, el panfleto que no cesa— que salen a la calle bajo el lema «Democracia real ya». ¿De qué estarán hablando? En el mejor de los casos, se trata de una kermés poco heroica. Todos estamos por la dignidad y el trabajo de nuestros jóvenes y no tan jóvenes. Pero, el populismo y la apelación a las pasiones estomacales de nuestros indignados, así como la concepción prepolítica que manifiestan —«En democracia tú no decides» y «Lo queremos todo y lo queremos ahora»— no anuncia nada nuevo ni bueno. Otra vez Goya y ese desenfreno de las pasiones que acecha.
Los monstruos de la razón aparecen en todo pensamiento que absolutiza la línea correcta que seguir y descalifica cualquier alternativa distinta. Los monstruos de la razón aparecen cuando alguien se cree en posesión de la verdad y quiere imponerla a los demás. Lo dijo en estas mismas páginas Francisco Rodríguez Adrados: «el instinto de quien posee la verdad es aplicarla a rajatabla, llámese Platón, Lenin, Stalin, los budistas…» O el engagéde guardia dispuesto a decidir sobre nuestra felicidad, añado. Por eso —para reducir el instinto de quien posee la verdad y quiere aplicarla a rajatabla, para enfriar el desenfreno de las pasiones de los indignados de turno que se empeñan en redimirnos—, cabe proclamar lo siguiente: ¡tranquilizaos! Hay que ser prudente, hacer política y tener sentido del límite para evitar los efectos perversos de las acciones. Parafraseando a ese Goya tan próximo y tan útil, hay que desterrar aquellas ideas que confunden y que, con sus pretendidas bondades, nos pueden llevar camino a la perdición.

Por Mikel Porta Perales, escritor.

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