El desengaño catalán

Por Gabriel Tortella, catedrático emérito en la Universidad de Alcalá (EL PAÍS, 20/12/07):

Argentina es un país políticamente sorprendente: su clase media tiene un alto nivel cultural, sus universidades producen científicos de talla mundial, al igual que la tienen sus artistas y escritores, y sin embargo sus votantes se han equivocado tantas veces, sus políticos han dado tales muestras de venalidad e incompetencia sin por eso perder popularidad, que uno queda pasmado. Lo mismo, o parecido, se podría decir de Cataluña. Buscando un denominador común que explique tal desfase entre la esfera intelectual y la política de ambas sociedades sólo encuentro uno: el nacionalismo. En ambas está arraigado ese sentimiento victimista que busca en el exterior la causa de los problemas propios, tendencia muy humana pero muy peligrosa, contra la que Casio advierte en el Julio César de Shakespeare: La culpa de nuestra subordinación, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”.

El inconveniente de buscar en el exterior la causa de nuestros problemas, de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, estriba en que, las más de las veces, nos equivocamos, y eso nos impide darles solución. Si un país se empeña en atribuir sus dificultades al Fondo Monetario Internacional o al imperialismo norteamericano, mal podrá resolverlas, por dos razones: la primera, porque no está en su poder modificar los estatutos del FMI ni la política exterior de Estados Unidos; la segunda, porque con toda probabilidad sus verdaderos problemas se deben a unos gobernantes ineptos y rapaces y a un electorado desorientado.

Esos gobernantes indignos, además, con toda seguridad utilizarán el señuelo exterior para distraer al público de su inepcia y latrocinio. Y una vez tragado el anzuelo nacionalista es muy difícil librarse de él: como al pez que picó, los esfuerzos por librarse lo clavan más en la carne. Cuanto peor vayan las cosas (que se venga abajo el sistema de transportes, por ejemplo, o se cuarteen los edificios, o se hagan evidentes el fracaso educativo, la corrupción y el soborno) más se atribuirá el fracaso a la perfidia exterior y el ciudadano medio, ya convencido de que pertenece a una colectividad sojuzgada, se indignará más con el enemigo externo: en Argentina, el imperialismo yanki (o el español, si a mano viene); en la Alemania de Hitler, los judíos; en la Italia de Mussolini, las naciones plutocráticas; en la España de Franco, el comunismo y la conspiración judeo-masónica; en la Cataluña de hoy, Madrid.

Se entra así en una espiral de razonamiento enfermo que puede conducir a proposiciones delirantes. Pocos recuerdan hoy que cuando Rusia lanzó el primer sputnik; el anticomunista general Franco echó el agua a su molino diciendo en un discurso que eso demostraba la eficacia de los regímenes autoritarios. En Cataluña se lleva años pidiendo la publicación de las famosas “balanzas fiscales”, que demostrarían que Madrid explotaba a Cataluña. Ya el concepto de “balanza fiscal” es dudoso; pero cuando una entidad seria como el Servicio de Estudios de BBVA publica unas balanzas confeccionadas por un grupo de economistas de prestigio y se demuestra que Madrid es la comunidad más “explotada”, los nacionalistas siguen impertérritos; una de dos, dicen: o seguimos pagando demasiado o, si no pagamos demasiado, es gracias a los nacionalistas.

En otras palabras, cualquier causa y su contraria tienen idéntico efecto: si nos explotan, necesitamos nacionalismo; y si no, también. El caso es parecido al del alcohólico que achacaba sus males a la soda.

Por increíble que parezca, tal cúmulo de disparates es aceptado por mucha gente. Pero, según el aforismo que se atribuye a Lincoln, “no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Hay muchos catalanes desengañados de tanta falacia nacionalista y tres libros recientes lo demuestran. Uno de ellos, quizá el que más eco haya tenido, es el de Albert Boadella, Adiós, Cataluña, cuyo título ya dice mucho, además de que está en castellano; los otros dos están en catalán: Diari d’una escèptica, de Teresa Giménez Barbat, y Filologia catalana, de Xavier Pericay.

Los tres tienen mucho en común, entre otras cosas que sus autores son fundadores del partido Ciutadans y ya no militan en él; son además autobiográficos, están escritos en primera persona, y son crónicas del desengaño, aunque no de la desesperación. Además, los tres están llenos de humor, la némesis del nacionalismo. El de Boadella es proverbial, y le ha concitado el odio implacable de las mentes embotadas por el provincianismo localista. El de Giménez Barbat y Pericay es más irónico, pero también demoledor para las certidumbres de serie. Aparte de retratar a sus autores, los libros retratan a la sociedad en que se mueven, y describen, cada cual a su manera, su decepción ante la deriva nacionalista de una Cataluña que durante la transición parecía encaminada a convertirse en una sociedad libre y vibrante (en gran parte ya lo era) y a la que el nacionalismo está reduciendo a una versión mediterránea del Mundo feliz de Aldous Huxley.

El libro de Pericay se subtitula Memòries d’un dissident, y narra la gradual caída de las escamas de los ojos de una persona que estudió filología catalana porque quería defender su lengua, alguien que siempre habló y escribió en catalán y que trabajó en diversos departamentos del Ayuntamiento de Barcelona en áreas de filología y periodismo, que comenzó muy cerca de un nacionalismo de las letras (en un capítulo se define “nacionalista y de izquierda”) y que acabó harto y asqueado precisamente por conocer tan desde dentro aquel ambiente con sus hipocresías, sus mezquindades y sus arribismos, “aquella amalgama de instituciones, asociaciones y capillitas que repartía certificados de catalanidad”.

Giménez Barbat escribe un diario desde octubre de 2003 hasta junio de 2005. Nos abre su corazón, su cerebro, su blog, y su cocina, nos presenta a sus amigos y comenta la actualidad; utiliza el método platónico-socrático, con diálogos político-filosóficos, en particular los que mantiene con su amiga del alma, que es separatista, y de la que jamás consigue que le explique qué beneficios obtendría el catalán medio con la independencia. En filosofía profesa el escepticismo agnóstico, que también se aplica a los mitos políticos: “Después de años y años de dar la matraca, adoctrinándonos en la escuela o a través de la tele, la radio, los periódicos, el teatro, etcétera, ahora la gente cree que la vida es imposible sin que la nación sea la cuestión número uno.

“Somos el único país del mundo occidental con estas obsesiones”.

El libro de Boadella, subtitulado Crónica de amor y guerra, nos cuenta su amor por Dolors y su aversión por el nacionalismo. Es muy divertido; recomiendo especialmente la narración de sus contactos con Jordi Pujol: su entrevista por mor de una letra de cambio, donde el entonces banquero exhibe su “sonrisita diferencial” y sus expedientes de empresa; también el uso que se hizo de un cabezudo con efigie del honorable. Impresiona la ristra de insultos que se han dirigido al autor en los medios, y que él coloca al comienzo del libro: las sabandijas que durante el franquismo vivían bajo las piedras con la democracia se permiten llamar “fascista” a Boadella.

Los tres libros podrían tener un título común: Al Taxidermista, igual que Edmund Wilson tituló A la estación de Finlandia su libro sobre los orígenes de la revolución rusa. Los tres autores nos cuentan el camino que les llevó a fundar, en el restaurante de ese nombre, el partido antinacionalista que cosechó nada menos que 90.000 votos en las pasadas elecciones. Afortunadamente, no todos los catalanes gritan viscan las caenas.