El desenlace de la política monetaria expansiva de Europa

El euro ha llevado a Europa a una crisis de la balanza de pagos, tal como lo hizo el patrón oro en la década de 1920. De hecho, existe sólo una diferencia entre ambos episodios: durante la actual crisis, se puso a disposición enormes paquetes de rescate internacionales.

Estos paquetes de rescate han aliviado las dificultades financieras de la eurozona, pero a un alto costo. No sólo han permitido que los inversores eviten pagar por sus malas decisiones, sino que también han otorgado a los países del sur de Europa con bienes sobreprecios la oportunidad de diferir una depreciación real, en la forma de una reducción de los precios relativos de sus bienes. Esto es necesario para restablecer la competitividad que se destruyó en los años iniciales del euro, cuando causó una inflación excesiva.

De hecho, en países como Grecia, Portugal o España, recuperar la competitividad obligaría a que estos países bajen los precios de sus productos con relación con el resto de la eurozona en un 30%, en comparación con lo ocurrió al inicio de la crisis. En Italia, probablemente, se necesitaría reducir los precios relativos en un 10 a 15%. Sin embargo, Portugal e Italia hasta el momento no han cumplido con tales “depreciaciones reales”, mientras que los precios relativos en Grecia y España han caído sólo en un 8% y 6%, respectivamente.

Es muy revelador el hecho de que entre todos los países en crisis sólo Irlanda logró superar sus problemas. La razón es obvia: su burbuja había estallado con anterioridad a finales del año 2006; es decir, antes de que se pongan a disposición los fondos de rescate. Irlanda se quedó sola a su propia suerte, por lo que no tuvo más remedio que aplicar medidas masivas de austeridad: redujo los precios de sus productos con relación a otros países de la eurozona en un 13%, porcentaje que se computa desde el punto más alto al más bajo. Hoy en día, la tasa de desempleo de Irlanda está cayendo radicalmente, y su sector manufacturero se encuentra en auge.

En términos relativos, Grecia recibió la mayor parte del dinero de los programas de rescate de Europa y mostró el mayor incremento en el desempleo. Los préstamos oficiales otorgados al país por el Banco Central Europeo y la comunidad internacional aumentaron más que sextuplicándose durante los últimos cinco años, desde un nivel de €53 mil millones ($58 mil millones) en febrero de 2010 a €324 mil millones, cifra que en la actualidad representa el 181% del PIB de dicho país. Sin embargo, la tasa de desempleo se ha más que duplicado, desde un 11% al 26%.

Hay cuatro posibles respuestas económicas y políticas a esta situación. En primer lugar, Europa podría convertirse en una unión de transferencias, en la cual el norte otorga más y más créditos al sur, y luego los exonera de pagarlos. En segundo lugar, el sur puede entrar en deflación. En tercer lugar, el norte puede entrar en inflación. Y, en cuarto lugar, los países que ya no son competitivos pueden salir de la unión monetaria de Europa y depreciar su nueva moneda.

Cada ruta de repuesta está asociada a complicaciones graves. La primera crea una dependencia permanente de las transferencias, mismas que al mantener los precios relativos impiden que la economía recupere su competitividad. La segunda lleva a la quiebra a muchos deudores en los países en crisis. La tercera causa desposesión en los países acreedores del norte. Y, la cuarta puede provoca efectos de contagio a través de los mercados de capital, probablemente forzando a que los formuladores de políticas instauren controles de capital, tal como ocurrió en Chipre en el año 2013.

Hasta el momento, las políticas europeas se centraron en la concesión de créditos públicos a tasas de interés que casi llegan a cero a los países en crisis, créditos que con el tiempo pueden transformarse en transferencias. Sin embargo, ahora el BCE está tratando de poner fin al impasse mediante la instauración de una flexibilización cuantitativa (FC). El objetivo declarado del BCE es reactivar la eurozona, y de este modo reducir el valor externo del euro mediante la compra de más de €1,1 millón de millones en activos. Según el presidente del BCE, Mario Draghi, la tasa de inflación, que actualmente se sitúa apenas por debajo del 0%, se va a elevar a un promedio de algo menos del 2%.

Esto ofrecerá a los países del sur de Europa una forma de salir del enredo de la competitividad, ya que si los precios se mantuvieran sin cambios en el sur, y simultáneamente los países del norte experimentan una inflación, los países del sur podrían reducir gradualmente los precios relativos de sus productos, sin que ello les sea muy doloroso. Por supuesto, en dicho caso el norte necesita entrar en una inflación mayor al 2%.

Si, por ejemplo, el sur de Europa mantuviera su tasa de inflación en el 0% y Francia experimenta una tasa de inflación del 1%, anualmente la inflación de Alemania tendría que llegar a un sólido 4%, y la del resto de la eurozona a un 2%, todo esto con el fin de alcanzar una media en la eurozona que sea un poco menor al 2%. Este patrón tendría que continuar durante unos diez años para que la eurozona entre nuevamente en equilibrio. En dicho momento, el nivel de precios de Alemania sería aproximadamente un 50% más alto en comparación con el de hoy en día.

Espero firmemente que la flexibilización cuantitativa logre algo de inflación. Teniendo en cuenta que un tipo de cambio es el precio relativo de una moneda, a medida que más euros entren en circulación, su valor tiene que caer sustancialmente para establecer un nuevo equilibrio en el mercado de divisas. Lo ocurrido con programas similares en Estados Unidos, el Reino Unido y Japón ha demostrado que la FC desata fuerzas poderosas de depreciación. La FC en la eurozona, por lo tanto, impulsará la inflación que Draghi quiere a través de precios más altos de importación y exportación. Si este efecto será suficiente para revitalizar al sur de Europa todavía está por verse.

Existe el riesgo de que Japón, China y EE.UU. no se crucen de brazos mientras que el euro pierde valor, y hasta es posible que el mundo se deslice e ingrese en una guerra de divisas. Aún más, los países del sur de Europa en lugar de dejar sus precios sin cambios, podrían abandonar la austeridad y emitir un volumen cada vez mayor de nuevos bonos para estimular sus economías. Si esto ocurre, no se materializarían las ganancias por competitividad y no se alcanzaría un reequilibrio, y, tras un éxito muy efímero, la eurozona volvería a un estado de crisis permanente. Finalmente, el euro, ya completamente desacreditado, enfrentaría un final muy embrollado.

Sólo queda esperar que el escenario antes descrito no suceda, y que los países del sur de Europa se mantengan en el rumbo de la austeridad. Esta es su última oportunidad.

Hans-Werner Sinn, Professor of Economics and Public Finance at the University of Munich, is President of the Ifo Institute for Economic Research and serves on the German economy ministry’s Advisory Council. He is the author, most recently, of The Euro Trap: On Bursting Bubbles, Budgets, and Beliefs. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

2 comentarios


  1. Madre mia que traduccion la de Rocío L. Barrientos. Leo las primeras tres lineas y me pongo a buscar la version original…

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