El desnudo del emperador

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 07/12/11):

Cual si se tratara del veterano Nicias -único líder ateniense que, según nos cuenta Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso se atrevió a advertir contra corriente de que la invasión de Sicilia podía desembocar en un trágico desastre- el octogenario senador Robert Byrd volvió a subir a la tribuna de oradores a finales de octubre para subrayar que sus malos augurios ante la ocupación de Irak eran ya realidades y pedir un cambio de rumbo antes de que todos los costes se disparen.

Acariciando el ejemplar de una constitución 200 años más antigua que la nuestra que siempre ocupa uno de los bolsillos de su chaqueta, a modo de brújula en medio de la tormenta, el patriarca político de Virginia Occidental utilizó para ello el clásico cuento de Andersen sobre el vestido del emperador. De la misma forma que el soberano de aquel reino imaginario, convencido por dos truhanes de que los ciudadanos cuerdos y honrados apreciarían la fina textura de su ropaje, se paseaba en realidad en pelota picada, Bush y sus colaboradores revisten su desnudez argumental con fantasías vinculadas al patriotismo, la seguridad nacional y la guerra mundial contra el terrorismo. Parte de la opinión pública se deja llevar por esa senda del autoengaño, pues siempre -muy especialmente tras el 11-S- reconforta cobijarse en la certeza de unos enunciados rutinariamente repetidos. Y a los que cuestionan la verdad oficial, bien puede aplicárseles el estigma de que son lunáticos o malvados capaces de dejar indefenso a su país, si ello sirve a su oportunismo.

«El emperador no tiene vestidos: toda la aventura de Irak ha estado basada en la propaganda y la manipulación», tronó el senador Byrd. «Después de haber engañado al pueblo americano y emprendido la estampida hacia la guerra, esta administración intenta mantener ahora una política predicada a base de falsedades. Tras haber desinformado e insultado a nuestros amigos y aliados, esta administración tiene ahora algo más que un pequeño problema para conseguir la ayuda de la comunidad internacional».

La relación de imputaciones era ya hace seis semanas apabullante: se nos aseguró que Sadam poseía armas químicas y bacteriológicas y eso ya ha sido descartado; se nos advirtió que estaba tratando de fabricar bombas atómicas comprando uranio a Níger, y los documentos resultaron ser burdas falsificaciones; se le atribuyeron diabólicas conexiones con Al Qaeda y el terrorismo islámico, y se reconoce que es ahora cuando los integristas radicales están cruzando las porosas fronteras del país para sumarse a la yihad contra el invasor infiel; se pronosticó una entusiasta acogida popular a los liberadores, y ya vemos que no son flores sino bombas lo que la población arroja a los soldados; se garantizó que a la «conmoción y espanto» de una guerra con inevitables víctimas civiles seguiría el rápido restablecimiento del orden, y asistimos a una prolongada orgía de saqueos durante la que había protección para el Ministerio del Petróleo, pero no para el Museo Arqueológico; se proclamó triunfalmente desde la cubierta del portaaviones Lincoln que estábamos ante una «misión cumplida», y medio año después crece la sensación de que no hacemos sino avanzar por un cenagal que cada vez engulle una mayor parte de nuestras capacidades y energías.

Porque desde que Byrd pronunció su requisitoria con tan demoledor guión la situación en Irak ha empeorado bastante más, hasta el extremo de que noviembre con sus casi 110 muertos -entre ellos los siete valientes espías españoles- y cerca de un millar de heridos ha sido el mes más sangriento desde el inicio de la contienda.Ha quedado patente que la CIA estaba lo suficientemente ocupada maquillando informes y fabricando indicios que avalaran la invasión y el Pentágono tan entregado a la tarea de boicotear los sensatos trabajos del Proyecto para el Futuro de Irak del Departamento de Estado, que nadie en quien confiara la Casa Blanca llegó a planificar cabalmente la posguerra. Wolfowitz se permitió propinar un bofetón dialéctico al aún jefe de Estado Mayor general Sinsheki porque auguró que para estabilizar el país haría falta mantener allí más de 100.000 soldados durante varios años. Entre tanto su jefe, Donald Rumsfeld, parachutaba sobre el país al turbio Ahmed Chalabi con una pequeña fuerza paramilitar de exiliados, cual si se tratara de un sosias del General De Gaulle al frente de sus franceses libres. A estas alturas ya nadie duda de que sin los 100.000 soldados del retirado Sinsheki, a Chalabi y compañía los insurgentes baazistas se los merendarían en dos tardes con la bendición de los clérigos chiíes.

Puesto que la Historia se repite también hoy podemos alegar que hemos sido empujados «hacia una trampa de la que será difícil escapar con dignidad y con honor», que «los comunicados procedentes de Bagdad son tardíos, insinceros e incompletos», que «las cosas están yendo mucho peor de lo que se nos ha dicho» y que la administración que nos representa allí «es mucho más ineficaz de lo que el público sabe».

Todos estos entrecomillados pertenecen a la carta que el teniente coronel T. E. Lawrence publicó en 1920 en el Sunday Times para denunciar la insostenible ocupación británica de lo que entonces aun era conocido como Mesopotamia. Tenía motivos para saberlo, pues, tras pilotar la guerra de guerrillas contra los turcos, habían sido él y la aventurera Gertrude Bell quienes habían dibujado el artificial mapa de Irak sumando tres heterogéneas provincias del derrotado imperio otomano, que servían de histórico solar respectivamente a los kurdos, sunitas y chiíes.

Alegar que con esos mimbres puede construirse hoy en día un régimen «democrático» y «respetable» que conserve la integridad del país, como sostienen Bush, Blair y Aznar es una utópica fantasía que parece olvidar que durante toda la aun ni siquiera centenaria historia de Irak su «unidad nacional» sólo ha sido mantenida por feroces dictaduras, tan sanguinarias como la de Sadam. Es Irak quien ha fabricado al carnicero de Tikrit y no a la viceversa porque, como digo, el pecado fundacional fue de los ingleses.

En una de sus más desafortunadas tardes parlamentarias, el presidente Aznar desdeñó el martes el acercamiento de Zapatero en pos de una posición común, alegando que en política exterior el consenso se construye respaldando al Gobierno, que ante una tragedia como la sufrida no cabe sino «apretar los dientes», que no hay «alternativa» a la estrategia que se viene siguiendo en Irak y que el PSOE ha dado tantos bandazos en este asunto que carece ya de credibilidad alguna. Bonito argumento este último, procediendo del incondicional aliado de una administración norteamericana que tras haber cambiado varias veces de motivación o coartada para la invasión, de planes militares para la guerra y posguerra e incluso de procónsul, acaba de sorprendernos con una improvisada rectificación del calendario político que no augura nada bueno para la estabilidad de Irak.

De un plan relativamente coherente en siete etapas que anteponía la elaboración de una Constitución y el paralelo asentamiento de los partidos políticos a unos comicios parlamentarios de los que saldría el Gobierno que recibiría la transferencia del poder, hemos pasado de repente a un gesto de lo que vengo llamando imperialismo express por el que la entrega del mando se efectuaría antes del verano a un ejecutivo provisional que impulsaría luego el proceso constituyente. Bush quedaría así formalmente liberado del compromiso de la administración de Irak justo a tiempo de encarar una campaña que culminaría con una apoteósica convención en Nueva York en el segundo aniversario del 11-S, pero habría dejado detrás un gobierno títere -mero remedo del desprestigiado actual Consejo asesor-, al modo de los peores gabinetes de Vietnam del Sur, sin la menor posibilidad de alcanzar nunca la autosuficiencia militar.

Sólo habría un camino por el que ese proceso podría fructificar en algo consistente: acceder a la pretensión del gran ayatolá Sistani y elegir por sufragio universal a los miembros de esa autoridad provisional, utilizando -a falta de censo electoral- las cartillas de racionamiento de la era de Sadam como título habilitante para votar. El problema es que ese «algo consistente» sería una República Islámica, inevitablemente mimética de la que desde hace un cuarto de siglo reprime los derechos humanos en Irán. Los varones chíies harían valer su mayoría ganando libertad religiosa respecto a la dictadura baazista, pero las mujeres suníes y kurdas perderían oportunidades educativas y profesionales de manera dramática.

He aquí la doble paradoja que desvela el patético disparate en que está desembocando la invasión de Irak: estamos ante un impulso democratizador que trata de aplazar al máximo la expresión de la voluntad popular a través de las urnas -Paul Bremer acaba de rechazar un plan para acelerar la confección del censo- y ante una iniciativa contra el integrismo musulmán que empieza a contemplar como mal menor, con la sonora carcajada de Bin Laden como telón de fondo, la sustitución de una dictadura laica por una República Islámica. No está mal para un presidente como Bush que tan a menudo maneja los resortes religiosos de la extrema derecha cristiana y que tiene en su administración a una bestia parda como el general Boykin capaz de resumir en estos términos su confrontación con un líder mahometano somalí: «Sabía que mi Dios era más grande que su Dios. Sabía que mi Dios era un Dios real y que el suyo era un ídolo».

Pero cuando se acaban las razones con minúscula siempre queda la apelación a la Razón mayúscula de la lucha antiterrorista. Al poner a Zapatero en la tesitura de tener que definirse sobre si los asesinos de los agentes españoles eran parte de la «resistencia» o, como él sostiene, meros «terroristas», el presidente Aznar no sólo incurrió en un maniqueísmo dialéctico de bajo vuelo, sino que se empeñó en martillear un yunque del que nada más que pueden brotar peligrosas chispas.

Al margen de que en el caso de Irak estemos ante la típica profecía autocumplida, pues es la ocupación la que ha cebado la escalada de los coches bomba, de los burros bomba y de las emboscadas, hay que precisar de una vez por todas que el terrorismo no es un sujeto, ni individual ni colectivo, ni público ni privado, ni un Estado ni una corporación, ni una asociación internacional ni una ONG, al que se le pueda declarar la guerra en el sentido genuino y literal del término. El terrorismo es una pauta de conducta o si se quiere una técnica malvada de actuación, un modo de perseguir propósitos especialmente repulsivo, que ha sido y continúa siendo utilizado por los más diversos y a menudo opuestos protagonistas en los cuatro confines de la Tierra.

Declararle la guerra al terrorismo, sólo puede ser como en el caso del hambre, la contaminación atmosférica, la corrupción o el tabaquismo, una metáfora destinada a resumir acciones muy diversas y complementarias -como las medidas legales, policiales, diplomáticas, educativas o filantrópicas-, que en cada tiempo y lugar requieren una combinación distinta. El verdadero único denominador común de esas medidas terminará siendo, si somos realistas, la conciencia de que siempre tendrán un valor más paliativo que resolutivo, pues como decía Arthur Koestler «el homicidio por motivos no personales, por excesos de devoción y lealtad, es el fenómeno dominante en la Historia del ser humano».

Insinuar que España debe mantenerse en Irak mientras el recurso de la resistencia al terrorismo impida que allí germine el vergel de la democracia y vincular ese objetivo a la defensa de los valores constitucionales en el País Vasco, no me cansaré de decirlo, es jugar a aprendiz de brujo con la fragua de Vulcano. España se marchará de Irak, como muy tarde, cuando lo hagan los norteamericanos y no se marchará jamás de los jamases de un territorio que es parte de su ser histórico, geográfico, sociológico y político.

Siete vidas pueden ser demasiadas para ayudar a los clérigos de Nayaf a salirse con la suya y siete mil serían muy pocas si lo que estuviera en juego fuera la protección de los derechos civiles de unos compatriotas a los que se pretendiera expoliar de las garantías que atesora nuestra soberanía dentro del territorio nacional. Si ETA y sus aliados nacionalistas comparecieran a entablar batalla en formación uniformada eso no mermaría un ápice nuestra resolución a combatirlos, pero tampoco el que todos los asesinatos en Irak se produjeran por la espalda y a cañón tocante nos obligaría a seguir asumiendo responsabilidades que exceden con creces nuestro peso en la comunidad internacional y nuestros medios y condiciones de despliegue.

Las experiencias ya remotas de Japón y Alemania y las más recientes de Rusia y sus satélites demuestran que la recuperación de la estabilidad y el arraigo del estado de Derecho en países machacados por la guerra o una larga dictadura no es, de ninguna manera, cuestión de meses. Más que una rápida vía de escape lo que el mundo desarrollado necesita en Irak es un instrumento que contribuya a paliar la situación límite creada y ajuste los ritmos de la transición a la propia evolución de los acontecimientos. Con todos sus bien probados defectos ese instrumento no puede ser otro que las Naciones Unidas. La transferencia de la administración provisional a la ONU permitiría sustituir las actuales tropas por un contingente multinacional con fuerte peso de los países árabes, en cuya financiación y leva ya no podrían negarse a participar ni Francia ni Alemania ni ninguna otra gran potencia. Es verdad que los actuales países ocupantes ya tienen el respaldo de la organización, pero esa última resolución 1511 es más un billete hacia el fracaso, emitido por los aliados a los que Estados Unidos puenteó y despreció en marzo, que el banderín de enganche solidario que las circunstancias requieren.

Reconocer y corregir los errores no es sencillo, máxime cuando todos los gobiernos disponen de poderosos mecanismos para influir en la opinión pública y obtener altas cotas de respaldo social para políticas temerarias a base de apelar a determinadas fibras sensibles de los ciudadanos. Sin duda fue por eso por lo que el senador Byrd dijo en el Capitolio que, puesto que había comenzado con un cuento del siglo XIX, concluiría con una historia real del siglo XX. Y fue entonces cuando repitió el diálogo tremendo que un famoso gobernante preso mantuvo con el psiquiatra Gustave Gilbert, encargado de atenderle:

-Después de todo son los líderes de un país los que determinan la política, y siempre es sencillo arrastrar a la gente en esa dirección, tanto si es una democracia, como una dictadura fascista o un régimen parlamentario o una dictadura comunista…

-Hay una diferencia. En una democracia la gente tiene algo que decir al respecto a través de sus representantes electos y en los Estados Unidos sólo el Congreso puede declarar la guerra.

-Oh, todo eso está muy bien, pero con voz o sin voz el pueblo siempre puede ser atraído hacia las posiciones de sus líderes.Es muy sencillo. Todo lo que hay que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer al país al peligro. Funciona en todas partes de la misma manera.

No estaban hablando del pavo de guardarropía que llevaba Bush en Bagdad en su bandeja el Día de Acción de Gracias. Esta conversación tuvo lugar en Nuremberg, porque el famoso gobernante preso era Hermann Goering, número dos de facto del régimen de Hitler.

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