El desparramo latinoamericano

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay (EL PAÍS, 02/06/06):

Una y otra vez, para castigo de nuestros lectores, hemos explicado que el machacón retintín de la “ola de izquierda” en América Latina tenía poco de ola, era bastante menos de izquierda de lo que se pensaba y que no cabía esperar ningún mapa coloreado de subido rojo. Tras la reciente Cumbre Unión Europea-América Latina celebrada en Viena, además de que ello ha quedado en claro, infortunadamente se ha podido comprobar que nuestra región está más desintegrada que nunca, cruzada por conflictos entre quienes, por su presunta afinidad ideológica, se suponía que iban a configurar verdaderos ejes de integración, incluso enfrentados a Washington.

Para empezar digamos que los dos grandes procesos de integración, la Comunidad Andina y el Mercosur, se han mostrado más débiles que nunca. En el primero Venezuela aparece en retirada, con el presidente Chávez afirmando que sus intereses están en el Sur, al tiempo que se pelea amargamente con Perú por firmar éste un Tratado de Libre Comercio con EE UU, igual al suscrito por Colombia y al que tramita Ecuador. Por su parte, Mercosur muestra a Argentina y Uruguay enfrentados como no ocurría hace más de medio siglo, por la instalación de dos plantas de celulosa en el río Uruguay; Uruguay y Paraguay reivindicando inequívocamente su derecho a asumir asociaciones unilaterales de comercio fuera del Mercosur y, para completarla, el Brasil airado con el asociado Bolivia que, al nacionalizar el gas, la ha emprendido violentamente contra Petrobras, la gran empresa estatal brasileña, a la que no ha vacilado en calificar de “ilegal” y “contrabandista”. La imagen de la reina del Carnaval de Gualeguaychú, en biquini de lentejuelas, paseando su generosa humanidad con un cartel de protesta en el conflicto rioplatense, delante de la asombrada mirada de los presidentes europeos y latinoamericanos, define con expresividad el momento: vivimos tiempos con un toque carnavalesco.

Mirando el conjunto, la idea geopolítica de Suramérica, concebida en los sofisticados laboratorios diplomáticos brasileños, herederos de la tradición luso-británica, se ha ido desvaneciendo. El propósito muy obvio era que Brasil se presentara ante el mundo como líder suramericano, dejando a México de lado para empujar su imagen de satelización a EE UU. Ha quedado en claro en Viena que México es más afín a Colombia y Chile que Venezuela y Bolivia al resto. Más allá de las particularidades de cada caso, esto era de esperar por la sencilla razón de que no existe una identidad “suramericana”, sustitutiva de la históricamente asentada de “Latinoamérica”, que es un concepto político y cultural, basado en la tradición ibérica, en la comunidad de lengua y de idiosincrasia. Suramérica es una entidad geográfica, reconocible para un planteo de infraestructuras (ríos, puentes, carreteras, puertos) pero carece de apelación como factor de identidad común. Es más, pensando en términos de latinidad (o hispanidad), México emerge como la mayor fuerza de nuestra cultura en la frontera con el mundo anglosajón, y lo es tanto en lo social, con su enorme emigración hacia el Norte, como en el plano del pensamiento, donde sus escritores han sido los que más y mejor han recorrido el tema.

La tal “ola”, que a nuestro juicio nunca llegó a serlo, ahora ha quedado en evidencia. ¿Quién puede comparar el moderado gobierno de un Chile moderno y comercialmente abierto con el populismo verborrágico de Venezuela, que cultiva diaria y torrencialmente la retórica antiimperialista de los años sesenta? ¿Que la doctora Bachelet es socialista? Por cierto, de un socialismo hoy centradamente social-democrático, que además no gobierna solo sino en una coalición con la histórica Democracia Cristiana, con la que han ganado ya cuatro elecciones seguidas. ¿Que Lula y el PT representan la tradicional izquierda brasileña? No hay duda, pero quien gobierna es una coalición en que ellos se integran a las fuerzas de centro y derecha más proverbiales del Norte y el Noreste del país, cada día más decisivas a medida que el tiempo pasa y el Gobierno sufre más desgastes.

El Eje Bolívar, del que hablaba el presidente Chávez y que comenzando en Venezuela terminaría en Tierra del Fuego, hoy luce reducido a él mismo y Bolivia, donde ha conseguido influir sobre el presidente Evo Morales para propiciar una nacionalización de hidrocarburos que le ha dejado enfrentado a Brasil y Argentina. Esa influencia de Chávez ha merecido incluso expresos reproches de los dos grandes del Mercosur cuando incluso ha intentado apoyar la construcción de un utópico gasoducto entre Bolivia y Uruguay, que pasando por Paraguay y Brasil, eludía expresamente Argentina.

Mientras tanto, siguen avanzando los acuerdos de Libre Comercio con EE UU, que además de Colombia y Perú ahora se han planteado, expresamente, para Uruguay. Hasta hace un mes el presidente uruguayo negaba esa posibilidad. Hoy la promueve, luego de una decisiva entrevista con el presidente Bush en la Casa Blanca donde el líder socialista de nuestro país ha enterrado -felizmente- una simplista tradición antinorteamericana que su partido cultivaba desde siempre.

El panorama, como se advierte, tiene mucho de desconcertante. Los actores giran como en un calidoscopio, dibujando figuras sorpresivas. No faltan las teorías conspirativas que imaginan un plan de Washington detrás de todo, pero la verdad es que la diplomacia norteamericana, bien poco lucida en los últimos años, sólo se ha alimentado de los platos servidos que le han brindado estos actos de inmadurez de nuestros Estados. De todo lo cual resulta que si alguien imaginó alguna vez un hemisferio aglutinado en torno a un pensamiento de izquierda, hoy apreciará su error. Lo que sí es verdad es que el populismo venezolano, oxigenado por sus petrodólares, se ha transformado en un factor disruptivo de vastas proporciones, con un presidente movedizo, que alterna semana a semana visitas a Cuba con algún otro país en que desciende de su avión como los Reyes Magos con una bolsa cargada de regalos. A él se añade una Bolivia que reivindicando más justicia en la negociación de sus hidrocarburos -reclamo plenamente justificado- se desliza hacia las viejas ideas de las nacionalizaciones y las reformas agrarias, ensayadas en ese país desde hace medio siglo. A partir de allí, se navega en un mar de zargazos en que la proclamada solidaridad ideológica ha cedido paso a la desintegración.