El despertar de la generación dormida

A veces resulta difícil saber, a simple vista, cuándo un vaso va a desbordarse por completo, en qué momento una gota se convierte en la última. Algo así ha sucedido con el movimiento ciudadano 15-M, que trasciende las siglas Democracia Real Ya con las que empezó. Esta explosión, en forma de acampada, llevaba varios años latente, recalentándose desde antes incluso de la crisis económica, sin saber exactamente cuándo iba a estallar.

El proceso que la ha desencadenado nació con la insatisfacción de muchas personas a pesar de vivir en países altamente desarrollados. Insatisfacción producida por la asfixia de la economización de la vida y la constante necesidad de satisfacer todo tipo de deseos. La crisis ahondó todavía más en esa situación y puso en evidencia la descomposición moral de las estructuras que sustentaban, entonces y ahora, la sociedad: corrupción política y degradación de sus dirigentes; amiguismo empresarial; injusticia social para aquellos que tienen que soportar el sacrificio para la salvación del sistema financiero; sindicatos egoístas; Iglesia sorda y corrompida por abusos; dopaje en el deporte; medios de comunicación sin independencia y movidos por intereses económicos; sentencias judiciales incomprensibles; televisiones banales; oenegés de turismo del ideal; maridos que matan a sus mujeres; mujeres que mienten para quedarse con la custodia de sus hijos; altos cargos sin ninguna valía dirigiendo empresas, consejerías y otras instituciones públicas; y en general un declive total de una sociedad sin apenas principios más allá de sálvese quien pueda. Todo ello, unido a las cada vez menores posibilidades de explotar las capacidades profesionales, de emanciparse y de poder desarrollarse de muchos jóvenes y no tan jóvenes, ha ido ahondando en un proceso paulatino de hartazgo, indignación y rechazo. Lo que une es, por tanto, un sentimiento: la convicción de que así no podemos seguir.

Ahora mismo se ha focalizado este rechazo en el sistema político, porque es el más visible y el que más incide directamente en los ciudadanos, y porque quizás es el que mejor refleja la gran brecha, el gran abismo que se produce entre quienes dirigen y los ciudadanos. Es como si hubiera dos líneas paralelas que no tuvieran nexo de unión.

Por eso, los partidos políticos y quienes les rodean, aquellos que ven las cosas con su lenguaje, no entienden nada de lo que está pasando. Lo que aquí se está reclamando no es una mejor gestión -que también-, sino un cambio de paradigma; en cierta manera una refundación, un ponerse de acuerdo para construir un modelo social mejor.

Sin embargo, esto conlleva una doble problemática. Por un lado, transformar un sentimiento -y de ahí su carácter entre caótico y cándido- en una ideología y ésta en unas propuestas concretas no es tarea fácil. Porque el sentimiento responde a una amalgama poco uniforme de insatisfacciones y de posibles soluciones tan variopinta como miembros pueda haber.

Los hay que creen que la solución es una república, otros que se modifique el Estado de las Autonomías, los de más allá crear un banco público, el de al lado, que las cajas quiebren y devuelvan lo recibido; unos piden listas abiertas, otros una nueva ley hipotecaria, el fin de la propiedad intelectual y un sinfín de propuestas muchas de las cuales son incompatibles entre sí.

Esta primera problemática a su vez deriva en otros dos retos también difíciles de solventar: intentar construir un modelo global que realmente suponga una alternativa (lo que dado el sistema asambleario con el que se rige es tremendamente difícil) o intentar pequeñas conquistas que mejoren algo la situación: listas abiertas, separación real de poderes, publicación del patrimonio de los políticos, eliminación de imputados en la gestión pública…

Probablemente hacia lo que apunta la #Spanishrevolution, y muchos de los que hemos estado en sus plazas así lo creemos, es a un cambio del sistema, sin cambiar de sistema. El siglo XX nos enseñó que los modelos planificados podían llegar a ser mucho peores que las propias atrocidades que se querían cambiar. La ejemplaridad con que se ha manifestado esta parte de la sociedad española -sin violencia, con orden y hasta cierta alegría- viene a corroborar ese deseo. Su continuidad a pesar del fin de las elecciones marca su voluntad de permanencia -aunque habrá que ver si no se desinfla por falta de tensión-. Y todo lo reclamado lo podríamos resumir en tres palabras: ética, justicia y racionalidad. Y de ellas se va a desgranar toda una serie de propuestas -algunas más acertadas que otras- que esperemos, en su parte de acierto, se hagan realidad y que vayan más allá de nuestras fronteras: no más gastos inútiles de todo tipo, más oportunidades para quienes se las merecen, mejor representatividad y una exigencia ética en todos los frentes (no sólo políticos) mucho mayor. Ya no va a ser suficiente ser elegido o pertenecer a un partido para gobernar u ostentar un cargo público. Va a ser necesario ser elegido y merecerlo.

El segundo gran problema al que se enfrenta el movimiento es al de la apropiación y usurpación de este anhelo por estructuras políticas ya existentes en la izquierda, ya sea de forma directa por parte de miembros y líderes de algunos partidos, ya sea por la acción soterrada de dirigir toda la acción social a la focalización del desgaste de la derecha política y las ideologías que la sustentan (especialmente el liberalismo o en el lenguaje de muchos de sus miembros, el neoliberalismo, cuando los problemas son mucho más complejos). El intento fracasado de unos y el desprecio lamentable de otros ha sido el mejor ejemplo de que España necesitaba una revolución como ésta; con sus actos han demostrado creer que esto era algo propio de la política. Y se han equivocado, sólo pertenece a la sociedad civil.

No sabemos cuánta fuerza y duración tendrá el movimiento; si caerá en las garras de quien quiere hacerlo propio o mantendrá su independencia; si conseguirá concretar sus propuestas o simplemente se diluirá. Esto último lo dudo. En mi opinión, y así lo escribí hace casi un año, el ansia de un modelo social que permita opciones de felicidad está muy latente y es imparable en el mundo entero. En todo caso, tengo claro que esto ya ha servido de algo: ha hecho visible mucho de lo que se intuía y no se manifestaba -gracias, en gran medida, por haberlo impulsado en campaña electoral-. Y si con eso se contribuye a modificar ciertos postulados, habrá merecido la pena.

Quizás entonces alguno comprenderá que la sociedad no quiere que la política sea una profesión, sino un servicio. Quizás, entonces, se modifiquen algunas de las actitudes y privilegios, y otros muchos entenderemos que los sacrificios que nos va a tocar hacer, nos gusten o no, para salvar a este país de su propia ruina, merecen la pena, no porque sea necesario hacerlos, sino porque el fruto va a ser para todos; y para todos mejor y no sólo para unos pocos como se percibe ahora. Probablemente, entonces, comprenderemos que lo que nos estamos jugando va mucho más allá de un recorte en los salarios, una rebaja en las pensiones o una modificación electoral. Porque lo que nos estamos jugando es el modelo de sociedad del Siglo XXI.

Por Guillermo Gómez-Ferrer, escritor y periodista. Autor de El despertar de la generación dormida, Selloeditorial, 2010.

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