El ‘día de todas las lágrimas’

Por Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador y especialista en el Mundo Árabe contemporáneo (EL CORREO DIGITAL, 11/06/08):

Por puro azar cayó hace poco en mis manos un viejo ejemplar del prestigioso semanario británico ‘The Economist’ del 6 de marzo de 1999. En la portada, sobre una foto espectacular de dos operarios empapados en petróleo que intentan cerrar una válvula de la que brota un géiser de oro negro, el titular principal proclama: «Drowning in oil» (Ahogados en petróleo). En aquel momento, calculando los precios en dólares reales, descontando los efectos de la inflación, el barril había regresado a los bajísimos precios anteriores a la crisis de 1973 y se especulaba con que podría caer a la mitad de ese valor. Los sesudos analistas de ‘The Economist’ consideraban extremadamente improbable que los precios pudieran remontar, por lo que pronosticaban terribles problemas para las empresas y las naciones productoras. Gran parte de los expertos y los medios de prensa de todo el mundo opinaban lo mismo. Aquel mismo año, los precios del petróleo iniciaron la inexorable escalada que nos ha llevado a la crisis actual.

Nueve años después, con el petróleo a más de 130 dólares el barril, aquella portada de ‘The Economist’ nos parece un sueño, casi una burla. Algunos comentaristas intentan quitarle hierro al asunto recordándonos con bastante razón que el dólar se ha depreciado mucho con respecto al euro, que en vez de cotizarse un dólar a un euro, céntimo más o menos, ahora cada euro vale un dólar y medio. Efectuando los cálculos correspondientes, el valor real del barril de petróleo sería entonces de ‘sólo’ 86 u 87 dólares. Pero aun aceptando estos argumentos, cuando calculamos la equivalencia en dólares constantes, descubrimos que los precios reales del petróleo son ya superiores a los precios máximos históricos que se alcanzaron en 1980, tras la Revolución Islámica iraní. Esta vez la subida de precios no ha tenido lugar bruscamente de un día para otro, sino escalonadamente a lo largo de varios años. Sin embargo, los efectos de ambas crisis van a ser al final los mismos.

Este carácter gradual de la crisis supone un peligro adicional, pues en 1973 y 1979 la gente, asustada por la brusquedad de los acontecimientos, era muy consciente de la gravedad de la situación y de la necesidad de apretarse el cinturón. Ahora muchas personas pueden resistirse a aceptar que hay una crisis petrolífera más grave incluso que la última. Tan sólo ven que los precios suben y suben y siguen subiendo. ¿Pero, por qué? ¿Cómo pudieron equivocarse tanto todos los expertos?

Durante los últimos diez años, la producción mundial anual de petróleo ha ido creciendo desde tres mil quinientos millones de toneladas a casi cuatro mil millones. Sin embargo la demanda ha ido aumentando bastante más deprisa. Los bajos precios imperantes entre 1986 y 1999 favorecieron el crecimiento económico de Occidente y el auge del consumo de petróleo con preferencia sobre otras energías. Al mismo tiempo, India y sobre todo China iniciaban un vertiginoso crecimiento económico. Lo que el economista Lester Thurow pronosticó para la demanda mundial de alimentos -que no habría producción suficiente en el mundo entero para cubrir la demanda china una vez este país comenzase a desarrollarse- se está convirtiendo en realidad no sólo para los alimentos sino para todas las materias primas, incluidas las energías fósiles. Ni que decir tiene que existen otros muchos factores, pero el auge económico de China es el fundamental.

Lo peor de todo es que el auge chino actúa como bloqueo estructural para impedir que la crisis termine. En el pasado las crisis del petróleo se destruían a sí mismas: los elevados precios terminaban provocando una depresión económica, lo que reducía el consumo. La gente buscaba formas de ahorrar energía o sustituir el petróleo por otras energías, lo que también reducía el consumo. Al mismo tiempo, los elevados precios estimulaban la búsqueda de nuevos yacimientos y la puesta en valor de otros ya conocidos pero inactivos por ser demasiado cara su explotación. Por lo tanto aumentaba la oferta mientras que se estancaba e incluso disminuía la demanda. Al final los precios acababan bajando, a veces de forma muy brusca. Sin embargo, la insaciable demanda china impide que funcione de nuevo este mecanismo. Aunque Occidente reduzca mucho su consumo y la oferta aumente, el crecimiento de China absorberá todo aumento de la oferta y compensará cualquier reducción de la demanda en otros países desarrollados. Eso sin contar con India y otras naciones que van saliendo del subdesarrollo.

Durante la anterior legislatura, el presidente Zapatero tuvo que enfrentarse a protestas similares a las actuales de pescadores, agricultores y transportistas. Las resolvió bajando los precios del carburante, recortando los impuestos. Por desgracia los precios han seguido subiendo, anulando aquellas rebajas. El Gobierno todavía tiene margen para repetir el truco, pero dentro de un par de años las nuevas subidas nos habrán dejado de nuevo en la casilla de salida.

La única solución es prescindir del petróleo. ¿Pero quién le pone el cascabel a ese gato? Los agricultores pueden autoabastecerse cultivando biocombustibles, pero dudo mucho de que el sector naval esté dispuesto a volver a las velas. En tierra, la única alternativa viable es el ferrocarril, pero eso deja en el paro a los camioneros. Por el momento la única estrategia viable es que el conjunto de las naciones industrializadas disminuyan todo lo posible el uso de petróleo fuera del sector del transporte. Eso podría reducir en un tercio la demanda mundial y nos daría algo de tiempo para resolver el problema del transporte, antes de que llegue el ‘día de todas las lágrimas’, cuando la producción petrolífera mundial alcance su cenit e inicie un inexorable declive.