El día del amor

Pasma y conmueve la urdimbre de acontecimientos que se entretejen en la Santa Cena Pascual del primer Jueves Santo, con el patético epílogo de Getsemaní. Lo pondera el propio Jesús por boca de los evangelistas, Juan (15,20) y Lucas (14,15). El primero, en estos términos: «Jesús, llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». E inicia la narración de la Cena con el Lavatorio de los pies. Lucas, por su parte, recoge esta confidencia de Jesús: «Con ansiedad he deseado comer esta Pascua con vosotros»; y comienza su relato con la Institución de la Eucaristía.

Sentados los doce a la mesa, en un cuadro que inmortalizaría el pincel de Leonardo da Vinci, discurrió el serial de escenas que bien pueden llamarse Cláusulas del Testamento de Jesús; y que sólo cabe enunciarlas aquí. A saber: el mencionado Lavatorio de los pies, que el propio Jesús les resumió en dos palabras: «No he venido a ser servido sino a servir» (sólo Él sabía, como nosotros ahora, que un Papa del siglo XXI, Francisco de nombre, encarnaría ese adagio con otro similar: El poder es servicio).

Mensaje fundamental de la Cena es a todas luces El Mandamiento del amor: «Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado; como el Padre me ama a mí y como Yo lo amo a Él». Junto a éste, con mayor extensión y pareja profundidad, el Discurso de despedida y la Oración sacerdotal. Todo un código de santidad y de amor, que llena tres capítulos de San Juan, entre las páginas más hermosas de la Biblia. Y, por último –es un decir–, la Institución de la Eucaristía, el Pan y el Vino consagrados, de su Cuerpo y de su Sangre para el perdón de los pecados; el Sacerdocio de la Nueva Alianza, alma de la Iglesia, y garante de su presencia salvífica en la Historia, de generación en generación.

Mientras Jesús pronunciaba estos sublimes oráculos, su espíritu estaba alerta por la inminencia de Getsemaní; y, llegada la hora del «poder de las tinieblas», cortó en seco el coloquio del cenáculo y salieron todos, cruzando el torrente del Cedrón, hacia el Monte de los Olivos, donde se acomodaron como pudieron los once apóstoles bajo los árboles. En tanto que Jesús, a un tiro de piedra se retiraba a orar, con el alma desgarrada y el cuerpo sudoroso de sangre. «Mi alma está triste hasta la muerte». (¡Balada triste de trompeta!). Padre,aparta de mí este cáliz; más no se haga mi voluntad sino la tuya. Los pobres apóstoles roncaban entretanto como benditos.

En esto asomaban ya por la tapia del huerto las antorchas y el estruendo de los forajidos, arrastrados por el Iscariote que, cómo sabemos, saludaría a Jesús con un beso blasfemo. Pero, por imperativos del guión, suspendo aquí mi relato porque allí finalizaba el primer día del Triduo Pascual, cediendo el paso al Viernes Santo con el Pretorio, el Vía crucis y el Calvario.

En la antigüedad cristiana, el Jueves Santo fue el día penitencial de los catecúmenos, víspera de su bautismo en la noche de Resurrección. Digamos, sin complicados procesos históricos, que en la tradición del Triduo Pascual hasta nuestro tiempo, el Jueves Santo ha sido fecha inaplazable para cumplir dos mandamientos de la Iglesia: confesar por lo menos una vez dentro del año, con preferencia por Cuaresma y comulgar por Pascua florida.

Ahora bien, en esa tradición postridentina y barroca, que ha llegado increscendo hasta nosotros, ha cobrado venturosamente una fuerza singular el culto eucarístico en el Jueves Pascual, con horas santas, turnos de adoración silenciosa y, sobre todo, los llamados monumentos, sagrarios especiales que guardan las Especies consagradas en la misa del Jueves Santo, para comulgar con ellas el Viernes, que no hay misa propiamente dicha.

El recorrido de los monumentos por múltiples iglesias, embellecidos con flores y candeleros, la tarde-noche del Jueves y la mañana del Viernes Santos, es una de las devociones más hermosas de la piedad popular en España. Millares de visitantes, arrodillados y en silencio, adoran piadosamente al Santísimo Sacramento.

Llama poderosamente la atención que, con parigual fervor y solemnidad, celebre la Iglesia otra gran fiesta eucarística, la del Corpus Christi, en un jueves (ahora domingo) posterior a Pascua y Pentecostés. Con la procesión del Corpus, Dios en la calle, y la Custodia embellecida al máximo con oro, plata y pedrerías, acreditan los fieles a su manera su inmenso amor a Cristo Eucaristía. Al tiempo que inmensas multitudes se apiñan en las aceras en actitud reverencial. Este sagrado cortejo ha calado tan hondo en nuestra cultura que resiste, veremos hasta cuándo, todos los embates del secularismo y laicismo rampante.

Si indagamos la motivación profunda, el común denominador y el hilo conductor de todo lo hasta aquí dicho, vemos un eco fiel de las palabras de Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. ( Jn, 3,16)». Y, para colmo, al alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre, nos lleva a una profunda identificación con Él. —Pero, Señor, ¿no es esto, con perdón, una barbaridad de amor? Respuesta: —No es que Dios tenga amor, es que Dios es el Amor, como nos ha redescubierto prodigiosamente Benedicto XVI en la Encíclica que lleva ese nombre.

Allí aprendemos la hermosura y la belleza del amor que anida en el corazón de los seres humanos: amor de padres a hijos y de estos a sus padres y, el más completo, el de los esposos, en amor exclusivo de cuerpo y de alma, generador de la prole y con ella de la sociedad y de la Historia. Y, también en lo humano, el que entendemos como amistad entre dos o más personas, que se sienten gozosamente compenetradas entre sí, y busca cada cual el bien de los demás.

Hoy es Jueves Santo, modelo supremo del amor de Dios en Cristo y de la respuesta cristiana y evangélica que estamos llamados a darles, amándolos con todo el corazón, con toda la mente y todo nuestro ser. Esto nos viene de Moisés, como también el segundo, de amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero el Decálogo del Sinaí está asumido y superado por el Sermón de la Montaña y el Padrenuestro: amar a vuestros enemigos, poner la otra mejilla al de la bofetada, perdonar setenta veces siete. No cabe amar a Dios sin amar a los hermanos ni sin pedirles perdón antes de presentar la ofrenda en el altar. Repasemos las Obras de Misericordia y las parábolas del Hijo Pródigo, del Buen Samaritano y de la Oveja perdida. De nuevo el Papa Francisco: Dios no se cansa de perdonar.

Por algo nuestra Conferencia Episcopal, secundada por Cáritas Española, acordó desde su origen la celebración de sendas jornadas en las dos fiestas eucarísticas: El día de la Caridad en el Corpus Christi y el del Amor Fraterno el Jueves Santo. Con sendos acentos: en el primero realizar una colecta en todas las parroquias a favor de los menesterosos de toda índole. Mientras que hoy, Jueves Santo, sin renunciar a ella, se insiste en la confraternidad con todos, sin acentuar diferencias de ningún género, desterrando odios congénitos y laborando por la paz social. Bien que lo necesitamos en esta culpable y abrumadora crisis cuya superación solo depende de nuestra conversión a la fraternidad.

Antonio Montero Moreno, Arzobispo emérito de Mérida-Badajoz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *