El día del juicio final de Europa en diciembre

Mientras la mayor parte de la Unión Europea parece haber entrado en pánico ante la perspectiva de una victoria de la líder de la extrema derecha francesa Marine Le Pen en la elección presidencial de Francia en mayo, la próxima prueba para la UE tendrá lugar mucho antes. El domingo los italianos votarán en un referendo sobre reformas constitucionales y los austríacos elegirán a su próximo presidente. Las elecciones de ambos países podrían tener ramificaciones importantes más allá de sus fronteras.

En Italia, el inminente plebiscito se ha convertido en un voto de confianza popular en el primer ministro, Matteo Renzi, quien ha dicho que renunciará si se rechazan las reformas. Según las últimas encuestas, Renzi podría verse obligado a cumplir con su promesa, lo que podría decretar el fin de la democracia social reformista en Italia -y en otras partes-. En Austria, los votantes elegirán entre un candidato pro-UE y otro anti-UE en el molde nacionalista de Le Pen, Norbert Hofer, del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ). Una victoria de Hofer podría insuflar viento a las velas de Le Pen.

Los cambios constitucionales que la campaña por el Sí de Renzi pretende que los votantes aprueben echarían por tierra parte del legado de su antecesor Silvio Berlusconi -un legado que sirve como excelente ejemplo del daño que el populismo de derecha puede generarle a un país-. Entre otras cosas, Berlusconi alteró el sistema político de Italia de manera tal de impedir que la izquierda alguna vez vuelva a ganar un poder absoluto y bloquear cualquier cargo criminal que se pudiera presentar en su contra.

Las reformas propuestas por Renzi, entre otras cosas, modernizarían el sistema político al quitarle poder al Senado (la cámara alta del Parlamento). Una enmienda de estas características es profundamente necesaria para eliminar la paralización política y Renzi ya ha logrado que la aprobaran ambas cámaras del Parlamento. De hecho, el plebiscito, supuestamente, sólo iba a servir de confirmación final.

Pero Renzi no logró mejorar el mal desempeño económico de Italia. Ocho años después de la crisis financiera de 2008, la producción industrial todavía está un 25% por debajo de los niveles previos a la crisis, y el desempleo juvenil supera el 40%. Según estos indicadores económicos, “la crisi”, como la llaman los italianos, es tan mala como la que se experimentó hace 25 años en Polonia y otros países de Europa del este, luego del colapso del comunismo.

Pero esos países superaron sus penurias poscomunistas, porque sus líderes y un porcentaje suficiente de la población creían en la promesa del capitalismo de libre mercado. Por el contrario, desde la crisis financiera global de 2008, esa creencia se ha visto sacudida fuertemente en Italia y otros países de la UE.

El juvenil Renzi efectivamente intentó mejorar el sistema existente y cerrar algunas de las brechas generacionales de Italia, implementado reformas en el mercado laboral. Pero, a diferencia del ex primer ministro británico Tony Blair en los años 1990 o del ex canciller alemán Gerhard Schröder a comienzos de los años 2000, Renzi tiene que enfrentar condiciones económicas globales mucho peores. Italia no puede construir un modelo de crecimiento impulsado por las exportaciones, y se tambalea bajo el peso de una enorme carga de deuda heredada de Berlusconi.

Entre los enemigos de Renzi se encuentran los populistas de izquierda como el Movimiento Cinco Estrellas (Movimiento Cinque Stelle) y los populistas de derecha como la Liga del Norte, o Lega Nord, que lo atacan ferozmente a la vez que culpan a la UE de muchos de los problemas económicos y políticos de Italia. La UE, mientras tanto, ha dejado que Italia se las arregle por su cuenta con los 160.000 refugiados del norte de África que han llegado hasta el momento sólo en el curso de este año.

Si el referendo de Renzi fracasa, el líder del Movimiento Cinco Estrellas, Beppe Grillo, ha dicho que exigirá otro plebiscito sobre la pertenencia de Italia a la eurozona, que podría tener éxito. Si bien Italia alguna vez fue un país incondicionalmente pro-UE, muchos italianos ahora pueden estar a favor de una menor integración, especialmente después del ejemplo de alto perfil que marcó el referendo por el Brexit del Reino Unido en junio.

Por otro lado, un referendo sobre la pertenencia a la eurozona tal vez ni siquiera sea necesario. Si Renzi renuncia, Italia podría volverse casi ingobernable, lo que asustará a los mercados financieros. Esto, a su vez, hará que a Italia le resulte difícil permanecer en la eurozona, considerando las tasas de interés ya altas sobre su deuda pública, que representa el 132% de su PIB.

Mientras tanto, en Austria, la inminente elección presidencial -que enfrenta a Hofer con el candidato de izquierda independiente Alexander Van der Bellen- tendrá mucho más que ver con la política del país que con su economía. En los últimos 10 años, Austria ha estado gobernada por una gran coalición de socialdemócratas y conservadores, pero estos dos partidos convencionales viven bloqueándose mutuamente, y sólo los une su oposición a los populistas de derecha como Hofer. Este acuerdo esclerótico, sin embargo, ha permitido que esos mismos populistas de derecha se presentaran como la única alternativa “al sistema”.

Austria es uno de los países más ricos de la UE, y le está yendo bien en comparación con Italia. Pero los austríacos tienen miedo de perder su riqueza actual y todavía tienen reclamos económicos que los políticos pueden explotar. Por ejemplo, los ingresos de los austríacos de clase baja y media se han venido achicando lentamente en los últimos diez años; el crecimiento económico general es más bajo que el promedio de la UE; y el desempleo está en aumento.

Como en Italia, los populistas de derecha de Austria han hecho campaña contra la UE y han pensado en sacar al país de la eurozona. Pero una medida de ese porte sería aún más suicida que en el caso de Italia, y el FPÖ en verdad ha moderado su postura anti-europea desde la votación del Brexit.

Por el contrario, el FPÖ ha anunciado su intención de convertir el sistema político de Austria en una democracia más presidencial-plebiscitaria. Esto también sería un golpe contra Europa, porque significaría que cualquier legislación de la UE -como políticas para dispersar a los refugiados que hoy están en Italia a otros países miembro- podría ser bloqueada por un plebiscito.

Cuando se cayó el Muro de Berlín -y, con él, el socialismo de Estado- los estados miembro fundadores de la Comunidad Económica Europea respondieron con la creación de la Unión Europea y se comprometieron a una integración europea más profunda. Ese proyecto funcionó bien hasta la crisis de 2008, lo que sugiere que la UE podría ser más apropiada para los buenos tiempos que para los malos. La prueba por partida doble en Italia y Austria el 4 de diciembre ofrecerá una evidencia contundente en un sentido o en el otro.

Philipp Ther is a professor of Central European History at the University of Vienna.

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