El día después

El día después de las elecciones será cuando empiece la hora de la verdad. Por ahora, sabemos que ningún partido político podrá formar Gobierno por sí solo y que la única solución será que se impongan los pactos necesarios para evitar unas terceras elecciones que convertirían a España en un hazmerreír mundial.

A este respecto, George Bernard Shaw decía irónicamente que la democracia es el método que garantiza que no seremos gobernados mejor de lo que nos merecemos. Puede ser que, en general, tal afirmación sea cierta, pero dudo que sea así en el caso español actual. Quien está fallando en nuestra democracia no es el conjunto de los electores, sino una clase política -salvo excepciones- incapaz de acomodarse a la nueva realidad sociológica, en la cual será difícil, por no decir imposible, que se vuelvan a dar las mayorías absolutas.

Sin embargo, la fuerte raigambre del sistema casi bipartidista que ha estado vigente durante 38 años, ha comportado unos usos parlamentarios que no se ajustan ya a la verdad. Destaca entre ellos la creencia de que después de unas elecciones, en el caso de que nadie alcance mayoría absoluta, debe gobernar el partido que hubiera tenido más votos electorales. Lo cual es falso en un régimen parlamentario donde rige que debe gobernar el partido, o coalición de partidos, que reúna más escaños. Semejante error interesado lo viene manteniendo especialmente el PP, y sobre todo su actual líder, Mariano Rajoy. Pero él mismo se ha encargado de desmentirlo con su conducta tras las elecciones del 20 de diciembre.

el-dia-despues-3En efecto, si Rajoy cree que debe gobernar el partido que ha conseguido más votos, con independencia de los escaños de que disponga, ¿por qué se negó a formar Gobierno cuando el Rey le hizo el encargo? Era claro que con 123 diputados y no contando con ningún apoyo más, era imposible gobernar. Ahora bien, lo malo es que después de esa experiencia, los dirigentes del PP, ante el 26-J, siguen erre que erre, afirmando que se debe “dejar gobernar” a la lista más votada, puesto que se supone ya que difícilmente superarán el número de diputados obtenidos en diciembre. Pero eso es igual que pedir peras al olmo, además de que no se atiene a la legalidad. Con todo, Rajoy acaba de remachar el clavo, afirmando que aunque siga siendo el PP la lista más votada y el Rey le vuelva a encargar la formación de Gobierno, no piensa asistir a la investidura porque no la conseguiría. Luego el próximo presidente del Congreso debe tener esto en cuenta para asesorar al Rey, recomendándole que sólo proponga un candidato que tenga -o pueda tener- el apoyo suficiente para lograr no sólo la investidura, sino sobre todo la gobernabilidad.

Por consiguiente, está claro que la única manera de formar Gobierno, a partir del lunes, no es sino la coalición de dos o más partidos y, en tal sentido, sólo existen dos posibilidades. Por un lado, la coalición del PP, PSOE y Ciudadanos, y, por otro, la de Podemos, PSOE y nacionalistas. Ambas dispondrían de más de 176 diputados, por lo que una y otra son posibles, al margen evidentemente de su diferente ideología y programa. Veamos lo que significaría cada una, para después analizar cuál de las dos -o ninguna- puede llegar a buen puerto.

En primer lugar, admitiendo que se pueda formar la coalición de los tres partidos constitucionalistas mencionados, sólo se justificaría, como ha expuesto Albert Rivera, si antes de señalar quiénes serían el presidente y los demás miembros del Gobierno, acuerdan un programa común de reformas. Sin duda, el PP sería muy reacio a aceptar los cambios que el PSOE y Ciudadanos reivindicarían, contando con el precedente de su acuerdo programático de febrero pasado. La exigible responsabilidad del PP le obligaría, si así lo reivindican los otros dos socios, a aceptar que Rajoy dejase su puesto para designar, como mal menor, a otro candidato distinto. Hoy hay en Europa 18 Gobiernos de coalición y únicamente seis de ellos los encabeza el líder del partido que obtuvo más diputados. Por supuesto, esta coalición, desde el punto de vista constitucional, no sólo es posible, sino también conveniente, pero siempre que todos cedan en algo y se superen los prejuicios que les atenazan. Claro que debemos tener en cuenta, como decía Einstein, que es más fácil destruir un átomo que un prejuicio. Sea como fuere, tal y como están las cosas, dicha negociación debería iniciarse el día después de la jornada electoral, pues el país ya no puede esperar, mientras que la economía se deteriora cada vez más ante la incertidumbre política.

Ahora vayamos a la otra posible coalición que sólo podría formarse si Pedro Sánchez y el PSOE se prestan a ello, lo cual es dudoso. Sea lo que sea, es curioso que el posible, según las encuestas, gran perdedor de estas elecciones -es decir, el líder del PSOE-, sea el que tenga la clave para formar una o la otra de las dos coaliciones. Por de pronto, hay que decir que el acuerdo programático necesario en esta segunda coalición es mucho más problemático que en el primer caso. Aquí no se trataría de una alianza enmarcada en la Constitución, como sucede en la primera coalición, sino que el PSOE entraría en un terreno pantanoso del que no se sabe cómo podría salir. Esta coalición, que algunos llaman Frente Popular, formada por el PSOE, Podemos, IU más otros posibles partidos nacionalistas, lo que pretende es una superación del llamado régimen del 78, pero dentro de una incierta nebulosa ideológica.

Dejando de lado el grupo que lidera Alberto Garzón y que sigue reivindicando su ascendencia comunista, el variopinto conjunto que forma Podemos es una absoluta incógnita. Por una parte, porque todavía no se ha celebrado ningún Congreso (Asamblea Estatal) de este partido y, por tanto, no hay una línea ideológica oficial, salvo la que expresa su líder. Y aquí surge una gran paradoja. Durante años Pablo Iglesias se ha venido declarando comunista, pero ahora, cuando percibe que podría ganar éstas o las próximas elecciones, afirma que es un social-demócrata, un socialista como Allende o como Mujica, y bobadas similares, todo lo cual demuestra una inmensa frivolidad que desgraciadamente no parece que afecte a sus seguidores y votantes.

En este sentido, conviene recordar lo que sucedió con el PSOE y su líder Felipe González. En efecto, en el XXVIII Congreso del PSOE, celebrado en Madrid en 1979, se rechazó la propuesta de González para renunciar al marxismo como ideología oficial del PSOE. En consecuencia, dimitió y se formó una Comisión Gestora encargada de convocar un Congreso extraordinario, que se celebró en septiembre del mismo año y en el cual ganó Felipe González y su propuesta de renunciar al marxismo como ideología del PSOE. Evidentemente este precedente no le produce ni frio ni calor a Pablo Iglesias, ya que su ligereza ideológica le permite ir pasando de una casilla a otra del ajedrez político, según sus conveniencias. Aunque, en todo caso, sí cabría sostener que cualquiera que sea la ideología que pueda adoptar en cada momento, tiene siempre un sustento totalitario, según se percibe en sus declaraciones y se trasluce ahora debajo de las vestimentas políticas con que se cubra.

Es significativo, por ejemplo, sea un desliz o no, que en el artículo 2, 1, f, de los Estatutos de su partido, se diga que “Podemos es una organización estatal que actúa con criterios de universalidad, coherencia y responsabilidad”… Vamos, algo semejante al Movimiento Nacional de la época franquista.

El hecho es, por tanto, que preconizar a estas alturas un cambio de sistema político que arrastraría a la Monarquía, que fragmentaría el territorio nacional y que pondría en marcha una política económica de mayor gasto público que no se sabe quién pagaría, es una absoluta locura que no se entiende como comparten tantos electores. En otras palabras, pasaríamos del inmovilismo suicida de Rajoy a la aventura antigatopardista de que todo cambie para que nada siga igual de Iglesia y sus mariachis. Estamos pues ante una encrucijada electoral que no sabemos a dónde nos conducirá. Todos los españoles debemos ser conscientes de este envite, pero sobre todo los que deben pensarlo más que nadie son Sánchez y los barones del PSOE, pues es este partido el que tiene la llave del mañana, por lo que su responsabilidad puede ser histórica. Por lo demás, habrá que esperar a los resultados para saber más concretamente a qué atenernos, pero, en todo caso, cabe hacer dos observaciones. La primera, que los sondeos puede que no sean exactos, pues la demoscopia, como recordaba hace poco Borrell, es una ciencia inexacta, como la meteorología o la economía. Cuando hay un 30 % de indecisos, el alcance de las encuestas, desde el punto de vista estadístico, tiene poco valor. Pero es igual, porque aunque se equivoquen en algo, la tendencia que marcan parece indubitadamente verdad. La segunda observación consiste en que los pactos que tendrán qué hacer, sólo se podrán formular cuando se sepan los resultados electorales. Por eso, hay que recordar que muchos políticos se están yendo de la lengua, porque en la política como en el póquer no se pueden descubrir las cartas que se tienen hasta que no se acabe la jugada.

Esperemos, pues, que nuestros políticos acierten, que tengamos lo antes posible un Gobierno que respete la legalidad del Estado de Derecho, que no haya por tanto una trilogía electoral y que se aclare el confuso porvenir del país. De no ser así no habría más remedio que dar la razón al más agudo de los hispanistas actuales, Paul Preston, cuando hace poco mantenía que existen tres constantes históricas en España: la corrupción, la ineficiencia de su clase política y la violencia social como protesta de las dos anteriores. Esperemos, al menos que ésta última no se dé esta vez, haciendo nuestro, en todo caso, lo que decía Hannah Arendt: “Prepárate para lo peor, espera lo mejor, y toma las cosas como al final vengan”.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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