El día en que Artur Mas se quitó la chaqueta

«Fraga tenía ya tomada su decisión. De forma enérgica pero un tanto meticulosa, primero el brazo izquierdo, después el derecho, se despojó de su chaqueta gris y la colocó en el respaldo de la silla que había ocupado previamente. Entonces gritó: ‘¡¡A por ellos!!’, y se abalanzó a toda velocidad hacia el primer pasillo del graderío izquierdo. En un primer momento sólo le siguieron una de sus hijas y el candidato y caballero mutilado Antonio Pedrosa Latas… Al cabo de unos segundos reaccionaron asimismo algunos miembros del servicio de orden de Alianza Popular. Ya no hacía falta. Como por arte de magia, los 700 reventadores habían desaparecido engullidos por las dos ventanas y la puerta de doble hoja de la parte superior de la grada. Todo había ocurrido en el margen de tiempo que Fraga, parte de la camisa por fuera del pantalón, había necesitado para subir hasta lo alto del pasillo. Aunque él dice que no llegó a tocar a nadie, algunos testigos recuerdan cómo dio algunos puñetazos y, en concreto, cómo empujó a una muchacha rubia, una de las últimas personas en escapar, agarrándola por el cabello».

El viernes 6 de mayo de 1977 siempre será para mí «el día en que Fraga se quitó la chaqueta» pues no en vano dediqué a lo ocurrido en el Palacio de los Deportes de Lugo todo un capítulo de mi primer libro, Así se ganaron las elecciones, al que pertenece la larga cita anterior. Yo no estaba allí pero ese lance en el que la carga de la brigada ligera de un único lobo feroz dispersaba a un rebaño de cientos de ovejas baladoras y perros ladradores me pareció tan literario que hice todo lo posible por reconstruirlo minuciosamente. Tres colegas, testigos presenciales -Pilar Cernuda, Federico Abascal y Manuel Soriano- me ayudaron de forma inestimable, pero el principal elemento documental fue la versión que el propio Fraga me suministró cuatro días después.

¿Qué le había impulsado a lanzarse en pos de una pelea tan desigual? ¿No era consciente de que esos centenares de militantes de la Unión del Pueblo Gallego y la Joven Guardia Roja que le impedían hablar, coreando consignas alusivas a lo ocurrido en Vitoria y Montejurra, podían igualmente golpearle, romperle la cara, dejarle malherido? Con voz muy ronca y ojeras de campaña, Fraga me explicó que en el instante clave le había venido a la cabeza una frase que empleó Franco cuando le contó su arriesgada decisión de emprender el paso del Estrecho, desafiando a la flota leal a la República: «Me di cuenta de que el enemigo contaba con la superioridad numérica pero no tenía ganas de combatir».

Desde la conquista de México hasta la revolución bolchevique, son incontables los grandes hechos de la Historia en los que la determinación de un líder y su pequeño núcleo duro de incondicionales invierte dramáticamente la correlación de fuerzas y da pie a sucesos poco antes inimaginables. El requisito imprescindible para ello es el desistimiento, la falta de voluntad de lucha, la rendición psicológica de quien maneja las riendas del poder y la laxitud conformista de la sociedad que le rodea. Ni Cortés ni Lenin se habrían apoderado en un pispás de grandes imperios si Moctezuma y Nicolás II hubieran tenido el carácter necesario para defenderlos o hubieran encontrado en sus respectivos entourages la capacidad de resistencia que a ellos les faltaba.

¿Va a ocurrir eso mismo tras el órdago independentista de Artur Mas? Tanto él como su entusiasta aliado Arnaldo Otegi creen que sí porque «el Estado está débil». Desde una óptica académica ésa es también la explicación del profesor José Luis Álvarez a lo sucedido este otoño. En su artículo La ‘blitzkrieg’ de CiU, publicado en La Vanguardia sin que a nadie pareciera molestarle esa analogía triunfal con el ejército de Hitler, escribió que «CiU ha golpeado donde más duele, en la inexistencia de un proyecto de España que tenga más atracción que el soberanista o en la incapacidad de los españolistas de ofrecer un discurso moral» pese a que «al fin y al cabo la unidad puede ser presentada como moralmente superior a la separación».

La gran diferencia respecto a lo sucedido hace 35 años en aquel recinto lucense es que la España constitucional no estaba imponiendo violencia o coacción alguna sobre Cataluña. Mientras los abucheos y el ruido ensordecedor de los reventadores eran bien tangibles, los agravios del «España nos roba» y el déficit fiscal son invenciones e imposturas, deliberadamente pergeñadas para buscar la excusa de un casus belli. Falsos incidentes en el golfo de Tonkin para alimentar la escalada del victimismo y presentar como ineludible la respuesta drástica.

En cambio, el paralelismo es total entre el «arreón» de Fraga y el de Mas, tirando por la calle de en medio, tomándose la justicia por su mano, quitándose la chaqueta de las normas convencionales, dejando patente su audacia para intimidar a los de enfrente, despejando «sí o sí» el graderío de lo que no les gusta sin respetar los procedimientos legales. Ese «sí o sí» de Artur Mas es el «¡a por ellos!» de Fraga, con el agravante de haber sido pronunciado el día de la Fiesta Nacional para intentar acoquinarnos más a todos: os tengo tan poco miedo que anuncio la destrucción de España como Estado, precisamente en la fecha más simbólica para vosotros. «Audentes fortuna iuvat», que diría Terencio.

Artur Mas cree que aunque Rajoy cuenta con la superioridad numérica, no tiene ganas de combatir; y hasta ahora los hechos no le han desmentido. Mientras él ha trazado una hoja de ruta precisa que incluye el anuncio de estar dispuesto a delinquir convocando una consulta ilegal -a eso se refiere el «sí o sí»- el Gobierno se ha movido entre el autismo político del «tranquilos, que aquí no pasa nada» y el desahogo retórico del esto sería un «disparate» tan «colosal» que seguro que no pasará.

El «servidor de una misión histórica» está midiendo al registrador de la propiedad de Pontevedra a quien «la realidad impide cumplir las promesas» y hasta la fecha va en canoa, camino de una holgada victoria electoral basada en el camuflaje de la crisis bajo la descalificación perpetua de la España democrática. Salvo la fugaz pero elocuente incursión de Gallardón, es sólo Alicia Sánchez-Camacho -junto al valiente Albert Rivera- quien le da la réplica sobre el terreno.

Pero obras son amores. El Gobierno tiene la piedra de toque de su disposición a hacer frente al desafío de Mas en la reforma del Código Penal y concretamente en la reposición del artículo 506 bis que castigaba con entre tres y cinco años de prisión «a la autoridad que convocara procesos electorales o consultas populares por vía de referéndum careciendo de competencias para ello». Fue introducido por Aznar, como parte de sus pertrechos para hacer frente al plan Ibarretxe, y suprimido por Zapatero alegando que «el derecho penal se rige por los principios de intervención mínima y proporcionalidad». Pues bien, ¿es acaso «proporcional» que una iniciativa encaminada a la destrucción del Estado cuyo mero enunciado ya supone, según Rajoy, «un torpedo contra el bienestar de los ciudadanos», pueda quedar saldada con una multa de unos pocos miles de euros y un par de años de inhabilitación cuando el fulano en cuestión ya esté pensando en retirarse? Eso es todo lo que hoy por hoy podría ocurrirle a Mas en aplicación del delito de desobediencia tipificado en un artículo 410 pensado para supuestos muy diferentes a éste.

Frente a quienes alegan que no se debe legislar a merced del arrastre de los titulares, creo que la mayor virtud de la reforma del Código Penal en marcha es que ofrece respuestas congruentes con la percepción social de conductas de triste actualidad. Pero sería un sarcasmo que este esfuerzo por impregnar la labor legislativa del principio de utilidad afectara a delitos cometidos por particulares contra víctimas individuales y no a aquel que una autoridad del Estado está ya anunciando que va a perpetrar contra todos los españoles.

El Gobierno justifica su actual pasividad en la estrategia de no hacerle el juego electoral a Mas. Pero su condescendencia es tan contagiosa que sin duda contribuyó a que el Príncipe Felipe cometiera uno de los pocos errores de apreciación de su trayectoria pública al asegurar que «Cataluña no es un problema» y pedir moderación «a unos y otros». Ojalá que cuando sea rey la dinámica que Artur Mas está desatando con éxito no ponga en evidencia crisis tras crisis sus palabras ni tenga que apelar a la firmeza de los «otros» frente a la osadía de los «unos».

Fue este contexto el que propició la interpretación errónea y por ende injusta en algunos medios -incluido éste- de los comentarios que el Rey hizo a Rajoy durante los mismos actos de la Fiesta Nacional. Los elementos objetivos eran que los especialistas en lectura de labios habían captado expresiones como «le he dicho que está mal», «españolizar catalanes» o «pobre Wert» en boca de Don Juan Carlos. Además, sus gestos eran los propios de quien dirige un reproche.

Parecía que aquello era blanco y en botella, pero ésta es una de esas veces en las que las apariencias engañan. Reconstruir la verdad no ha sido fácil por el hermetismo de ambos interlocutores y sus respectivos equipos. Pero al menos dos ministros oyeron otros fragmentos de la conversación que permiten completar el puzzle. Don Juan Carlos estaba en efecto escenificando una reprimenda o, para ser más exactos, una reacción de enfado; pero se trataba del relato de la que había dirigido al conde de Godó por la contumaz apuesta de La Vanguardia por el independentismo. En ese contexto la referencia al «pobre Wert» y a sus palabras -todo lo imprecisas que se quiera, pero muy certeras en el fondo- no sólo no era de queja sino de comprensión y apoyo.

¿Qué está pasando en Cataluña para que un grande de España se afane hoy en destruir España, cuando hace sólo cuatro años hizo todo lo posible para realzar ante la opinión pública que había sido elevado al máximo rango de la nobleza por el Rey por sus teóricos servicios al Estado? Ése es uno de los enigmas del momento. Sus competidores alegan que tiene unos cuantos millones de razones anuales para hacerlo. En su entorno se alega que el periódico sirve de espejo a la realidad catalana y que «torpezas» como las de Wert o actitudes como las de «la prensa de Madrid» son las que fomentan el independentismo. Pero todos sabemos lo que es la técnica de la profecía autocumplida en los procesos de comunicación de masas. Mi respuesta es que el conde de Godó es una persona muy bien dotada genética, somática y culturalmente para darse cuenta a tiempo de si es Fraga o es Mas quien se está quitando la chaqueta. Y como él hay muchos.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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