El día en que perdimos la inocencia

Hace unos días, antes de la masacre de Noruega, hablaba con un amigo sobre cómo van de la mano la alegría de vivir y la tristeza de ver que las cosas cambian. Que incluso el futuro más luminoso jamás puede compensar del todo el hecho de que ningún camino lleva de regreso a lo que había antes. A la inocencia de la niñez. Al primer amor. A la fragancia del mes de julio; al picor de la hierba en la espalda sudorosa en el instante en que uno salta desde un acantilado y, en un segundo, se ve envuelto por las gélidas aguas de un fiordo noruego y la nariz y el paladar se llenan de sabor a sal y glaciar.

No hay camino que te lleve de regreso a los 17 años, cuando tenías 10 francos en el bolsillo y te hallabas en el puerto de Cannes, donde una mujer, su caniche y su tarjeta de crédito eran conducidos a la costa desde un yate en una barca en la que remaban dos hombres adultos vestidos con estúpidos uniformes blancos. Y entonces comprendías que la sociedad igualitaria de la que procedes es la excepción y no la regla. O permanecías boquiabierto ante un Parlamento extranjero rodeado por guardias con metralletas; una visión que te hacía sacudir la cabeza en una mezcla de desesperación y autosatisfacción.

No necesitamos semejantes cosas en el lugar del que procedo, un país donde el miedo hacia los demás no había hecho mella, un país del que uno podía marcharse durante tres meses y viajar a través de dos golpes de Estado, una hambruna, una masacre en un colegio, dos atentados, un tsunami y regresar luego a casa, leer los periódicos y descubrir que la única novedad se encontraba en los crucigramas. El país donde fuimos salvados desde un punto de vista material cuando se encontró petróleo en los años 70 y que concluyó políticamente justo después de la II Guerra Mundial. El consenso era abrumador, los debates trataban por lo general sobre el mejor método para alcanzar los objetivos en los que hay acuerdo unánime desde la derecha hasta la izquierda. Era el país que consideró más beneficioso mantenerse independiente, que escogió permanecer fuera de la UE, a la que la mayoría de países pequeños daría su brazo derecho por ser admitidos. Los debates ideológicos surgen en cuanto la realidad circundante aprieta, en cuanto el pueblo que hasta los años 70 consistía, casi sin excepción, en personas con el mismo bagaje étnico y cultural ha de decidir si sus nuevos conciudadanos pueden llevar el hiyab y construir mezquitas y cuándo enviar soldados a Afganistán y Libia. Pero la imagen que los noruegos tenían de sí mismos antes del 22 de julio era la de una doncella virgen: una naturaleza no tocada por manos humanas, una sociedad no contaminada por las enfermedades de la civilización.

Por supuesto, estoy exagerando y me limito a leer la hoja de servicios del país… Y, sin embargo, en junio, el primer ministro noruego Jens Stoltenberg, un amigo común y el abajo firmante recorríamos las calles de Oslo en bicicleta para escalar la pared de una montaña situada en un bosque, todo ello dentro de los límites de esta pequeña gran ciudad. Unos metros detrás nos seguían dos guardaespaldas, también en bici. En cuanto nos detuvimos ante un semáforo en rojo, un coche se puso al lado del primer ministro con la ventanilla bajada. Un individuo gritó: «¡Jens!». El hecho de que el pueblo noruego se dirija a la máxima autoridad nacional por su nombre de pila es una tradición propia del espíritu igualitario del que hace tiempo dejé de asombrarme.

«Hay aquí un joven al que le encantaría saludarte». Stoltenberg sonríe y da la mano al muchacho sentado en el asiento del copiloto. «Hola, soy Jens». El primer ministro lleva un casco. El muchacho tiene puesto el cinturón de seguridad. Ambos se han detenido con el semáforo en rojo. Los guardaespaldas se mantienen a adecuada distancia de nosotros y sonríen. La escena rezuma seguridad y confianza. Evidentemente, se trata de algo cotidiano en la idílica Noruega. Teníamos tal cosa por algo normal. ¿Qué podía salir mal? Llevábamos casco, cinturón y respetábamos las normas de tráfico. Por supuesto, algo podía salir mal. Siempre puede salir algo mal.

En febrero tuvo lugar en Oslo el Campeonato Mundial de Esquí. Los deportistas noruegos cumplieron y cada tarde la entrega de medallas congregaba a más de 150.000 entusiastas noruegos que lo celebraban con alegría. Un número similar de personas -de los 600.000 habitantes de Oslo- se reunieron el 25 de julio, unidas por el dolor. El contraste era tremendo, al igual que el parecido. Ambas concentraciones mostraron la casi inesperada fuerza de sentimientos de un pueblo en el que el autocontrol es una virtud nacional y mantener la cabeza fría es una expresión habitual, aunque no lo es mantener el corazón caliente. Incluso para nosotros, que sentimos una aversión automática hacia el autobombo nacional, las banderas, las palabras grandilocuentes y la euforia en medio de grandes multitudes, produce una impresión imborrable ver a la gente mostrar que, en realidad, significan algo los valores idealistas de la sociedad que hemos heredado y que, poco a poco, hemos dado por supuesta. Sí, son sólo actos simbólicos que apenas cuestan nada a las personas, pero no son actos mudos. Dicen que no permitiremos que nos arrebaten la seguridad y la confianza. Que no perderemos la batalla contra el miedo. La voluntad está ahí. Y, sin embargo, no hay camino de regreso a lo que había antes.

Ayer oí en el tren a un hombre que gritaba de rabia. Antes del 22 de julio mi reacción automática hubiera sido girarme, tal vez acercarme un poco más. Quizá se tratase de un interesante desacuerdo ante el cual posicionarme tras una valoración imparcial de los argumentos. O, aún mejor, una mujer a la que yo o algún otro pasajero podría defender. Pero ahora mi reacción automática fue mirar a mi hija, comprobar si estaba segura y, tal vez, valorar sus posibilidades de huida. Es de esperar que esta nueva reacción automática mía encuentre motivos para debilitarse con el tiempo. Pero sé que nunca jamás se irá del todo. La fecha del 22 de julio se repetirá cada año y para los noruegos será siempre un recuerdo de que nada puede darse por supuesto, a pesar de los cascos y los cinturones de seguridad.

Después de que explotase la bomba (el estruendo pudo sentirse claramente donde vivo) y de que comenzaran a aparecer las noticias sobre los tiroteos en Utoya, le pregunté a mi hija si tenía miedo. Me respondió citando algo que le dije a ella en una ocasión: «Sí, pero si no se tiene miedo, no se puede ser valiente».

Así que si no hay un camino de regreso a lo que había antes, a la absoluta, inconsciente e ingenua temeridad de lo virginal, hay al menos un camino hacia delante: ser valiente. Continuar como antes. Poner la otra mejilla mientras preguntamos: «¿Eso es todo lo que sabes hacer?». Negarse a dejar que el miedo establezca las premisas con las que continuar construyendo nuestra sociedad.

Jo Nesbø, escritor, autor de novelas como Petirrojo, Némesis o La estrella del diablo, editadas por RBA. Traducción del noruego: Mariano González Campo. Todos los beneficios derivados de este artículo irán destinados a la Harry Hole Foundation.

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