‘El dia més negre i més gloriós’

No repetiré lo del «vaso de agua clara» de Pemán, ni lo de las «perlas sueltas de una canción de Petrarca» de Castelar -bueno, ya lo he hecho-, pero cuanto más leo en catalán, y el debate sobre el 11-S y el 9-N ha sido este verano un estímulo constante, más me doy cuenta de su precisión y musicalidad, más pienso: cómo me gustaría hablarlo. Y no sólo por recuperar una parte de mi Rosebud -a mis abuelos maternos sigo escuchándolos sólo en catalán-, sino por tomar mi asiento en una mesa que debería ser de todos los españoles. En lo único en que doy la razón a los nacionalistas en materia educativa es cuando se quejan de que en la enseñanza pública no hay oferta de catalán en el resto de España.

Ya que no está en mis manos otra cosa, permítanme invitarles a compartir algunos sorbos de ese manantial mediante un comentario de textos. No les decepcionará porque he elegido el relato de las horas decisivas de la heroica resistencia de la Barcelona austracista, una vez abierta la brecha en la muralla por la vanguardia borbónica. Comandada, por cierto, por coroneles catalanes como Ramón Descatllar, Ramón Reart o Feliu Marimon.

El dia més negre i més gloriós¿Por qué los defensores de la ciudad optaron por algo tan español como el numantinismo después de que el general Villarroel hubiera presentado su dimisión y de que el propio Conseller en Cap, Rafael Casanova, herido leve en un muslo, se hubiera inclinado por la capitulación? ¿Por qué tuvieron que morir miles de personas en unas horas -«Las calles manaban sangre», describió in situ el marqués de San Felipe- cuando la máxima autoridad militar y la máxima autoridad política habían llegado la semana anterior a la conclusión de que la derrota era «només qüestió de dies»?

He aquí una primera respuesta: «Cal dir que entre les classes populars es creu fermament que, en el moment de màxim perill, Santa Eulàlia o la mateixa Verge Maria defensaran la ciutat acompanyades de milers d’àngels. Fins i tot, alguns arriben a afirmar que han vist creus de foc al cel, premonició inequívoca de l’arribada d’un exèrcit celestial».

Puede que no comprendan cada palabra pero el sentido es inequívoco. El legendario gesto de sacar a la calle el estandarte de la milicia urbana llamada La Coronela, con la efigie de la patrona, pretendía provocar un efecto llamada sobre ese «ejército celestial» que sobrevolaba la ciudad en sus «cruces de fuego», presto a lanzar con los paracaídas de sus alas a los «miles de ángeles» que habrían de taponar las brechas abiertas por los zapadores del duque de Berwick entre el Baluard del Portal Nou y el de Santa Clara.

El pueblo así lo esperaba: «Les esglésies estan plenes a vessar tant de refugiats com de dones, vells i nens que preguen en demanda del miracle salvador. Val a dir que dins la mateixa ciutat, entre una gran part de la població, s’ha estès una autèntica onada de fanatisme pseudorreligiós que alimenta aquestes idees amb l’objectiu de mantenir la moral de combat».

Seguro que cuando, gracias a alguno de esos retuits que multiplican exponencialmente mis lectores cada domingo, llegue este texto a ojos independentistas comenzarán las imprecaciones contra el historiador botifler y fill de puta que haya sido capaz de ridiculizar a los defensores de las seculares libertades catalanas, encaramándolos a esa «auténtica ola de fanatismo religioso» alimentada desde «iglesias llenas a rebosar» para que no decayera su «moral de combate». A más de uno tal vez le dé un síncope cuando se entere de que el firmante de este texto es el profesor Oriol Junqueras, máximo instigador ahora de un nuevo suicidio catalán, equivalente al que inscribió en esa aura de superstición, manipulación y atraso.

En una de sus contribuciones a la obra Catalunya durant la Guerra de Successió, magníficamente editada por Ara Llibres, Junqueras sostiene que el 11 de septiembre «com en altres moments de la guerra, s’imposa la rauxa i la desesperança». Y tal vez por eso -no hay nada como el «arrebato», tan opuesto al seny, para cultivar la épica de la derrota- concluye que fue «el dia més negre i més gloriós de la nostra història».

El primer problema para esta exaltación, orientada al separatismo, es que solo unas páginas más adelante encontramos el texto de la última crida o llamamiento a la resistencia del Govern, alegando en primer lugar que en Barcelona «avui resideix la llibertat de tot el Principat i de tota Espanya», advirtiendo luego del riesgo de quedar «esclaus amb els altres enganyats espanyols» e instando finalmente a los defensores a morir «per son Rei, per son honor, per la pàtria i per la llibertat de tota Espanya». Es decir que hasta los catalanes más radicales del momento creían luchar por la «libertad de toda España» -nadie dice «toda» sin sentirse parte-, para evitar convertirse «junto a los demás españoles engañados» -nadie habla de los «demás» si no se considera uno de ellos- en «esclavos» del yugo francés.

Esta era la mentalidad del principal intelectual austracista Narcís Feliu de la Penya a quien Jordi Pujol tomaba siempre como referencia en tanto que «representant d’una Catalunya que se sent bastant forta per contribuir al projecte espanyol». Hasta tal punto le concedía autoridad moral sobre el catalanismo histórico que en 2011 concedió una entrevista a la Revista del Centre d’Estudis Jordi Pujol para romper con sus tesis: «Ara mateix no tinc propostes alternatives a la independència». A la vista de lo que hoy sabemos, está claro que Pujol se sentía ya más cerca de Salvador Feliu de la Penya -pariente lejano de Narcís- que, como número dos de Casanova, instó a verter hasta la última gota de sangre barcelonesa para evitar que se descubrieran las pruebas de su lucro corrupto con los suministros para la defensa.

El segundo problema de la mitificación del 11-S como apoteosis de la lucha de Cataluña contra España es que, como explica Maria Antònia Martí Escayol en esa misma obra, la riada de barceloneses partidarios del bando borbónico que se refugiaron en Mataró demuestra que «després de l’evacuació imperial la població catalana s’havia dividit», hasta el extremo de que eso «permet interpretar la Guerra de Successió com una guerra civil catalana».

Eso es lo que fue: una guerra civil catalana en el seno de una guerra civil española y de una contienda europea para dirimir un pleito dinástico entre las élites del poder. Y permítaseme recurrir ahora a la otra lengua propia de Cataluña para reproducir la interpretación del eximio Antonio de Capmany: «Estaba la nación dividida en dos partidos, como eran dos los rivales, pero ninguno de ellos era infiel a la nación en general ni enemigo de la patria. Se llamaban unos a otros traidores y rebeldes, sin serlo en realidad ninguno pues todos eran y querían ser españoles».

Es cierto que cada bando proponía, más por conveniencia que por convicción, una manera diferente de organizar y gobernar España: mientras el archiduque Carlos propugnaba la continuidad de la «Monarquía compuesta» -en realidad fragmentada e inconexa- que tan ineficiente se había mostrado en tiempos de los Austrias menores, Felipe V, bien aconsejado por algunos arbitristas que le acompañaron desde Francia, proponía solventar el atraso de España que tanto escandalizaba a Europa, eliminando barreras, creando un mercado interior conectado con el comercio americano y fomentando lo que hoy llamaríamos «sinergias» entre las distintas partes del Reino.

La burda manipulación de la Historia a la que catalanes y españoles todos estamos siendo sometidos con dinero público y desde instituciones públicas ha engendrado una doble paradoja con ribetes grotescos. Por un lado vemos esgrimir ese añejo estandarte de Santa Eulalia como bandera separatista frente a un Estado de las Autonomías que, por desgracia, se parece bastante en su concepción compartimentada, onerosa y disfuncional a la España que prometía conservar aquel príncipe al que tantos barceloneses consideraron su Rey, antes y después de que les dejara en la estacada por el trono imperial de Viena.

Por otra parte, y esto es lo que clama al cielo de la verdad histórica, asistimos a la invención de un itinerario victimista de tres siglos de subyugación y encadenamiento a partir de decisiones que, al margen de cual fuera su motivación y efecto inmediato en el orgullo de los catalanes, constituyeron enseguida la palanca de su prosperidad y despegue relativo del resto de España. El tan detestado Decreto de Nueva Planta y las normas unificadoras subsiguientes abrieron en la práctica el resto de la Península y el continente americano a los productos catalanes, rompiendo así el monopolio de Castilla justo cuando el centro de gravedad del mundo occidental se había desplazado del Mediterráneo al Atlántico.

Esa imaginaria derrota frente a España permitió el «desescombro del viejo régimen», «libró a los catalanes de las paralizadoras trabas» y -atención, todo esto lo dice Jaume Vicens Vives- les permitió acceder a «una concepción europea de la vida». Por eso alega Julián Marías -es de justicia citarlo en su centenario- que «en Europa está España y dentro de ella Cataluña». Ni la señora Merkel, ni Hollande, ni mucho menos Manuel Valls podrían percibirlo de otra manera. En realidad «nada hay más anticatalán -prosigue el discípulo de Ortega- que el intento de despojar a Cataluña de sus raíces».

En su Viaje de España el abate Ponz asume ya en 1788 que Barcelona es «la única ciudad que manifiesta de lejos su grandeza» mientras que «desde media legua de distancia nadie creería que Madrid fuera un gran pueblo». Luego describe una «ciudad rica y comerciante» que ha pasado de las «solas treinta y siete mil almas de 1715» a las «ciento once mil cuatrocientas diez» del momento. Gracias a sus fábricas textiles Cataluña empezaba a ser lo que Pierre Vilar describiría como «una pequeña Inglaterra dentro de España». Pronto sus comerciantes e industriales -hoy diríamos «emprendedores»- extendían por toda la Península un nuevo espíritu mercantil. Se estaba consumando lo que Lluch bautizó como la «venganza catalana». Algo que Rafael Dobado detalla en la cover de este mes de La Aventura de la Historia, dedicada a «la derrota que enriqueció a Cataluña».

Y si después de leer todo lo antedicho a alguien le quedan dudas de hasta qué punto el relato separatista no es sino un castell de pequeñas mentiras a hombros de mentiras enormes, le emplazo a acompañarnos durante la Jornada para la Historia que nuestra revista celebrará el próximo jueves en el Club Siglo XXI. Estoy convencido de que quienes asistan a ese seminario dirigido por Ricardo García Cárcel y en el que intervendrán especialistas de la talla de Juan Francisco Fuentes, Jordi Canal o las académicas Carmen Sanz y Carmen Iglesias -atención a su conferencia de clausura- se darán cuenta de que lo verdaderamente «negro» de aquel 11 de septiembre de 1714 fue la fanática ceguera de quienes manipularon la ignorancia de los barceloneses, arrastrándolos a la muerte; y lo único «glorioso» lo que, en términos generales, le ha venido sucediendo desde entonces a Cataluña.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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