El día que mataron a Ignacio Ellacuría

Jamás olvidaré aquella llamada. Pasaban unos minutos de las ocho y yo acababa de llegar a la delegación de la Agencia Efe de San Salvador, con una periodista salvadoreña, para encender el generador y empezar el día. Había salido del hotel poco antes, al terminar el toque de queda. Llamó el padre Pedraz y dijo, escuetamente: «Están todos muertos». Se refería, sin duda alguna, a los jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA) con quienes vivía y trabajaba. Me quedé atónito, pero el reflejo de un oficio que llevaba dos años paseando por Centroamérica me llevó a preguntar por nombres y pedir detalles. Se cortó la comunicación. No sabíamos qué hacer. La muchacha, que conocía bien a Pedraz, me dijo: «Espera, volverá a llamar». Así fue. Y nos explicó que habían asesinado al padre Ellacuría y a otros cinco jesuitas. Y también a Elba y Celina, añadió. La asistente y su hija. Era el 16 de noviembre de 1989. La guerrilla del Frente Farabundo Martí llevaba cinco días ocupando barrios populares de la capital y los militares querían dar un escarmiento. Pedraz nos dio tantos detalles y tan escabrosos que no había duda alguna y dimos la noticia al mundo. La periodista se quedó y yo salí pitando para la UCA.

Lo cuento ahora porque no lo he contado nunca, más allá de las decenas de despachos de agencia que hicimos aquellos días, y porque toca. Han pasado 27 años y no todos los culpables de aquella masacre están en la cárcel. Pero ahora, una magistrada norteamericana ha aceptado extraditar a España a uno de los coroneles implicados. A petición del juez Eloy Velasco, uno de estos nombres que permiten creer en la justicia. Y casi en los milagros. Ahí va mi relato.

Por circunstancias de la vida, el 13 de noviembre compartí vuelo de España a Miami con Ellacuría. Él había venido a Barcelona a recoger un premio de la Fundación Comín y yo para cosas de la agencia Efe. Sabíamos que la guerrilla había lanzado una ofensiva, pero él seguía optimista. Como siempre. En el avión le hice una larga entrevista en la que se manifestaba a favor de dialogar con el presidente Cristiani, un latifundista que también había estudiado con los jesuitas y que tenía a Estados Unidos a su lado y a la guerrilla enfrente. Ante mi escepticismo, insistió una y otra vez. Y se desgañitó argumentando que no veía contradicción alguna entre el diálogo y la teología de la liberación. Cuando llegamos a Miami, las pantallas del aeropuerto daban cuenta de la batalla de San Salvador. Más de mil guerrilleros contra el Ejército. Él salió enseguida para allá y yo llegué un día más tarde, después de pasar por Panamá.

Fui uno de los últimos en verle vivo y uno de los primeros en verle muerto. Tumbado boca abajo en el jardín de la UCA, junto a los otros jesuitas. La universidad parecía un campo de batalla. Les habían ejecutado con un tiro en la cabeza, pero dispararon contra los edificios con fusiles de asalto, ametralladoras, cohetes y granadas. Todo para simular un ataque de la guerrilla. O quizá porque la guerra es así, y cuando a unos soldados les dan una orden como esta enloquecen y disparan por doquier. Entré en las oficinas y las dependencias. No quedaba una pared sin balazos. Era un paisaje apocalíptico. Nunca olvidaré la habitación donde me dijeron que habían matado a la asistente.

Por Radio Cuscatlán, la emisora de los militares, insistían en echar las culpas a la guerrilla. Pero la periodista me dijo que el día antes un energúmeno había pedido cortarle la cabeza a Ellacuría desde la misma emisora. Yo trabajaba en una zona que era entonces un polvorín. Con dictaduras y guerras en El Salvador, pero también en Nicaragua, en Honduras y en Guatemala, y solo faltaba un mes para la invasión de Panamá. Pero aquello fue otra cosa. Un crimen ejecutado con un ritual de violencia que quería ser ejemplarizante. Una venganza de los militares que era, en el fondo, un reconocimiento de su debilidad. El entierro fue un acto de reparación moral, pero la justicia tardó años en identificar culpables. Acudió Cristiani y me acordé de la entrevista. También estaba, por cierto, el embajador de España. Me dijo que se aburría porque no había «una sola tía buena». ¡Durante el funeral! Joaquim Ibarz lo oyó y lo contó. Tardaron mucho en cambiarle. Demasiado.

Han pasado 27 años. El Salvador es hoy una democracia con problemas ingentes. Pero un guerrillero que estuvo en aquella guerra que duró 12 años y costó 75.000 vidas ha llegado a la presidencia del país. Por las urnas y no por las armas. Todavía andan sueltos algunos de los que ejecutaron el crimen y muchos de sus inductores. Para quienes dudan de la eficacia de la llamada justicia universal, este caso bien podría justificar su existencia. A todos los que estábamos allí -menos, quizá, a aquel embajador desubicado- nos gustaría que fuera así.

Andreu Claret, periodista.

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