El diferencial de inflación

Se nos acusa con frecuencia a los economistas de preocuparnos de los grandes números, de la macro, y de olvidarnos de la gente corriente. Quizás por eso, estamos mostrando últimamente con gran encomio profesional, un ejemplar propósito de enmienda y nos afanamos en discutir y relativizar hasta el propio concepto de producto interior bruto. Buscamos afanosamente mediciones alternativas del devenir económico, con el argumento brutalmente cargado de ideología de que crecimiento y mérito son valores obsoletos, poco diversos y nada inclusivos. En esa búsqueda infantil de popularidad y aceptación social, algunos olvidan torticeramente que sin crecimiento todo es lucha por la distribución y que la única manera de mejorar es arrancarle algo a los demás. Si necesitan un ejemplo concreto,  piensen en el sistema de financiación autonómica. Se castigan las políticas fiscales que han demostrado favorecer el crecimiento y se alimenta la confrontación regional mediante fórmulas de reparto ad hoc que den soporte analítico al viejo adagio, «lo mío es mío, y lo tuyo a medias».

Crece así en la opinión pública debidamente intoxicada una nueva realidad, las luchas identitarias como sustitutivas de la más tradicional lucha de clases. La pertenencia a un grupo como mecanismo de progreso y ascenso social, el sectarismo como modelo de reparto y bienestar. Desde esta perspectiva posmoderna, la inflación es solo una manifestación más de la lucha de clases. Preocuparse por ella es profundamente reaccionario, elitista. Porque la inflación es un impuesto extraordinariamente eficaz y con escaso coste político a corto plazo, para transferir rentas desde los que ahorran, que en el imaginario colectivo son siempre los ricos, a los que se endeudan, que suelen ser los más necesitados; desde las personas mayores que ven erosionada la capacidad adquisitiva de sus pensiones y sus ahorros, a los más jóvenes, que ven licuada la carga de la deuda de las generaciones anteriores.

Quizá sea por esa obsesión milenarista con una nueva sociedad pospandemia en la que ya nada va a ser igual, por lo que los economistas solo hemos empezado a preocuparnos por la inflación cuando nos ha estallado la calle. Cuando se amontonan evidencias y lamentos de subida de precios (energía, materias primas, construcción, alimentación, restauración, ocio, etc.) y cuando los responsables empresariales nos avisan de que habrá inevitablemente más. Cuando los mercados financieros, lenta pero consistentemente han girado el rumbo, comenzado a subir los tipos de interés de largo plazo, apuntar la curva de rendimientos y avisar de que ha llegado la hora de proteger el valor de nuestros activos y pensar en la capacidad de mantener el poder adquisitivo de nuestras rentas.

Porque el mundo habrá cambiado mucho, pero como vuelva la inflación sostenida y se quede anclada en las expectativas de los agentes económicos y sociales, tenemos un problema. Pero los españoles más, recordemos nuestra fracasada historia en dominar las subidas de precios, que en momentos recientes hizo peligrar la Transición. Hasta que acordamos externalizar la política monetaria a Europa, es decir al Bundesbank, que no otra cosa era la unión monetaria en su diseño original, luego afortunadamente completado. Una unión monetaria que condujo a una unión bancaria aún sin terminar y que aún discute sobre el nivel necesario de unión fiscal. Pero una unión monetaria, que nadie se olvide, que tiene su fundamento, su legitimidad, en el control de la inflación, en la estabilidad de precios.

Con los datos encima de la mesa (inflación en septiembre, España, 4%; Alemania, 4,1%; Estados Unidos, 5,3%) sería lógico pensar en un otoño caliente, en un enrarecimiento del clima económico, en un creciente malestar social. A los conocidos problemas de escasez y precio de la energía, se podría añadir el desabastecimiento de algunas mercancías. Ya tenemos constancia de retardos inusuales en la entrega de pedidos en la industria del automóvil, electrodomésticos y material de construcción por problema en las cadenas de suministro global que están resultando mucho más difíciles de restablecer tras el Covid de lo que se preveía. La puntilla sería una inflación sostenida en esos niveles del 4% que tensione la negociación colectiva y prolongue en el tiempo las tensiones inflacionistas, que dispare la conocida espiral salarios precios a la que el Gobierno parece contribuir irresponsablemente con la indexación automática de las pensiones a la inflación pasada.

Una política populista que contradice frontalmente el argumento de las autoridades europeas y de los bancos centrales. Repiten autoridades monetarias y políticas con insistencia, aunque bien es cierto que cada vez con más subjuntivos y oraciones subordinadas, que estamos ante una inflación meramente temporal, si bien puede durar hasta bien entrado el tercer trimestre del año que viene. El argumento central es bien conocido; se trata de un fuerte repunte, previsible y deseable, del consumo privado al levantarse las restricciones físicas y mentales a la demanda producidas por el confinamiento; un apetito pasajero que no altera en lo sustancial las fuertes tendencias estructurales a la deflación, consecuencia de la globalización, la revolución digital y el envejecimiento de la población. Nada pues de que preocuparse, todavía.

Aluden en defensa de su inacción que las expectativas de inflación están controladas pero que permanecen vigilantes ante cualquier cambio en el horizonte. Y comentan ‘sottovoce’, que a lo mejor es deseable una pequeña sorpresa inflacionista para que Europa salga de la trampa de la deflación. No sé Europa, o mejor, tengo mi opinión pero es motivo de otro debate. Pero no tengo duda que el peligro deflacionista es ajeno a la realidad española. ¿De verdad que el peligro es la deflación con un déficit público estructural anclado en el 5% del PIB y con un Estado fiscalmente compuesto que hace muy difícil su control; con una mayoría política construida a golpe de cesiones territoriales y gasto público; con una Seguridad Social que es una máquina de crear déficit y donde se han derogado irresponsablemente las escasas barreras de contención existentes, el factor de sostenibilidad y el índice ad hoc de revalorización; con un Plan de Recuperación y Resiliencia convertido en una máquina electoral y clientelar que ha renunciado a toda ambición reformista que aumente el crecimiento potencial; con un mercado de trabajo rígido e ineficiente en el que proliferan las vacantes sin cubrir con tasas de paro del 15%? La crisis financiera de 2010 nos educó a los españoles en el diferencial de tipos de interés con Alemania. Me temo que la salida de esta terrible pandemia va a ser mucho menos original y nos va a devolver a nuestra histórica preocupación por el diferencial de inflación. Eso nos está diciendo a gritos la calle.

Fernando Fernández Méndez de Andés es profesor de IE University.

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