El difícil encaje de Cataluña

Se contaba en tiempos de Franco que un periodista norteamericano preguntó al dictador si no resultaba difícil gobernar España, un país cuya historia reciente era tan turbulenta. El Caudillo contestó: “No, qué va. Es muy sencillo. En mi mesa tengo dos bandejas, una titulada Asuntos que el tiempo resolverá, la otra titulada Asuntos que el tiempo ha resuelto. Yo me limito, simplemente, a pasar los expedientes de la primera a la segunda”. Quizá este sistema de gobierno obedezca a una idiosincrasia galaica, porque nuestro actual presidente parece seguir al pie de la letra las prescripciones gubernativas de su predecesor ferrolano. Y el caso es que a ninguno de los dos parece haberles dado mal resultado este conservadurismo taimado y reservón: Franco murió en la cama y Rajoy parece tener cuerda para rato. Y, en cierto modo, este último tiene más mérito porque, aunque de él puedan decirse muchas cosas, un dictador no es.

En pocos asuntos ha hecho Rajoy tanta gala de esta sangre de horchata céltica como en el espinosísimo tema de Cataluña. Desde que hace más de cinco años se negó a conceder al entonces molt honorable Artur Mas su absurda petición de que se concediera a Cataluña un tratamiento fiscal similar a los que disfrutan el País Vasco y Navarra, Rajoy ha contemplado el paso de Convergència desde posiciones autonomistas a proclamaciones separatistas, y la utilización del referéndum unilateral como gran baza propagandística del separatismo, con hierática impavidez.

La pretensión de Mas era absurda por varias razones. La principal, que los irritantes privilegios fiscales del País Vasco y Navarra, por desgracia reconocidos en la vigente Constitución, son un lujo que España puede permitir a estos territorios en virtud de su relativamente leve peso demográfico: ambas comunidades forales sumadas no llegan a los tres millones de habitantes. Cataluña sola tiene unos 7,5 millones. Ya es una carga pesada e injusta para el resto de España mantener los privilegios fiscales navarros y vascos; concedérselos a Cataluña sería, sencillamente, insoportable. Una cosa es subvencionar a 2,8 millones y otra mucho más grave hacerlo a más de 10. Pero es que, además, hay un argumento histórico, de esos que tanto les gustan a los separatistas, que milita en contra de aquellas pretensiones de Mas. Cataluña fue también territorio foral hasta el siglo XVIII, pero renunció implícitamente a este privilegio al sublevarse contra su rey legítimo, Felipe V, en la tan traída y llevada (sobre todo por los separatistas) Guerra de Sucesión. En aquella ocasión cometieron los rebeldes no sólo un delito de traición, sino además una soberana estupidez, porque se levantaron alegando que Felipe V quería quitarles sus privilegios; y al rebelarse le dieron motivo legítimo para hacerlo. El País Vasco y Navarra, en cambio, que permanecieron fieles al rey, conservaron sus fueros. Esa es la justificación histórica de que los conserven hoy, aunque a muchos nos perezcan unas antiguallas medievales e inicuas. Por último, y a pesar de la falta de base histórica, y de su enorme coste, cuando se debatía la Constitución se mencionó la posibilidad de extender a Cataluña el sistema del cupo vasco, pero Jordi Pujol la descartó temiendo que la recaudación de impuestos por la Generalitat hiciera a esta institución impopular entre la población catalana. Fue una suerte para el conjunto de los españoles, pero 34 años más tarde Mas, acuciado por las deudas, quiso rectificar la negativa de su antecesor y pretendió que se le concediera a él lo que Pujol antes rechazó.

Desde entonces, a la frenética actividad de los nacionalistas convertidos en separatistas Rajoy ha respondido con notable impavidez. Y no cabe duda de que un cierto resultado obtiene de su impasibilidad, porque los separatistas van dando muestras crecientes de nerviosismo y de precipitación, manifiestamente turbados ante el cariz amenazador del hieratismo de Rajoy. Se comportan como el niño malo que acumula barrabasadas y prefiere la certidumbre del castigo (que puede dar lugar a una llantina victimista) al silencio ominoso que quizá presagie penas severísimas y desconocidas. No hay más que ver cómo se han metido Puigdemont y compañía en un laberinto del que no saben cómo salir y del que están deseando que Rajoy les saque con alguna intervención drástica que les exonere de responsabilidades y alimente el victimismo.

¿Qué ocurrirá el primero de octubre, día del anunciado y problemático referéndum? Si poco más de mes y medio antes vemos la creciente división en las filas separatistas, las remodelaciones in extremis del Gobierno de la Generalitat, las descaradas amenazas chantajistas a la prensa adicta, las deserciones y desmentidos, y la aparente falta de medios para llevar a cabo las votaciones, parece que lo que tenga lugar ese día será, todo lo más, un grotesco simulacro a la venezolana que permita a los actuales gobernantes de Cataluña proclamar una victoria ante sus fieles y, sobre todo, ante sus estrambóticos apoyos parlamentarios, los 10 diputados de la CUP, esa mezcla pirenaica de comunismo y carlismo.

Lo que es indudable es que, si alguien acude a votar, ese voto será mayoritariamente separatista, como ya ocurrió el 9 de noviembre de 2014, en que el 80% del 36% que votó lo hizo más o menos por la independencia. Pero claro, el 80% del 36% viene a ser el 29% del censo electoral, de modo que, de haber tenido algún valor aquel butifarréndum, hubiera sido el demostrar que los separatistas eran mucho menos de un tercio de los catalanes. Pero los organizadores proclamaron victoria con el apoyo del 80% de los votantes. Y algo parecido puede volver a ocurrir el primero de octubre. La confusión puede ser aún mayor porque haya división, incluso entre los separatistas, acerca de si un segundo butifarréndum con tan magro resultado puede servir de base para una proclamación unilateral de independencia. Ningún país, y menos la Unión Europea, reconocería tamaña farsa.

¿Estaríamos así finalmente ante la victoria a los puntos de la política impasible de Rajoy, al dejar que sus enemigos se cuezan en su propia salsa y fabriquen ellos mismos la cuerda con que ahorcarse? Por desgracia, no. El Gobierno español habría ganado una batalla parcial y momentánea, pero las huestes separatistas al poco tiempo restañarían sus heridas y estarían en disposición de reagruparse y volver a la carga. Y ello por una razón muy clara: en Cataluña pervive un sustrato separatista en la población que seguirá dando su apoyo a las sucesivas intentonas de la Generalitat; y este sustrato, no mayoritario pero sustancial, se mantiene y se seguirá manteniendo mientras los medios de difusión y, sobre todo, el sistema educativo, estén al servicio del ideario separatista, como lo están desde que Pujol ganó las elecciones en 1980.

El sesgo antiespañol en la educación catalana ha sido mostrado en varios libros (entre otros Cataluña en España, del que me honra ser coautor) y denunciado con un cierto reflejo mediático por un sindicato de enseñantes catalanes (AMES, Acció per la Millora de l’Ensenyament Secondari), de cuyo informe se hizo eco EL MUNDO el pasado 17 de mayo. Ésta es la raíz del problema catalán, el adoctrinamiento diario de sus niños y de sus adultos a través de la escuela y los medios. La educación pública catalana es la célula madre del separatismo. Ante la dificultad de resolver este problema, el verdadero problema catalán, los políticos procuran mirar para otro lado u ofrecer soluciones ficticias: el ridículo “plurinacionalismo” que trata de vendernos el PSOE de Pedro Sánchez o el echar balones fuera, como hizo el ministro de Educación al ser interpelado en las Cortes cuando salió a la luz en Informe AMES. O tratar de tapar la boca a los separatistas con carretadas de dinero. Mientras esta situación subsista no habrá encaje de Cataluña en España, ni esperando que con el tiempo el problema se resuelva por sí solo, ni haciendo encaje de bolillos.

Gabriel Tortella es economista e historiador y coautor, con J. L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga de Cataluña en España. Historia y mito.

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