El difícil manejo del dinero

Los ahorradores viven tiempos difíciles. A los bancos les cobran por dejar sus depósitos en el Banco Central Europeo, y a ellos, pronto, se los podrían cobrar también. La reciente decisión de Draghi, su presidente, de poner el dinero al 0,05% ha provocado un desasosiego generalizado.

Con este movimiento pretendía, entre otras cosas, conducir al doliente ahorrador desde el mundo cutre de los depósitos hacia el sofisticado de la bolsa, para reactivar la economía. Pero lo que es bueno para la economía quizá no lo sea para usted. De aquí que, cuando vaya a hablar con su banco de siempre, ha de armarse de cierta incredulidad. Dudar viene de duo, o sea, no fiarse del otro, en este caso del banco.

El difícil manejo del dineroA don José, jubilado, con una carrera de magisterio a sus espaldas, un probo bancario le asesora sobre qué hacer con su dinero. De la conversación que mantienen nos interesa lo siguiente:

—Mire, don José: los ahorros que hasta hace poco producían el 2%, ahora dan el 0,7% en imposiciones a un año. Ahora bien, si usted quiere más rentabilidad…

Y sí, don José, con ojos chisposos, pobre, contesta que quiere más rentabilidad. Entonces el empleado le saca un «producto estructurado» que recuerda al del juego de los trileros, seduciéndolo con tres valores indiscutibles: Telefónica, Inditex e Iberdrola; y le informa de que, si en el plazo de un año los tres suben un razonable porcentaje, a don José le darán un 3%. Y si uno falla, solo un 0,25.

—¡Pero cómo van a fallar, don José, esos tres valores del Ibex tan seguros! –argumenta el bancario, abrumado por su propia elocuencia.

Si don José vacila y le cree, perderá, en la mayoría de los casos, el 0,7% que ya tenía asegurado. Y lo curioso –uno quiere pensar– es que el empleado no ha ido a engañarle (aunque, jugando con dos valores en vez de con tres, el banco hubiera demostrado buena fe en mayor medida). La realidad es que no solo el bancario asesor desconocía los intríngulis de la operación, sino que el mismo banco compraba el estructurado a otro banco y que el dinero de don José terminaba en el proceloso mercado de futuros. Como vemos, la esencia de la persuasión no ha cambiado: utilizan las necesidades de don José en su contra, presionándolo con solo unas horas para decidirse, en beneficio del que creó el producto, que lo rumió durante meses y que, claro, lo ideó para no perder. De aquí que el banco luego no tiene razones, solo tiene pretextos.

Viendo esta escena, recuerdo la divertida anécdota de aquel jugador de póquer que aconsejaba: «Lo primero que hay que hacer cuando uno se sienta en la mesa es mirar a los otros parroquianos e identificar con un golpe de vista quién va a ser “el pichón”, y si después de un rato no lo tiene claro, levántese corriendo porque el “pichón” es usted». La realidad para el ahorrador tiene menos gracia, pero es igual de fidedigna a todos los niveles. El capital riesgo, la quintaesencia del buen inversor, buscaba que sus adquisiciones fueran financiadas por los bancos, porque ellos, de riesgo, solo querían tener el nombre. ¿Eran los bancos los «pichones»? Lo parecían… pero no. Los bancos asumían esos riesgos con buenos ingresos junto a otros bancos de menor identidad, con quienes apenas compartían esas jugosas comisiones y sí muchos de sus riesgos. Esos bancos de segunda fila hacían lo mismo con otros hasta que aparecía el «pagano» definitivo: una Caja de Ahorros, que se llevaba todo el riesgo y, a la postre, ningún beneficio; pero que se moría por sindicar la financiación con un gigante de la banca francesa, soñando, como en el final de «Casablanca», con el «principio de una gran amistad». Al frente de la Caja, un político que no sabía de negocios, que se creía Rockefeller porque disponía de una Visa oro y que cuidaba de los ahorros de don José.

Puestas así las cosas, ¿de quién se puede fiar uno? Dice Warren Buffett que a nuestro mejor asesor financiero lo vemos todos los días en el espejo. Me permito añadir que esto podría ser así si miramos con escepticismo y actuamos con concentración. Pero el escepticismo tiene sus límites, y de exagerarse conduce a la paranoia. Así, que sea la concentración la clave más importante en el buen manejo del dinero. No exige conocimientos, pero sí disciplina. Precisa una pausa atenta y reflexiva y, en los momentos decisorios, exige consideración sobre nuestra edad y salud.

Si la rentabilidad no ofrece una salida para los años que se podrían vivir, como bien pudiera ocurrir a partir de ahora, una opción es «comerse» el capital y que los hijos espabilen. No es una mala alternativa si tenemos presente que algunos que iban de entendidos se han arruinado por buscar un dos por ciento extra de provecho. Ahora bien, si insiste en la rentabilidad, siempre la encontrará en valores o fondos en función de lo que pueda arriesgar. Pero recuerde que en tiempos sin inflación, como los de ahora, no es necesario ir a acertar, el éxito tal vez estribe en no equivocarse. O sea: ¿este riesgo que asumo me puede dañar o me puede arruinar? Claro, si le puede arruinar no lo considere: el 50% de probabilidades del «todo al rojo» tiene más posibilidades de cumplirse en la ruleta que en la bolsa, o en un proyecto empresarial en el que está el marketing de por medio manipulándolo todo. Si, por el contrario, solo le es molesto, habrá aun así que mitigar esos daños, empeñándose en hacer las cosas correctas: acaso fondos prudentes o bonos de grandes empresas por los que interesarse con cautela porque las que ofrezcan mayor rentabilidad tendrán menor calificación crediticia.

Cuando al final se decida, no se deje halagar por su banco aceptando que lo catalogue en el contrato como «inversor con conocimientos financieros». Con ello solo buscan reducir su responsabilidad si luego hacen las cosas mal y el llamado «fondo prudente» no lo era. En el manejo del dinero la clave de la concentración pasa por que seamos nosotros los que mantengamos la iniciativa de comprar, nunca por que sean otros los que nos vendan. El «si yo fuera usted», que escuchará a menudo en el banco, debería estar proscrito: nadie será nunca usted. No olvide que el lema del codicioso es que el ahorrador siempre puede sufrir más. Ejercite por ello su derecho a defenderse como dueño que es del dinero y haga lo que le dé la gana. Y recuerde como parte vital del trato que, si le atosigan exigiéndole una respuesta rápida, la contestación ha de ser siempre: no.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *