El difícil puente entre Occidente y el islam

Por Javier Elzo, catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto (EL PERIODICO, 06/11/03):

En un coloquio, organizado por el Centro Al Andalus de Estudios Andaluces y del Diálogo entre Civilizaciones de Rabat, que tuvo lugar en el Instituto del Mundo Árabe de París, debatimos durante tres densos, y a veces tensos, días (20-22 de octubre pasados) sobre el Islam y Occidente: imágenes e influencias mutuas, como rezaba el título del coloquio. El tono propugnado por los organizadores no dejaba lugar a dudas. Khaled El Ankari, presidente del Centro Al Andalus de Rabat, insistía, en la inauguración del coloquio, en los conceptos de fraternidad, de diálogo entre el islam y Occidente. Un diálogo basado en la objetividad y no para tener relaciones amables, simplemente pour se faire plaisir.

ES IMPORTANTE verse las caras. Escuchar a musulmanes doloridos por la prepotencia de Occidente, a árabes cristianos de Egipto manifestarse encolerizados en el coloquio por la prepotencia islámica en su país, al que fuera secretario general de la Casa Blanca, John Sununu, árabe americano, desgañitarse (en medio de algún abucheo) buscando hacer comprender a la asamblea la postura americana (vilipendiada por todos los oradores árabes y no defendida por nadie) y, de nuevo, la más que encomiable labor de los organizadores por dar la palabra a todos y defender el diálogo, palabra tan cuestionada, últimamente, entre nosotros. De las intervenciones de cerca de 30 ponentes, la mayoría árabes musulmanes de Marruecos, Arabia Saudí (fascinantes sus intervenciones) y Túnez, así como varios universitarios franceses y dos españoles, María Jesús Viguera, de la Complutense de Madrid, y yo mismo, de Deusto, retendría tres ideas mayores y un grito. El grito: ¡no equiparen al islam con el terrorismo y con la violencia! !Bin Laden es un exabrupto del mundo musulmán! Junto a ello, se manifiesta bastante resentimiento en el mundo árabe musulmán, mezclado con una conciencia de incomprensión por los a priori sobre un islam que, dicen, desconocemos los occidentales. Pero también una búsqueda sincera de puntos de encuentro, cuestionando, incluso, sus propios dogmas. Por ejemplo, Mohamed Miftah, de la Universidad Mohamed V de Rabat, hizo una lectura del islam como modalidad de manifestación particular de un único Dios compatible con lo que ellos llaman religiones celestes (judaísmo, cristianismo e islamismo).

Tras el reconocimiento de divergencias en dos dimensiones básicas, en la importancia concedida a lo religioso en los países islámicos, a diferencia de lo que sucede en los secularizados occidentales, y en el diferente papel asignado por unos y otros a la mujer en la familia, en el trabajo y en la sociedad, viene la afirmación central. La tesis latente en el coloquio: hay sistemas de valores comunes que atraviesan el mundo occidental y el arabo-islámico.

Yo mismo, en base a trabajos de los grupos europeo (EVS) y mundial (WVS) de estudios de los valores, con especial referencia a los que, bajo la dirección de Juan Díez Nicolás se han llevado a cabo en España y Marruecos en los años 2000 y 2001, respectivamente, pude mostrar que hay gran similitud en las cualidades a transmitir a los hijos en ambas sociedades (tolerancia hacia el diferente, responsabilidad, trabajar duro, etcétera). Aunque difieren, fuertemente, en el papel de la mujer.

SIN EMBARGO, en este punto cité una frase del discurso de Mohamed VI con motivo de la apertura de la sesión parlamentaria otoñal, propugnando la equiparación en Marruecos de los derechos de la mujer y del hombre. «¿Cómo –se preguntó el Rey– poder garantizar el progreso y la prosperidad de una sociedad cuando las mujeres, que suponen la mitad, ven que sus derechos son pisoteados y padecen injusticia, violencia y marginación pese al derecho a la dignidad y a un trato ecuánime que les confiere nuestra santa religión?». Añadí en mi intervención la esperanza de que el discurso no se quedara en eso, mero discurso, y se trasladase a la realidad. Sí, un diplomático francés, ya retirado, que había pasado muchos años en los países árabes, me decía desencantado: «Llevo 30 años oyendo las mismas cosas a las mismas personas». Sólo se me ocurrió responderle que la edad media duró 10 siglos en la cristiandad y que algunos cristianos aún no han salido de ella.