El difícil renacer de Libia

Han hecho falta seis meses de combates para acabar con casi 42 años de poder absoluto de Muamar Gadafi en Libia. El hermano líder de la revolución ha resistido más que sus depuestos homólogos de Túnez y Egipto frente a la ola de cambios que recorre el mundo árabe, pero no ha podido evitar que su destino político sea el mismo que el de sus dos vecinos. Su inminente caída es festejada dentro y fuera del mundo árabe, y sólo algunos nostálgicos o insensatos piensan que el mundo será peor sin Gadafi imponiendo su voluntad desde su jaima, instalada dentro o fuera de sus fronteras.

Sin embargo, hay muchas más dudas que certezas sobre la nueva etapa que se abre en Libia. Una sociedad sometida durante décadas a un régimen político altamente distorsionador de la realidad, con un escaso concepto de ciudadanía y sin instituciones firmes e independientes se tendrá que enfrentar a grandes retos en su camino hacia la prosperidad y el buen gobierno. No obstante, la tardanza en la caída de Gadafi ha tenido una consecuencia positiva, puesto que el Consejo Nacional de Transición (CNT) ha tenido unos meses para organizarse -no sin dificultades- y crear un estructura de proto-Estado que pueda sustituir a la estrafalaria yamahiriya. Asimismo, los representantes del CNT han tenido que viajar por el mundo buscando el reconocimiento internacional y dando garantías a sus socios y vecinos.

A pesar del gran coste humano y económico de los combates de los últimos seis meses, por el momento no se ha producido la temida división de Libia, ni ha hecho falta una invasión terrestre extranjera para que los rebeldes entraran en Trípoli. Incluso la intervención de la OTAN, amparada por Naciones Unidas, no ha sido criticada desde amplios sectores de la opinión pública árabe, como habría sido de esperar en otras circunstancias y en otro lugar.

Aun así, las heridas abiertas dentro de Libia y la factura económica de la campaña militar serán dos aspectos cruciales que tendrá que abordar el nuevo Gobierno que se establezca en Trípoli. Eso tendrá que sumarse al reto de diseñar un nuevo sistema político que cuente con amplia aceptación popular, de recuperar la capacidad productiva de hidrocarburos para sufragar los costes de la reconstrucción y el desarrollo del país y de garantizar la seguridad interior a través de instituciones legítimas. Es de esperar que el CNT se transforme en distintos grupos o partidos, lo que en sí mismo no sería malo para el futuro del país, siempre y cuando se controle a los elementos más radicales que tiene en su interior.

El nacimiento de una nueva Libia más próspera y democrática será laborioso y no estará exento de grandes dificultades, en un país en el que el 77% de la población no ha conocido a otro líder que no fuera Gadafi. Los libios saben o descubrirán que no basta con hacer caer a un dictador para que terminen los problemas del país. El resto del mundo también debe saber que existen dos grandes incentivos para apoyar la transformación pacífica hacia un sistema representativo: el primero es el acceso a los recursos energéticos que posee y cuya riqueza debe revertir en beneficio de los libios; el segundo es saber que si no se estabiliza el país, los problemas internos de Libia acabarán contagiando negativamente al resto del norte de África y del Mediterráneo.

Seguramente, este año la festividad de Eid al Fitr, que marcará dentro de pocos días el final del Ramadán, se celebrará con una sensación de alivio por parte de la mayoría de libios. Tras visitar a familiares y amigos, comer dulces y repartir aguinaldos llegará el momento de enfrentarse a la tarea más difícil de la reconstrucción de Libia: la creación de una sociedad de ciudadanos libres en un país abierto al mundo que se aleje de las aventuras erráticas del pasado. Lo que queda claro es que la vida política, económica y social de Libia ya no dependerá de las decisiones y caprichos de un líder iluminado y de sus hijos.

Haizam Amirah Fernández, investigador principal del Mediterráneo y Mundo Árabe en el Real Instituto Elcano.

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