El dilema actual de la democracia

En estos tiempos tan innovadores de nuestro siglo XXI, la novedad del momento es una pandemia que pone en cuestión la capacidad de nuestras sociedades democráticas avanzadas para prever el futuro y controlarlo. La sociedad siempre ha sabido de sus límites: al fin y al cabo está compuesta por supervivientes transitorios. Pero la sociedad moderna tiende a disimularse ese saber. Hoy lo intenta de muchas maneras, incluida la de proyectarse hacia los espacios extraterrestres; y algunos sueñan incluso con hacerse en ellos un habitáculo, el equivalente al trastero de un apartamento de Manhattan de unos pocos metros cúbicos, a recorrer en estado de ingravidez.

Son sueños comprensibles dado el imaginario modernista y el recuerdo de cuentos de la infancia; como lo es el sueño del fin de la historia. Pero ahora despertamos, y descubrimos, tras enredarnos en una serie de crisis, que hemos desatendido lo básico: garantizar la supervivencia de las gentes.

Con lo cual, tenemos que volver también a lo básico del hacer político. A la democracia: de cratos, poder, y demos, conjunto de la ciudadanía. La cual, para afrontar sus retos con éxito, necesita dos actores: unas elites razonables, o al menos que reconozcan lo mucho que no saben y vayan aprendiendo; y una sociedad con confianza en sí misma y una voz juiciosa y audible, que atienda al bien común, y corrija las veleidades tacticistas y oligárquicas o demagógicas de sus elites. No es que la ciudadanía sea infalible, sino que el poder es suyo, Y su buen sentido puede compensar la mezcla de astucia y alquimia de sus dirigentes.

Ahora, en este no-fin de la historia, es obvio que nadie es infalible y gobernar es cosa de todos. Unos y otros deben aportar sus verdades incompletas y sus bondades a medias. Y aprender, entre todos, a manejar mejor el sistema sanitario, la economía, la cooperación internacional, e incluso el modo de usar el lenguaje, para acercarlo a la realidad. Haciendo política con una actitud humilde, inclusiva y prudente. Pero aquí nos tropezamos con el dilema de la democracia: el de una clase política que oscila entre reforzar y degradar el papel del demos; y el de una ciudadanía que, o se afirma como tal, o se deja degradar.

La degradación del demos resulta de diversos factores, siendo uno de los principales el de su división. La cual se suele conseguir de cuatro maneras. La primera es mediante la división de la comunidad entre un nosotros, que es la clase política (con su lenguaje, su agenda, su distanciamiento del resto), y un ellos, que es un pueblo soberano al que se convierte, de facto, en realmente soberano por 10 minutos: el tiempo de acercarse a la mesa electoral y depositar el voto. Poco tiempo para participar en las decisiones políticas; ni siquiera para enterarse de qué se trata. Aunque siempre conviene recordar que es mucho mayor del que las gentes disponen en un país totalitario. En cuyo caso, el tiempo se puede reducir al de los 10 minutos de una manifestación pública en el marco de toda una vida. Como lo expresó un electricista ferroviario, Vladimir Dremlyuga, en la Plaza Roja de Moscú, con ocasión de participar en una manifestación de protesta contra la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968: «Toda mi vida consciente he querido ser un ciudadano… lo fui durante 10 minutos, durante esta manifestación» (y fue detenido por ello, y sufrió seis años de prisión).

La segunda manera de degradar el demos es dividir, al tiempo, a la clase política y a la ciudadanía, o, como suele decirse, polarizar la política y la sociedad. Simplificando: cada una de las (supuestas) mitades del conjunto, las izquierdas y las derechas, hace de la otra mitad su enemigo (y presiona al centro para que opte entre ellas). Excluido del poder, el partido X queda descalificado, y con frecuencia demonizado. Y con ello se denigra, y se demoniza, a sus votantes. Pues se les aplica el argumento de que, de dos cosas, una. O bien estos votantes (quizá la mitad o un tercio del país) saben lo que votan; y en este caso son malévolos, y deben ser combatidos. O bien no lo saben; y en este caso son estúpidos, emocionales, ignorantes, y deben ser despreciados. Con ellos no cabe forma alguna de amistad cívica. Hacia ellos sólo puede haber desconfianza, hostilidad, recelo, desdén, temor, antipatía: sentimientos negativos.

La tercera manera de dividir a la sociedad es desagregarla. Bien atomizarla, haciendo de cada cual lo que suele llamarse un empresario de sí mismo. Bien fragmentarla en segmentos, supremamente concernidos consigo mismos. Propiciando la dispersión de grupos de interés y de identidad, reforzando la tendencia de cada segmento a afirmarse a sí mismo en competición con otros. Tanto más si pensamos que los demás nos son ajenos e incluso hostiles, estando dispuestos a explotarnos, dominarnos, menospreciarnos o ignorarnos. Y, en consecuencia, que cada uno debe estar preparado para el escenario de una lucha extrema, con los políticos haciendo de oficiantes en los rituales de celebración y duelo por las victorias y derrotas correspondientes.

La cuarta manera de dividir el demos es mediante la confusión de lenguas: la producción y reproducción incesantes de una Torre de Babel. Que cada cual se exprese con su lenguaje propio y rechace el lenguaje común, definiéndole como un modo de enmascarar estrategias de dominación por parte de los otros. Que cada cual se obstine en que sólo sus ideas son las justas y deben realizarse; y, viendo que la realidad se le resiste, quede oscilando entre la ira y la queja. Esperando que improperios y llantos hagan su viaje de ida y vuelta entre la tierra y el cielo y de vuelta a la tierra, convertidos en llaves mágicas con las que abrir las puertas de la ciudad y hacerla suya. Y, obviamente, con tanto ruido y furia, sin ocasión, ni ánimo, para conversar y escuchar en silencio.

Si, a la postre, las oligarquías políticas y los demagogos prevalecen, y, con ellos, las elites (y sus contra-elites complementarias) correspondientes, nos encontraremos en una deriva de la democracia hacia una democracia sin demos o con un demos reducido a su menor expresión.

Pero quede claro que nada está predeterminado. Hay contratendencias y recursos para frenar y revertir la deriva. Para empezar, la crisis actual puede despertar a las elites de su soberbia (y arrepentirse) y a la sociedad de su abulia (y activarse). Además, siempre hay un margen y un estímulo, por cansancio o por curiosidad, para buscar, y a veces encontrar, un espacio y un tiempo de respiro, y usar entonces una variedad de instrumentos para afrontar la crisis. Por ejemplo, los tres siguientes.

Primero, el trasfondo cultural. La experiencia histórica proporciona una amplia red de tradiciones culturales, desde los tiempos más remotos, a las que, en un ejercicio de memoria, podemos retornar como fuente de inspiración. No es fácil hoy ese retorno, porque estos tiempos, tan innovadores, propician la amnesia; pero la misma crisis puede dar un impulso al recuerdo.

Segundo, hay también medios modestos, infantiles si se quiere (pero el saber de los niños, su manera de estar abiertos al mundo, pueden ser cruciales), que pueden contribuir a medio curar, o paliar, los efectos de todos esos procesos de debilidad o degradación del demos. Con el uso de rituales y palabras a los que atribuir un efecto mágico benigno. Fiestas y cantos, himnos y banderas, victorias deportivas y desfiles, discursos desde púlpitos y tribunas, fuegos artificiales. Benignos, en la medida en la que sean expresiones de un estar contentos juntos, y a condición de que no se hagan a costa de un chivo expiatorio.

Tercero, hay también otra manera, sencilla y eficaz, que es la de comprometerse con políticas económicas y sociales sensatas y prudentes. Esto es algo que los políticos pueden hacer con lo que ellos llaman pragmatismo, si no se dejan llevar de su retórica partidista beligerante. Un hacer práctico, discutido pero compartido, que recomponga, o medio recomponga, el demos fragmentado. Y lo haga con medidas a ras de tierra, que todos pueden constatar y contrastar.

Obviamente, las cosas se tornan más problemáticas si el país en cuestión se instala en un dejarse ir, y adolece de recursos culturales y educativos ligeros, y de una pauta de políticas socioeconómicas embarulladas. Es cosa de preguntarse, entonces, qué cultura vivida tenemos, qué educación nos damos, y qué calidad tiene nuestro debate público sobre las políticas a aplicar.

Víctor Pérez-Díaz es presidente de Analistas Socio-Políticos. Este trabajo ha sido escrito en el marco del Proyecto Europa de Funcas.

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