El dilema de un rey ilustrado

Madrid es una ciudad abierta, cosmopolita, bella y acogedora. Nadie se encuentra extraño en ella. Y también sabe ser agradecida con los que la enaltecieron como se ha demostrado en la serie de acontecimientos culturales que instituciones públicas y privadas han organizado para conmemorar el tercer nacimiento del Rey Carlos III. En efecto, durante todo el año pasado han tenido lugar una serie de ciclos de conferencias, simposios y exposiciones. Como si de una paradoja del propio rey se tratara se ha dado la circunstancia de que un autor sevillano, Francisco Aguilar Piñal, ha escrito cuatro magníficos y deliciosos volúmenes con el título de Madrid en tiempos del «mejor alcalde, que han sido publicados por la editorial Arpegio, de Barcelona, el primero de ellos aparecido en Enero y el cuarto en Diciembre de 2016. Una transversalidad –palabra indispensable hoy día– que al protagonista le hubiera encantado.

Carlos III fue, sin duda, quien convirtió Madrid en la ciudad moderna que hoy conocemos. Con su experiencia adquirida en las cortes europeas que rigió, y sobre todo en Nápoles, se propuso, cuando llegó al trono español a la muerte de su hermano Fernando VI, hacer de Madrid una corte fastuosa para lo cual hubo que cambiar e integrar la capital de los Austrias en las nuevas reformas que emprendió. Un Madrid en el que entra de lleno con un nuevo diseño, en el empedrado, la limpieza, el alumbrado y la renovación y edificación de grandes edificios y obras públicas: Palacio Real, jardines y paseos, fuentes, ríos y canales, grandes puertas, amplias avenidas…

Rodeado de eficientes colaboradores se propuso conocer el número de vecinos, la ubicación de las casas importantes ocupadas por la nobleza, los diversos barrios. Todo ello apoyado en el estudio sistemático de la variada planimetría de Madrid, comenzado con el impagable plano de Teixeira. Uno de sus primeros logros fue acabar con la deficiente higiene pública de los Austrias, dictando disposiciones que obligaban a los vecinos a construir sus propios canales de limpieza y las aceras de las casas con penas de embargo a los que no cumplieran. Aunque quizá sea más prudente no seguir dando ideas en este aspecto.

Con visión de estadista se dio cuenta enseguida de que sus territorios, separados por dos grandes Océanos, no se podrían mantener sin impulsar decididamente una fuerte marina a la que apoyó y engrandeció, la cual, además del dominio de los mares, le proporcionó los mejores hombres e intelectuales de su reinado que añadieron a sus hazañas bélicas grandes expediciones científicas de todos conocidas.

Ese gran instrumento con el que quiso asegurar su dominio en los territorios americanos quizá le hizo medir mal sus fuerzas con las nuevas reformas que en ellos instauró, sin duda acertadas para su gobierno desde España, pero que no podían ser bien acogidas por una población que ya había madurado y se había criollizado de tal forma que vio en ellas una nueva mano de hierro que no estaba dispuesta a aceptar. Sin embargo, sus hombres en los virreinatos americanos mantuvieron por algún tiempo el nuevo orden.

Amante de la cultura y las artes, como demostró con su impulso a las excavaciones en Pompeya y Herculano durante su reinado en Nápoles y Sicilia que le hizo ganar el título de «el Rey arqueólogo», supo también elegir a los mejores hombres en la política, la milicia y la corte y cuidó con celo su relación con la nobleza y los altos funcionarios quienes lo ayudaron a enfrentarse a retos casi diarios consiguiendo una imagen de Rey humano a la par que deificado. De ahí sus grandes contradicciones. El dilema que representaba aunar el Regalismo Borbónico, la ortodoxia, la heterodoxia, el Jansenismo español o la “Santa Inquisición” entro otros, supone algo muy difícil de lograr: hacer entender lo que significaba la simbiosis que se dio durante todo el Antiguo Régimen entre la Iglesia y el Estado. Algo más comprensible en la época barroca pero bastante incongruente en pleno siglo de las luces y con un Rey «ilustrado», educado fuera de España y con un carácter que hoy podría llamarse «progresista». Pues bien: las costumbres religiosas se llevaban al extremo de que el monarca era de comunión diaria y rezo del rosario, guardaba la abstinencia y el ayuno con un afán digno de encomio y en su primer decreto cuando fue coronado no dio ningún mensaje político sino religioso. La única propuesta a su Reino allí representado, fue que se «reciba por única y especial patrona a la Purísima Concepción…sin perjuicio del patronato de Santiago apóstol, al que no puede ofenderse». Esto que parece hoy inconcebible lo es aún más si pensamos que era un hombre al que no le tembló el pulso cuando tuvo que firmar el decreto de expulsión de los jesuitas ni de suprimir la Orden una vez que le convencieron que ponía en peligro su reinado absoluto por su obediencia al Papa, con el que tampoco dudó en indisponerse cuando los intereses de ambos estuvieron encontrados. De esta manera se explica también que los intelectuales «ilustrados», salvo algunas excepciones de hombres de carácter firme, no tuvieran ningún reparo en alternar sus devociones con sus ideas iconoclastas.

Todo esto y mucho más ha sido puesto de manifiesto en Madrid a lo largo del pasado año y primeros meses del actual en el Museo Arqueológico, el Ayuntamiento o el Palacio Real, y La Real Casa de la Moneda ha lanzado un bello video en el que se recoge su muestra Virtuti et merito que se dedica sobre todo a la creación de la Real Orden de Carlos III. Por su parte la Real Academia de la Historia dedicó la primavera y el otoño a glosar la figura del monarca que hoy preside el despacho de Felipe VI, quien se dignó a asistir a otro acto organizado por la RAH que, de la mano del director de las Colecciones Reales, José Luís Díez, se celebró en el palacio de Aranjuez y que conectó con la deslumbrante exposición del Palacio Real, con el título «Carlos III. Majestad y ornato». A través de ella se observa de forma clara y didáctica el dilema de un Rey que se empeño en aunar el lujo de los emperadores romanos con su acendrada religiosidad. La proporción y la riqueza de su cama con dosel, la belleza de sus telas y bordados, me llevaron a evocar los célebres pasos de palio con los que desfilan por Sevilla sus Vírgenes Dolorosas.

Un retrato del mismo Mengs que se conserva en el Museo de Copenague, refleja de forma exquisita toda la majestuosidad de la que «el mejor Alcalde de Madrid» quiso investirse. En las citadas exposiciones, que cerraron sus puertas recientemente, su amor por la cultura ha quedado brillantemente plasmado.

Y termino como empecé aún arriesgándome a semejar una guía turística. Madrid es siempre una ciudad para perderse por ella caminando, aprendiendo de sus muestras culturales y disfrutando de la amabilidad de su gente. Una ciudad de la que se puede decir con rotundidad que fue bien nacida porque, como ha demostrado, sabe ser agradecida. Una gran ciudad ideada para ser un gran Reino.

Enriqueta Vila Vilar, Real Academia de la Historia.

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