El dilema del medio rural

Desde hace meses, todo el mundo habla de la despoblación del medio rural. Un fenómeno que siempre se ha intentado combatir y paliar. En Aragón ha habido algunos intentos para detener la pérdida de población en nuestros pueblos, aunque en la mayoría de los casos los resultados han sido escasos. Pero, en los últimos tiempos, la despoblación se ha puesto de moda por distintas razones: porque la Unión Europea la ha incluido en alguna de sus políticas, porque hay que buscar temas nuevos sobre los que hablar y porque nuestros pueblos están ahí y la opinión pública se percata de ello.

En casi todas las teorías y propuestas se trasluce un poso de ingenuidad o de negación de la realidad que no beneficia en nada al medio rural. Y es que, por desgracia, nuestros pueblos –digamos la verdad– se están muriendo, y la mayoría de ellos no va a sobrevivir. No tal y como los conocemos hoy. El dilema de la despoblación no es si va a seguir avanzando, porque es seguro que sí. Ya es tarde. Hemos esperado demasiado. La verdadera decisión sobre la despoblación es cómo vamos a gestionarla. Y mientras no la afrontemos seguiremos engañándonos sin acertar en las medidas.

Cuando tienes una enfermedad, es esencial acertar en el diagnóstico. Con nuestros pueblos hemos tratado como pequeñas afecciones una enfermedad gravísima. Y hemos atendido antes a otros pacientes con dolencias mucho más leves, porque eran más importantes o más glamurosos. Me refiero a que, cuando una ciudad se resfría, acudimos con todos los equipos de emergencia y le aplicamos inversiones, proyectos, personas; mientras que a los pueblos, que poco a poco se desintegran, les seguimos dando aspirinas para el dolor de cabeza, con una política pública errática y poco eficiente, y unas inversiones insuficientes y equivocadas.

Pronto tendremos que crear la figura del ‘pueblo de temporada’, que será pueblo solo unos meses al año, en los que habrá habitantes, servicios, actividad, mientras que el resto del año cuidará de él una brigada de mantenimiento para revisar que no haya averías, mantener las calles o evitar el vandalismo. En algunos sitios ya es una realidad.

Pero no piensen que este es un artículo pesimista. En absoluto. Los que llevamos trabajando mucho tiempo en el medio rural sabemos que lo último que necesitamos es resignación o pesimismo. Y creemos que la única forma de cambiar algo las cosas es desde el realismo. Mirándonos al espejo de forma sincera y sin filtros. Asumiendo las arrugas y los defectos. Solo así seremos capaces de hacer algo para resolverlo.

Mirándonos al espejo sin las gafas de vernos guapos, sabemos que este proceso va a seguir. Porque la gente, y especialmente los jóvenes, quiere vivir en ciudades. Porque de cada diez jóvenes que se van de sus pueblos a estudiar, solo regresa uno a trabajar. Eso supone que los pueblos invierten el mayor activo que tiene una sociedad, sus niños y jóvenes, y estos, cuando se forman y se preparan para aportar valor y devolver esa inversión en forma de trabajo, conocimiento y rendimiento, se quedan en las ciudades, a las que les sale gratis semejante regalo. Y, ante esta situación, ¿qué podemos hacer? Esa es la pregunta que nadie ha sabido responder. Yo tampoco tengo la respuesta mágica. Pero sí tengo una opinión.

Nosotros, en Aragón, debemos trabajar juntos, reconociendo los valores que tenemos y explotándolos al máximo, asociándonos con otros, haciéndonos nuevas preguntas, buscando debajo de las piedras fórmulas nuevas, más imaginativas, que doten a nuestros pueblos, los más viables, de oportunidades para atraer personas que quieran hacer cosas nuevas, atractivas, basadas en nuestros recursos (que tenemos, por supuesto), con políticas públicas más acertadas y decididas, con compromisos de inversión por parte de empresas concienciadas, que atraigan talento a los pueblos. Es la única forma. Difícil, casi imposible, pero en esta tierra no nos rendimos fácilmente. No por tozudez, ni mucho menos, sino por capacidad, actitud, trabajo y persistencia.

José Francisco García

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