El dilema escocés

Estamos en uno de esos «momentos estelares de la humanidad» que Stefan Zweig describió tan bellamente? Lo sabremos mañana, al conocer si los escoceses han decidido separarse o no de Inglaterra, y The United Kingdom haya dejado de estar unido. Desde su segunda residencia, la Costa Azul, el rey Faruk de Egipto decía allá por los años cincuenta del pasado siglo: «En el año 2000, solo habrá cinco reyes en el mundo, el de Inglaterra y los cuatro de la baraja». Quedan, como ven, bastantes más, pero Isabel II podría dejar de ser reina de Gran Bretaña. Todo un acontecimiento.

Hacer predicciones sobre lo que ocurrirá hoy en Escocia son ganas de equivocarse, así que vamos a dejarnos de adivinanzas y analizar cómo hemos llegado a esta situación. Si los ríos nacen en un hontanar, el primer error de Cameron fue no aceptar una tercera pregunta en el referéndum para ampliar la autonomía de Escocia, como pedía Salmond. El premier inglés exigió un sí o no categórico, separarse o quedarse. Fue una muestra de la arrogancia inglesa, con un fondo de displicencia. Arrogancia que no hizo más que aumentar cuando, al crecer el «sí» en las encuestas, no se le ocurrió otra cosa que advertir a los escoceses de lo mal que iban a pasarlo si se separaban. Algo así como decirles que no eran capaces de valerse por sí mismos. Y cometió el último y mayor de los errores cuando, al ver que podía perder, les prometió mayor autonomía, admitiendo que la merecen. Con el estrambote de confesar con los ojos humedecidos que «se le rompería el corazón» si Escocia se separase.

El dilema escocésLos escoceses han compartido con los ingleses más de 300 años, muriendo en sus guerras y participando en sus avatares. Pero mientras Inglaterra iba hacia arriba hasta convertirse en la primera potencia militar e industrial, reclamando como suyos a los importantes científicos, economistas, escritores, deportistas que ha dado Escocia, las fuentes de riqueza de esta, la ganadería y la agricultura, iban hacia abajo. Solo el descubrimiento de petróleo en las islas cercanas trajo un boom económico y, con él, un renacer del nacionalismo, hasta entonces velado. Que los expertos adviertan que el petróleo submarino se agotará en unas décadas y que las islas cercanas lo reclamen para sí, no importa. El nacionalismo no entiende de razones económicas. Se le ha comparado con un enamoramiento o con una borrachera, un sentimiento más que un razonamiento, por lo que los argumentos no sirven frente a él. Váyanle ustedes a un enamorado –y no digo nada a un borracho– con que vivirá peor con su amada, y verán lo que les contesta. El dicho popular lo resume: «Contigo, pan y cebolla».

¿Han llegado los escoceses a ese estado de ánimo en el que las emociones dominan a las reflexiones? Llevo una semana intentando averiguarlo a base de leer y escuchar cuanto allí dicen, sin llegar a una conclusión definitiva, entre otras cosas porque hablan y escriben los famosos, los poderosos, las personalidades, mientras el pueblo escocés solo se manifiesta en las encuestas, poco de fiar al ser la foto fija de un momento y estar sometidas a todo tipo de manipulaciones. Aparte de no ser claras, con variaciones mínimas en un sentido u otro.

Del pueblo escocés, en cambio, conocemos bastante. Los ingleses les han caracterizado como penny-pinchers, como agarrados, tal vez para disimular lo roñosos que son ellos. Cuando los escoceses son callados, orgullosos, trabajadores, como demuestra que siguen vistiendo esas faldas que los pilluelos napolitanos levantaban a sus soldados cuando liberaron su ciudad en la Segunda Guerra Mundial. Me cuesta, por tanto, creer que tomen una decisión tan trascendental por un arrebato, que se dejen arrastrar por uno solo de los factores en liza, cuando hay tanto en juego. Este no es un caso puramente emocional, político o económico, sino de todos ellos a la vez y no me extrañaría que vengan meditándolo desde hace tiempo para decidir la mejor de las opciones, o la menos mala. Las encuestas, acusaban un aumento paulatino pero continuo del «sí» desde mediados de agosto, paralelo a la bajada de los indecisos. Lo que indica que son estos, como siempre, los que decidirán el resultado final. Esa marcha ascendente a favor de la independencia logró imponerse hace dos semanas. Desde entonces, sin embargo, tras echar la gran banca, la gran empresa y la alta política toda la carne en el asador a favor del «no», este ha vuelto a imponerse, aunque por la mínima, lo que no basta para estar seguro de nada. El resultado es un cara o cruz.

Los escoceses habrán tenido que decidir esta noche qué prefieren: ser más pequeños, más pobres, más modestos, pero siendo ellos y solo ellos, o seguir unidos a una ex gran potencia, aún poderosa. No es una decisión fácil de tomar, ¿verdad? Más, teniendo en cuenta otro importante factor: que el mundo camina hacia los grandes bloques multinacionales, y, de elegir tener su propia nación, se encontrarían de golpe y porrazo fuera no solo del Reino Unido, sino también de la Unión Europea y de la libra esterlina, sin estar en el euro, lo que no es un problema, sino una docena de ellos. Eso sí, podrán exclamar: «¡Al fin solos! Sin esos petulantes ingleses». Que también cuenta. Y mucho.

Hay un detalle importante que no conviene olvidar: Me refiero a que el escocés es el único nacionalismo independentista que se da en la región retrasada del Estado al que pertenece. Todos los demás, el catalán, el vasco, el de la Italia Norte, surgen en las regiones ricas, que no quieren compartir su riqueza con las pobres. Es como si Andalucía o Galicia quisieran separarse. Ya sé que hay andaluces y gallegos que lo quieren. Pero no la mayoría. La mayoría quiere seguir con el resto, conscientes de que separados les iría peor. Algo que seguro ha tenido que pesar en las reflexiones escocesas de esta noche. Cuánto es la gran incógnita.

A mi memoria ha acudido una definición de los escoceses, no recuerdo de quién, pero que me cautivó. Los consideraba «unos rigurosos moralistas, que aman mucho a su patria, pero aman aún más la verdad», es decir, la realidad (algo que no puede decirse de los españoles, catalanes incluidos, que no somos rigurosos, ni moralistas, ni más amantes de la verdad que de nuestro terruño, pero esa es otra historia). Los escoceses, en cambio, prefieren la realidad. Y su realidad es que llevan 300 años aguantando los esnobismos ingleses sin perder su identidad. ¿A qué cambiar ahora, cuando el mundo se configura en grandes bloques y la independencia les traería todo tipo de problemas? Mejor mantenerse en el Reino Unido, eso sí, en otras condiciones que las actuales. Que, a fin de cuentas, era la propuesta inicial de Salmond. Una realidad que solo puede ser sobrepasada si a la pasión nacionalista se une la inquina política: los escoceses son en su mayoría de izquierdas y les fastidia doblemente ser gobernados por los tories ingleses.

Como ven, lo único seguro es que todos nos jugamos algo en sus elecciones.

José María Carrascal, periodista.

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