El diluvio postpujolista

Por Valentí Puig (ABC, 09/12/03):

EL sistema afectivo de la política catalana liquida la figura del padre y se entrega al brutal equilibrio del imperativo territorial de partidos, especialmente los que compartan el poder. Si se confirma un gobierno tripartito de la izquierda, el eje del poder se habrá trasladado de la supuesta centralidad de «Convergència i Unió» a una «Esquerra Republicana» que se abraza de forma consanguínea a los socialistas para irles arrebatando terreno con el objetivo de sustituirles a largo plazo en el sistema de alternancia. Por eso puede afirmarse que, en contradicción con su tan probable investidura como presidente de la «Generalitat», si Pasqual Maragall llega al «Palau» lo hará sin el apoyo afectivo y efectivo de lo que se definió como maragallismo. Más falta le hace marcar territorio en Cataluña a favor de Rodríguez Zapatero para que en marzo emprenda su ofensiva electoral con alguna opción.

A modo de director de un teatro de pantomima, Carod-Rovira había ido escenificando negociaciones para que el final, al retirarse el telón, todos los papeles estuviesen repartidos de antemano. Ya se sabe que el clan de Tarragona controla «Esquerra» en gran parte, con notorio arraigo moral y físico en el mundo sudoroso y fraterno de los «castellers». En pleno auge personal, Carod baraja dos argumentos: ir menoscabando el PSC-PSOE con un Maragall debilitado al frente o ver como finalmente reaparece un PSOE «sensu stricto». «Esquerra» pretende crecer por la izquierda y por el independentismo sin violencia, mientras los socialistas se quedan sin modelo catalanista de izquierda renovadora y los postcomunistas se concentran en el fundamentalismo ecologista, cuya exigencia de fiscalidad ecológica acoge los sermones de Porto Alegre y frena el crecimiento económico. Pujol queda para los manuales de Historia pero orillado del plinto de la política con malos modos, por las maneras bruscas del hijo que cobra la herencia en vida del padre y le priva de recursos.

Ha sido una consumación que, a partir de ese 16 por ciento de votos obtenidos por «ERC», conlleva una estrategia de apalancamiento simbólicamente violento. Presidirá un Maragall que ha presenciado la evaporación de ocho escaños socialistas después de que el alcalde Clos perdiera cinco concejales. Aún es pronto para saber quien ha enjaulado a quien. En verdad, la izquierda suele practicar sus mejores evoluciones estando en el poder y no es el momento de negarle posibilidades de coordinación neuromuscular a un gobierno tripartito que todavía no existe. Aún así, es previsible que en la intersección de los tres imperativos territoriales -especialmente por parte del PSC-PSOE y ERC- haya una fricción permanente y destacada que irá prescindiendo de la epidermis del maragallismo y del PSC para devenir un choque frontal entre PSOE y «ERC».

Ahí uno de los hombres clave es José Montilla, secretario general del PSC-PSOE, mentalizado para la doma paciente del socio republicano-independentista. Deberá intentar a la vez tener bajo control el individualismo institucional de Maragall y la aventura política de Carod, ambos dispuestos a ser quienes hablen con Ibarretxe para que el mundo funcione mucho mejor y porque en Madrid no saben. El tiempo dictaminará si este tripartito catalán es lo que más convenía a la consolidación de Rodríguez Zapatero. De entrada, después de los aplausos debidos, el socialismo entra en aguas procelosas, sin mapas definitivamente trazados. Todas las miradas buscan identificar el modelo territorial de España que vaya emergiendo. Lo más probable es que si en sectores notables del PSOE hasta ahora era difícil entender los planes del maragallismo, mucho menos inteligible les va a ser la suma tripartita, con Carod-Rovira en un papel tan principal. De la mayor o menor trascendencia que alcance esa fricción depende también la cuantía de votos que logre recabar el PP de Mariano Rajoy.

También pueden entrar en crisis algunos de los consensos no escritos de la sociedad catalana, especialmente su cómoda identificación con aquellas ambigüedades del pujolismo que permitían ir tirando. Eran ambigüedades que mantenían de forma integrada los cauces del tan traído y llevado encaje de Cataluña en España. Si va a los escaños de la oposición, a «Convergència i Unió» le queda tiempo para revituallarse ideológicamente, mejorar sus comunicaciones con el centro derecha que es el PP o bien invadir con gestos belicosos el territorio que Carod quiere quedarse para «Esquerra». Haber sido la lista ganadora llevará a «CiU» a un despecho inicial y a la descalificación de aquellos alevines capaces de cogerles votos y echarse a correr con Maragall. Aparentemente, Cataluña se instala en la bipolaridad derecha-izquierda, pero lo cierto es que esa izquierda tripartita a punto de gobernar está irregularmente impregnada de particularismo y de una cierta euforia rupturista cuya concepción equívoca del Estado aporta incógnitas.

A pesar de que los tres partidos que presumiblemente conformarán el nuevo ejecutivo autonómico catalán vienen gobernando desde hace tiempo en el ayuntamiento de Barcelona, es difícil ignorar que un cartapacio municipal no es lo mismo que una acción institucional que pueda desembocar en reformas estatutarias de naturaleza contradictoria. No es lo mismo la Barcelona de los Juegos Olímpicos que un panorama constitucional con el ruido de fondo del plan Ibarretxe. No es lo mismo la herencia de Indalecio Prieto que el legado de Lluís Companys.

Fino observador de tantas negociaciones históricas, Harold Nicolson advierte que en cualquier alianza o coalición constituida con el inmediato propósito de derrotar a un enemigo común los que la forman dudan y vacilan en precisar sus ambiciones con claridad anticipada. Es decir: si la victoria es completa, pueden pensar que han pedido demasiado poco y, si es incompleta, pueden suponer que han pedido demasiado. De la reforma de la financiación autonómica a la equiparación con el concierto vasco van trechos de largo alcance, del mismo modo que no es lo mismo buscar la reforma legal de los estatutos autonómicos que dejar el orden constitucional en la cuneta. Si el fetichismo de las reformas estatutarias incorpora no pocos efectos colaterales, el síndrome del revisionismo constitucional construye callejones sin salida.

Ya investido el nuevo presidente de la «Generalitat» se celebrará el reparto de poder. Después de veintitrés años de pujolismo, la apetencia de despacho es muy humana. Es un apego tal vez innato, como esos gansos que recién salidos del huevo siguen a cualquier objeto en movimiento, como seguirían a sus propios padres. Después de la Pompadour ha diluviado mucho, pero el poder no ha dejado de ser el poder.

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