El dinero no puede comprar el amor de los palestinos

“No sólo de pan vive el hombre”, dice Jesús en Mateo 4:4. Pero la sabiduría bíblica parece haber sido escurridiza para los organizadores de la conferencia económica realizada el 25-26 de junio en Bahrein, donde Jared Kushner, yerno y asesor clave en materia de política exterior del presidente norteamericano, Donald Trump, finalmente presentó los lineamientos de su plan Paz para la prosperidad para poner fin al conflicto palestino-israelí.

Las conversaciones en Manama se centraron exclusivamente en la “dimensión económica” del plan –en otras palabras, la zanahoria por delante del palo-. En el transcurso de diez años, unos 50.000 millones de dólares se pondrán a disposición de la región (no sólo de los palestinos), y los estados adinerados del Golfo son los que pagarán gran parte de la cuenta. Se espera que el lado político y más duro del acuerdo llegue en el otoño, una vez que el nuevo gobierno israelí asuma funciones después de la elección programada para el 17 de septiembre.

Algunos analistas de Estados Unidos cercanos a la administración Trump han trazado comparaciones con el Plan Marshall liderado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Tras haber salvado a Europa occidental del comunismo y del imperialismo soviético durante la Guerra Fría, sostiene el argumento, Estados Unidos ahora está a punto de hacer algo igual de valiente en Oriente Medio para contrarrestar la doble amenaza del fundamentalismo islámico y del imperialismo iraní.

Al lanzar el plan, Estados Unidos parece estar reclamando favores a los estados árabes sunitas a los que ha protegido durante tanto tiempo. Es más, resolver el conflicto palestino-israelí beneficiaría también a estos países, porque eliminaría una fuente potencial de desestabilización en casa.

Si esto no es el arte de la negociación, ¿entonces qué es? La solución parece tan racional, tentadora e irresistiblemente simple. Con dinero real ahora sobre la mesa, los participantes luego discutirán las condiciones políticas, vale decir el precio que los palestinos tendrán que pagar para recibir semejante generosidad. Pero allí reside el inconveniente.

El Plan Marshall intentó alentar a los europeos a unirse para recibir dinero norteamericano. En ese momento, los partidos comunistas, respaldados y dirigidos por la Unión Soviética, parecían listos para tomar el poder en muchos países de Europa occidental. En cambio, el plan visionario de Marshall reafirmó las identidades nacionales de esos países y fortaleció su soberanía.

El plan de Kushner, por el contrario, haría lo opuesto, porque esencialmente ignora la cuestión de la soberanía palestina. Fundamentalmente, el plan de Estados Unidos plantea un interrogante existencial: ¿se pueden comprar las emociones y compromisos sentimentales que están en el corazón de la identidad colectiva de un pueblo?

Eso parece altamente improbable; después de todo, a los gobiernos les resulta muy difícil sobornar a su propio pueblo. Luego de los levantamientos en Túnez y Egipto, por ejemplo, los gobernantes de Argelia gastaron sumas generosas para protegerse de algo similar. Pero si bien esto le permitió al régimen ganar algo de tiempo, los problemas estructurales como la corrupción y la incompetencia no desaparecieron. Simplemente se volvieron más agudos, sumando humillación a la furia pública y, finalmente, provocando la renuncia en abril del presidente Abdelaziz Bouteflika, después de 20 años en el poder.

Si comprar la lealtad del propio pueblo es difícil, comprar la de otros lo es mucho más. En verdad, probablemente sea imposible, como quedó demostrado en la cumbre de Manama. La Autoridad Palestina se negó a participar; como resultado de ello, Israel tampoco estuvo representado a nivel oficial. Los estados árabes muchas veces han traicionado la causa palestina antes, pero nunca tan espectacularmente como ahora. Los manifestantes han tomado las calles en Marruecos, por ejemplo, para denunciar lo que llaman la “Cumbre de la Vergüenza”.

Claramente, Kushner nunca ha visto la película palestina de 2008 La sal de este mar, que describe la situación de una joven norteamericana descendiente de palestinos que busca el hogar de su abuelo en Jaffa, hoy parte de Israel. El mensaje es que un cheque abultado no compensa la pérdida de la soberanía.

La administración Trump tal vez ni siquiera crea seriamente en su propio plan de paz. Quizá la iniciativa de Kushner, por lo tanto, no sea más que una estratagema para preparar el terreno para un posible distanciamiento de Estados Unidos de Oriente Medio –dejando libre a la administración para buscar una nueva forma de neo-aislacionismo o, alternativamente, para concentrar todos sus esfuerzos en contener la creciente influencia global de China.

El fracaso casi certero del plan Kushner podría permitir a Trump decirles a los votantes estadounidenses antes de la elección presidencial de 2020 que hizo lo mejor de sí para propiciar la paz palestino-israelí, pero que no había nada más que pudiera hacer. Podría agregar que había logrado cementar la larga colaboración de facto entre Israel y Arabia Saudita, los dos pilares de la seguridad regional de Occidente. Y con la ayuda de Estados Unidos en el fondo, estas potencias serían lo suficientemente fuertes para contener a Irán, si las últimas sanciones económicas de Trump no fueran suficientes para derrocar al régimen en Teherán.

Los hechos fundamentales de la situación de Israel no han cambiado. La seguridad del país depende de su legitimidad, lo que a su vez sigue exigiendo la existencia de un estado palestino viable y soberano. Sin embargo, el status quo actual es sencillamente demasiado cómodo como para que la mayoría de los israelíes revivan la solución de dos estados. Contrariamente a lo que Trump parece creer, sus políticas están haciendo que el futuro de Israel sea más problemático.

Los palestinos, mientras tanto, siguen aferrados a la esperanza de que el tiempo medio de las tendencias demográficas esté de su lado. Pero, mientras tanto, las perspectivas de alcanzar la paz en la región parecen desvanecerse. Y la reciente presentación de Kushner en Bahrein no hizo nada para cambiarlo.

Dominique Moisi is a special adviser at the Institut Montaigne in Paris. He is the author of La Géopolitique des Séries ou le triomphe de la peur.

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