El dinosaurio de Bonaparte

En el año 1999 tuve la ocasión de hacer un viaje al sur de Brasil donde, cerca de una población llamada Mata, se había descubierto un bosque entero fosilizado con muchos de los otrora gigantescos árboles enterrados pero todavía en pie. Pocas veces he contemplado una belleza a la vez tan muda y elocuente. Se convocó entonces a algunos especialistas para estudiar la posibilidad de dedicar un museo al prodigio. En aquel caso, mi opinión fue la de no hacer un museo sino atraer los ciudadanos al propio paisaje construyendo una buena carretera y alojamientos en la zona.

Sentado en la primera fila durante mi ponencia escuchaba nada menos que a José Fernando Bonaparte (1928), un mito de la paleontología mundial, probablemente el científico que más especies nuevas de dinosaurios ha descrito en la historia. Fue descubridor también del que se cree surgió como el primer mamífero de la evolución. Ha formado a tres generaciones de paleontólogos y sus colegas norteamericanos le conocen como el jefe del Mesozoico.

Trabé una buena amistad durante los tres días en los que coincidimos en Porto Alegre y a él le debo una conversación ininterrumpida que empezó una tarde tomando mate y hablando mucho. Al llegar el alba tuve la sensación de que acababa de superar una licenciatura en paleontología. Nada como una barra libre de preguntas con un sabio como interlocutor y con su sabiduría como tema.

En los años 70 del pasado siglo, Bonaparte consiguió reunir muchas piezas de un colosal dinosaurio y, después de estudiarlo y clasificarlo, decidió montar el esqueleto del holotipo (el particular ejemplar que sirve de referencia para la descripción de una nueva especie) para su exposición única y permanente en una de las salas del Museo Argentino de Paleontología. Empleó mucho tiempo y concentración en completar y reconocer todas y cada una de las piezas, mucho tiempo en diseñar un soporte y una manera de sujetar cada pedazo en su lugar sin dañar ni marcar el más delicado de los huesos, y dedicó muchísima paciencia y tesón para llevar todo el proyecto a buen fin solo con la ayuda de sus propias manos.

Cuando finalmente culminó el proyecto se pasó varias horas observando el ejemplar desde todos los ángulos posibles y también con distintas iluminaciones (como debió hacer Miguel Ángel cuando acabó su escultura de David).

Al día siguiente, Bonaparte salía para un viaje de dos semanas a Europa y dejó normas, más bien súplicas, para que la obra fuera a la vez visitada y respetada. Imploró más que exigió un margen de tres metros de tierra de nadie y también vigilancia las 24 horas del día hasta que él estuviera de regreso para supervisar también la instalación de seguridad definitiva. Sus últimas palabras al director fueron: «Recuerda que nadie sin tu expresa autorización puede acercarse demasiado a esta joya».

Bonaparte se marchó. Y Bonaparte volvió. Durante el vuelo de regreso no consiguió apartar el amado dinosaurio de su imaginación. Aterrizó, tomó un taxi y enfiló directamente la carrera hacia el museo. Subió la escalinata de la entrada de tres zancadas y se plantó en la sala del recién renacido dinosaurio. Pero, bramó, «¡¿qué demonios está pasando aquí?!», «¡¿qué están viendo mis ojos?!»

El esqueleto había sido abordado por unos 50 escolares de uniforme y se dedicaban a acariciar en silencio cada hueso, cada diente, cada articulación. De lejos parecía un ejército de hormigas despachándose un trofeo de caza mayor, hormigas humanas en la cola, entre los dientes, en la columna…

A Bonaparte se le escapó un alarido de desesperación que sonó como un trueno y que sobresaltó a todos los pequeños al unísono: «¡¿Estáis todos locos?!». «¡¿Quién ha autorizado este tsunami?!» Bonaparte repitió la pregunta totalmente fuera de sí: «¿Quién ha autorizado esto? ¡Niños, apartaos inmediatamente de él!» En ese momento llegó el director del museo soplándose el dedo índice para reclamar calma: «Bonaparte, lo he autorizado yo… ¡Son niños ciegos!».

«Che, amigo, ¡no he vuelto a sen tir tanta vergüenza en toda mi vida!»

Jorge Wagensberg, Facultad de Física de la Universitat de Barcelona.

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