El divorcio entre Berlusconi y Fini

A finales de julio se ha consumado el divorcio entre el fundador del Pueblo de la Libertad, Silvio Berlusconi, y el cofundador, Gianfranco Fini. Una separación que pone fin a una asociación que ha durado 16 años y de la que ambos han obtenido grandes ventajas.

Berlusconi, empresario del ladrillo que con los socialistas de Craxi había encontrado la ocasión de asentarse en las televisiones comerciales gracias a la ley Mammì -primera ley ad personam hecha para él-, perdía en los primeros años noventa a su protector político, demolido por las investigaciones de Manos Limpias, y veía amenazado su fuertemente endeudado imperio económico.

Fini, en esos mismos años, ponía en riesgo de desaparición a su Movimiento Social Italiano-Derecha Nacional al proponer a los electores, en 1991, “el fascismo de 2000”.

En diciembre de 1993, aprovechando oportunamente la corriente suscitada por Tangentopoli en contra de la corrupción imperante, Fini transformó al MSI-DN en la Alianza Nacional, coaligándose después con Forza Italia para las elecciones de 1994, con las que dio comienzo el victorioso ingreso en política de Berlusconi.

Fini consiguió con Berlusconi su salida de las alcantarillas, a las que le habían relegado durante decenios los otros partidos del “arco constitucional”.

Berlusconi obtuvo de Fini una organización bien arraigada en el territorio y de valor esencial para el éxito político que supone haber ganado ya tres veces las elecciones en los últimos 15 años saneando asimismo las deudas de sus empresas.

La unión no fue siempre apacible y ya inmediatamente después de las elecciones de 1994, cuando Berlusconi impulsó entre sus primeras medidas el decreto ley conocido como salvaladrones para mandar a su casa a los implicados en Tangentopoli, Fini amenazó con retirar su apoyo al Gobierno, obligando a Berlusconi a renunciar a la ley.

Fini ha sabido explotar mejor los éxitos de la asociación. Primero fue vicepresidente del Gobierno y después ministro de Asuntos Exteriores, utilizando tal visibilidad para quitarse de encima el estigma de fascista, como cuando, encontrándose en Israel, definió al fascismo como “el mal absoluto”.

Berlusconi, en cambio, aprovechó la reforma electoral de 2005, denominada “una cochinada” por su propio autor, el liguista Calderoli, para elegir a los parlamentarios más fieles y garantizarse la aprobación de leyes ad personam con las que tratar de escapar a la acción de la justicia.

Tras la victoria electoral de 2008 se ha acentuado la bifurcación entre los dos líderes. La aplastante mayoría obtenida enel Parlamento ha infundido a Silvio Berlusconi la sensación de mandar en Italia, lo que le ha llevado a lanzar desafíos e intimidaciones a las instituciones, incluido el presidente de la República.

Como presidente de la Cámara de Diputados, Fini ha observado la deriva cada vez más absolutista de Berlusconi y se ha dotado de un papel institucional de notable consistencia, marcando progresivamente sus distancias desde la legalidad y la democracia y conquistando estima y respeto en sintonía con el jefe del Estado.

De este modo Fini puede reconocerse como el fundador de una derecha moderna, netamente distinta tanto de la populista y especuladora de Berlusconi como de la xenófoba y provinciana de la Liga de Bossi.

Con esta innovadora interpretación de la derecha, Fini se ha opuesto, por último, a la ley mordaza pretendida por Berlusconi para impedir las escuchas telefónicas y su publicación en los periódicos, obligándole, también en esta ocasión, a retirarla. Una ley que hubiera favorecido a los clanes que pueblan el mundo berlusconiano y que el jefe del Estado ha definido como “miserables camarillas”.

La propuesta de Fini es la de una derecha inédita que evoca la histórica de Cavour y de Minghetti, devota de las instituciones y que conquistó la unidad de Italia arrebatándole Roma al Papa en 1870.

Una derecha laica, tanto entonces como ahora, en la que Fini suscribe el testamento biológico y se inclina por la libertad de opciones para el final de la vida, como quedó evidenciado en el caso Englaro. Una derecha liberal favorable a la integración y a la extensión de la ciudadanía a los inmigrantes. El coraje de Fini ha vaciado de credibilidad a Berlusconi, pero cómo vaya a apreciar el electorado en el futuro esa innovadora interpretación de la derecha, hasta ahora tradicionalmente ligada al Vaticano, es todavía un misterio. De hecho Berlusconi se ríe de Fini, al atribuirle tan solo el 1,4%.

En estas fascinantes evoluciones políticas de la derecha, el papel de la oposición ha sido irrelevante y el Partido Democrático ha hecho de simple espectador.

D’Alema, en ese PD, pide un Gobierno de transición para modificar la ley electoral antes de unas nuevas elecciones, que la radical Emma Bonino, en cambio, ya prevé para abril del año 2011.

Es verdad que los colegios uninominales serían el único modo de intentar derrotar a Berlusconi después de que el centro-izquierda, desatendiendo al conflicto de intereses, le haya permitido dominar 10 televisiones sobre 11, controlando así el voto de provincias; pero en sí mismo el tema electoral está demasiado alejado como para interesar a unos ciudadanos que hoy están ocupados con la crisis económica y ciertamente no recuperaría para el centro-izquierda los consensos que sigue perdiendo, al no conseguir entrar en sintonía con la sociedad civil ni desarrollar alianzas con otros partidos.

En la gravedad del momento, una parte no pequeña de la izquierda observa con mucho interés nada menos que la sorprendente trayectoria de Fini, el posfascista, a la espera de una búsqueda de liderazgo democrático que la opaca gestión de Bersani no consigue satisfacer.

Shukri Said, secretaria y portavoz de la Asociación Migrare. Traducción de Juan Ramón Azaola.