El dogma de la unidad del castellano

La primera vez que vi la película mexicana «Amores perros» entendí muy poco. Durante largas partes de la película, el lenguaje del protagonista, un adolescente Gael García Bernal, me pareció un acertijo violento y apasionado cuyo significado no era capaz de desentrañar. Si no hay nada malo en no comprender, pues a toda comprensión le precede una incomprensión, debo reconocer que el español en que hablaban los personajes de «Amores perros» superaba mis capacidades lingüísticas. Jamás había pensado que al dinero se le pudiera llamar lana y que para decir que alguien era muy malo se debiera utilizar la palabra naco. Solo después aprendí que, cuando viajan a México, nuestros pijos se transforman en fresas. El significado de la lengua castellana que se habla en esta película no es transparente para ningún español, ni tampoco para muchos hispanoparlantes de otros países latinoamericanos. Creo que un venezolano de más o menos mi misma inteligencia hubiera comprendido tan poco como yo. Sin duda, a aquella persona que asistió al cine hace 18 años unos subtítulos le hubieran venido bien. Es probable que el productor que decidió poner subtítulos a la película «Roma» no sea un loco, ni un ignorante. Pudo haber venido conmigo al cine y haberse sentido decepcionado por no haber entendido de modo cabal los diálogos del filme con el que Alejandro González Iñárritu debutaba como director en la historia del cine.

El dogma de la unidad del castellanoSi el cliente medio de Netflix en España no entiende algunos diálogos de «Roma», ¿qué tiene de malo que unos subtítulos le ayuden a comprender su contenido? Es posible que deseemos un público a quien no le perturbe desconocer un par de palabras y que tenga la paciencia suficiente para sacar por el contexto el significado de unas pocas palabras diferentes en el español de México y en el de España. Pero si este no es el caso, y más allá de nuestros buenos deseos parece que no lo es, los subtítulos son el mejor remedio para que este público impaciente se acerque a la reciente obra maestra de Alfonso Cuarón. Más allá de algunos errores y excesos en el subtitulado de «Roma» (todos ellos debidamente recordados y ridiculizados), el subtitulado es una manera rápida y estéticamente neutra de ofrecer al espectador la traducción de palabras que desconoce. En su crítica al subtitulado de «Roma», Álex Grijelmo ha dicho que ni «Cien años de soledad» ni «El Quijote» necesitaron traducción. Parece olvidar que la mayoría de las ediciones de «El Quijote» poseen un glosario explicativo, ya sea a pie de página, ya al final del texto (y por supuesto hay que recordar la versión actualizada de Andrés Trapiello). También la edición de la Real Academia de la Lengua de «Cien años de soledad», de García Márquez, se lee con las notas al pie para las palabras del español de Colombia, que no se supone un hispanoparlante medio deba conocer. ¿Y qué son las notas a pie sino un modo de subtitulado?

¿Por qué, entonces, se ha producido un escándalo tan colosal? Porque ha tocado una de las fibras más sensibles de la cultura española: la de la unidad de la lengua castellana. Se trata del último dogma de la maltrecha y rota cultura hispánica, tanto en su dimensión nacional como internacional. Si España y las repúblicas latinoamericanas entienden de manera diferente la Conquista -gesta histórica para unos, genocidio primitivo para los otros-, si la unidad religiosa ya no existe y la que existió provoca más vergüenza que orgullo, si en el mestizaje que unos aplauden, otros solo ven la consecuencia de una violación, la lengua castellana se convierte en el último y rentable mito por el que españoles y americanos nos podemos sentir unidos. Mejor, entonces, no recordar aquellas situaciones en las que también la lengua deja de unirnos. ¿Para qué discutir el único día del año que nos vemos?

Aunque parezca exagerado, se trata de un dogma, uno de esos principios no falseables que el filósofo y pensador Karl Popper denunció como propios del razonamiento anticientífico. Los dogmas explican la realidad, la determinan, no son modificados por la experiencia. La unidad de la lengua española es el último dogma mítico que nos une. Por este motivo, cuando exista algún acontecimiento, cuando algún hecho real y concreto la niegue, el mito simplemente afirmará que el desvío no existe. Cuando el mito es lo suficientemente fuerte, será capaz de vencer a la misma realidad, como ha ocurrido en este caso. En una sociedad que se piensa a sí misma como abierta a todas las opciones, Netflix ha retirado la posibilidad de ver «Roma» con subtítulos, como si a ninguno de sus usuarios le fueran útiles, como si todos fueran a esforzarse en inferir los significados de las palabras mexicanas que no les suenen.

Aunque se nieguen de modo exitoso, existen situaciones que muestran que el español es más rico que unitario. Además del caso de «Roma», los espectadores de los medios audiovisuales son especialmente impacientes con estas diferencias. Por este motivo, las productoras cinematográficas contratan dos doblajes diferentes, el peninsular y el mexicano neutro, para la mayoría de los grandes éxitos de Hollywood y todas las películas de dibujos animados. Si con el escándalo de Roma se ha criticado mucho la noción del español neutro, los hispanoamericanos prefieren escuchar las películas habladas en un mexicano neutro, que nadie habló jamás, que en un impulsivo y «bravo» español peninsular. Peor aún, para todas las películas que no se doblan a este mexicano neutro, los espectadores latinoamericanos prefieren la versión original subtitulada, antes que un doblaje peninsular que en Latinoamérica causa risa. En su defensa de la unidad del castellano, Juan Villoro ha dicho que jamás se doblaría una película de Almodóvar en América. Una vez más, el dogma es capaz de anular la realidad. A lo largo de mi vida, he comprobado que muchas películas españolas son dobladas para ser emitidas por televisión. Para mantenerme en el reino de lo concreto, tan rápidamente abandonado en las discusiones dogmáticas, escuché en mexicano neutro «Intacto» y «Camino» en el cable americano.

Reconocer las diferencias no significa afirmar que el español de México y el de España son dos lenguas diferentes. Se trata de una lengua común en la cual la comunicación se hace a veces difícil. Sin este reconocimiento, se perpetuará uno de los grandes males en las relaciones contemporáneas entre España y los países latinoamericanos: una enorme cantidad de buenos deseos construidos sobre un inmenso y mutuo desconocimiento.

Miguel Saralegui es profesor de la Universidad del País Vasco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *