El dólar y el euro

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 18/12/07):

Según ciertos medios de comunicación europeos, la economía estadounidense se halla sumida en una profunda crisis que puede llegar, incluso, a la parálisis. Los estadounidenses están desesperados y llegan incluso a ser presa de pánico. No obstante, si vive en Estados Unidos, le costará detectar señales de tal desesperación aun disponiendo de una lupa. Es cierto que el dólar ha perdido aproximadamente un 11% de su valor desde principios de año en comparación con las monedas europeas, y un 20% desde que Bush dio comienzo a su primer mandato. Los estadounidenses que viven en el extranjero (y que reciben sus ingresos de casa) pasan sus apuros correspondientes, y los que visitan Europa se quedan pasmados: todo parece costar el doble en comparación con las tiendas, los hoteles y los restaurantes de su país (por otra parte, muchos europeos pasan ahora largos fines de semana de compras en Nueva York y otras ciudades estadounidenses). Pero el estadounidense medio no repara en ello a menos que compre ropa de moda parisiense y equipaje de Louis Vuitton. En cambio, las exportaciones estadounidenses son las más elevadas desde hace muchos años y la economía crece en mayor medida que la mayoría de las economías europeas. Los titulares de la prensa estadounidense dicen: “El dólar cae, es una buena noticia” (The New York Times).

¿Cómo explicar esta aparente paradoja? Los economistas estadounidenses razonan como sigue: desde la Segunda Guerra Mundial, el dólar fue la moneda dominante en el mundo. Era una cuestión de prestigio, pero no podía durar indefinidamente. El dólar estaba sobrevalorado, factor negativo para la economía estadounidense. Si ahora el dólar baja, es una pérdida de prestigio, pero favorece a la economía. Estados Unidos afronta problemas económicos: durante años ha gastado más de lo que ha ganado. Debería haberse esforzado mucho más para crear y usar fuentes alternativas de energía ahora que el precio del petróleo ha subido astronómicamente. También es cierto que la economía estadounidense, al igual que la mundial, necesita estabilidad monetaria para prosperar. Pero pese a lo que antecede, pocos consideran en Estados Unidos que el descenso del dólar sea el más importante de los peligros.

Sin embargo, la verdad es que se trata de un serio problema para Europa, y Washington se ve constantemente presionado por Bruselas y las capitales europeas para detener el descenso del dólar. El presidente Sarkozy, pese a sus sentimientos amigables hacia EE. UU., pronosticó una guerra económica a menos que se detenga el descenso del dólar. El presidente del Banco Central Europeo lo ha calificado de brutal y otros líderes europeos han empleado expresiones similares. La razón es evidente. En el marco de la debilidad del dólar y la fortaleza del euro, y de la dependencia tan notable de Europa de las exportaciones, la economía europea sufre, mucho más que la estadounidense. Hasta fecha reciente, algunos economistas europeos pensaban que si sus exportaciones a EE. UU. se reducían, podrían encaminarlas hacia Asia. Pero las monedas de Extremo Oriente (incluida la china) han fijado el cambio de sus monedas al dólar y las exportaciones europeas a Extremo Oriente afrontan las mismas dificultades que en otros lugares: son excesivamente caras.

El ejemplo más notable y conspicuo es el del consorcio Airbus, que se ve en serios apuros a la hora de competir con su principal rival, la estadounidense Boeing. Airbus anunció este año un plan de supresión de 10.000 empleos, pero han podido conocerse también planes similares en el caso de otras empresas exportadoras europeas, se trate de automóviles, semiconductores o artículos de lujo. Debido a los altos costes, Rolls Royce ha decidido trasladar una de sus plantas a EE. UU.

En el marco de la actual economía globalizada, una crisis en un lugar del planeta se halla abocada a repercutir en otros países. Algunos bancos estadounidenses han atravesado dificultades a causa de la debilidad del mercado inmobiliario (habían aprobado préstamos e hipotecas sin las adecuadas garantías); las consecuencias se han hecho sentir de forma inmediata en Gran Bretaña, donde algunos bancos se han visto enfrentados a la bancarrota.

Las economías europeas han evolucionado positivamente durante los dos últimos años tras años de estancamiento. Ello obedece al incremento de las exportaciones. Alemania, por ejemplo, es país líder en la exportación, pero si el euro sigue tan alto como ahora durante muchos meses más, será el final del miniboom europeo y el principio de una recesión. Algunos expertos ya han corregido sus pronósticos sobre el crecimiento europeo para el 2008. Iba a ser de un 2,1%, pero calculan que sólo será de un 1,7%.

¿Cómo impedirlo? Evidentemente deberá existir una colaboración más estrecha entre Estados Unidos y Europa; no basta que el presidente Bush manifieste que “queremos un dólar fuerte”. Los inversores estadounidenses no se pueden permitir demasiadas pérdidas en las bolsas durante demasiado tiempo y sigue acechando el riesgo de que la situación se descontrole.

En fin, para decirlo una vez más: Europa necesita un remedio aún más urgente. Los profetas económicos más solventes señalan que el tipo de cambio del euro en febrero del 2008 se situará entre 1,30 y 1,35 dólares en lugar de 1,47 y 1,48 dólares como en el periodo reciente. Sin embargo, en este terreno no existen pronosticadores fiables porque no se trata de una ciencia, y las causas del auge y declive de los mercados y las monedas son en buena medida psicológicas. Alguien puede perder la calma, y eso podría ser contagioso. Razón de más, en tal caso, para colaborar.