El Dos de Mayo no tendrá lugar

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 04/05/08):

Nueve días después, aún no me he repuesto del doble patatús. ¿Se imaginan ustedes la que se habría montado si, en vísperas de un aniversario redondo de su independencia, nada menos que el vicepresidente de los Estados Unidos regalara a los periodistas una biografía de Benedict Arnold y anunciara públicamente que él y sus compañeros de gabinete siempre se han sentido identificados con quienes, como este general tan brillante como corrupto, se pasaron al bando de los ingleses, alegando que lo mejor para el progreso de las colonias era que continuaran perteneciendo a la corona británica? ¿O si un portavoz del Elíseo anunciara que a quienes de verdad admiran sus actuales moradores es a Pétain, Laval, Darlan y demás capitostes del régimen de Vichy? ¿O si el senado romano hubiera hecho una declaración encomiástica sobre Coriolano en conmemoración de su defección a los volscos que sitiaban la ciudad?

O, para que me entiendan hasta en la secretaría de Organización del PSOE, ¿se imaginan adónde tendría que haber emigrado un hipotético vicepresidente de la Junta Directiva del Barça si tres días antes de la primera visita del Madrid galáctico al Camp Nou hubiera obsequiado a los reporteros con un libro titulado De Ricardo Zamora a Luis Figo, historias del Puente Aéreo, explicando que a su entender nada refleja mejor los grandes valores del deporte como la versatilidad de aquellos ex azulgranas que terminaron vistiendo de blanco?

¿Verdad que no cabe mayor extravío que en una encrucijada dramática y emotiva ponerse a jugar contra el equipo de casa y encima hurgando en la llaga que más duele? Pues bien, exactamente eso es lo que hizo María Teresa Fernández de la Vega cuando compareció en la rueda de prensa del penúltimo Consejo de Ministros pertrechada de un centenar de ejemplares de Los afrancesados de Miguel Artola y realizó dos afirmaciones de las que dejan estupefacto a cualquiera que sepa un poco de qué fue aquella fiesta.

«Las ideas reformistas y avanzadas que muchos de esos afrancesados compartieron han seguido impulsando a generaciones de españoles que han luchado, que hemos luchado, por la libertad y el progreso de nuestro país», afirmó la vicepresidenta. Y añadió: «Ellos fueron los que por primera vez defendieron un concepto de Gobierno responsable, que debía ocuparse de que los ciudadanos accedieran al bienestar e incluso a la felicidad».

O sea que, en primer lugar, cuando llega el bicentenario de 1808, la fuente de inspiración de este Gobierno no está en esa mayoría de patriotas que se subleva contra el invasor, alumbra el concepto moderno de nación y sirve de ejemplo democrático al mundo al aprobar la Constitución del 12, sino en la minoría colaboracionista que trata de asentarse en el poder al pairo de un ejército extranjero y bajo la bochornosa coartada de la Carta otorgada de Bayona. O sea, que en segundo lugar, las Luces no comienzan a tener efecto alguno en España ni con los novatores de los reinados de Felipe V y Fernando VI -como si nunca hubieran existido Feijoo y Mayans-, ni con los ilustrados de la España posible en tiempos de Carlos III -Aranda, Floridablanca, Campomanes, Olavide-, ni siquiera con los brillantes reformistas que, como Jovellanos, Saavedra o Urquijo, llegan al poder con Carlos IV, sino cuando una parte de estos últimos abraza la causa josefina. Menudos dos patinazos, doña vice.

Con la cantidad de buenos libros que, desde los de García Cárcel y Pérez Reverte hasta los de Fraser y Esdaile, se han publicado recientemente sobre los orígenes de lo que nosotros llamamos Guerra de la Independencia y los británicos Peninsular War, y con todas las obras importantes que han salido de la pluma de Miguel Artola, Fernández de la Vega fue a escoger la reedición de un trabajo de juventud de primeros de los 50 -no hay que percibir sino el olor a naftalina que desprende el prólogo de Marañón- cuyas tesis han quedado superadas por otros trabajos posteriores y muy especialmente por el minucioso estudio de Juan López Tabar sobre Los famosos traidores.

Aunque luego el propio desarrollo del texto las matiza, ya en la introducción de Los afrancesados incurre Artola en dos apreciaciones que, más que discutibles, resultan hoy en día sencillamente erróneas. Tanto cuando dice que los «afrancesados» constituían «un tercer partido» que tendría a su derecha a los absolutistas y a su izquierda a los enciclopedistas o liberales, como cuando afirma que «con rara unanimidad los ilustrados del tiempo de Carlos III se enrolaron bajo las banderas de Jose I», el gran historiador donostiarra está forzando la realidad para revestir de opción ideológica lo que en realidad fue, en la inmensa mayoría de los casos, un dilema político anclado en los habituales criterios de fría oportunidad y ramplón oportunismo.

El principal argumento de mi carta de hace un par de meses Acertó Jovellanos, erró Cabarrús era que en las grandes encrucijadas -y la de la España actual vuelve a serlo- la fidelidad a los principios debe prevalecer sobre el pragmatismo, el utilitarismo y el tacticismo. Y, de repente, la virtud tiene su recompensa. Todo parecía estar a favor de los josefinos, pues la maquinaria napoleónica era muy superior a la que improvisadamente fueron engrasando las Juntas Provinciales, pero los que se equivocaron fueron los que pensaron que la ocasión la pintaban calva y se subieron a la grupa del invasor.

En lo ideológico nada separaba a Cabarrús de Jovellanos, ni a Lista de su querido Blanco White, ni a Llorente de Quintana, ni al Ranz Romanillos de Bayona del Ranz Romanillos de Cádiz. El ejemplo de éste último y de todos aquellos que volvieron al redil del bando patriótico tras la derrota francesa en Bailén -así como la propia inseguridad que desde entonces destila la correspondencia de Cabarrús- es la prueba definitiva de hasta qué punto la mayor parte de aquellos ilustrados estaban mirando con el rabillo del ojo a los demás mientras decían actuar en conciencia y era mucho más la evaluación del momento que el convencimiento intelectual lo que terminaba arrojándolos a uno u otro lado del acantilado.

Tanto el profundo texto de Carmen Iglesias para la muestra Dos de mayo, un pueblo, una nación -aunque el alcalde va bien en otras cosas, Esperanza Aguirre le ha ganado por goleada a Gallardón la guerra de los catálogos- como el documentado artículo que publicaba ayer en nuestras páginas su colaborador Alejandro Diz zanjan en mi opinión este debate, muy en línea con el libro de López Tabar y dejando en fuera de juego a Fernández de la Vega. Hubo afrancesados reaccionarios, como el arzobispo Amat, Sempere y Guarinos o el marqués de Caballero; afrancesados progresistas, como Marchena, Meléndez Valdés o Moratín; y afrancesados mediopensionistas como tantos y tantos funcionarios que juraron fidelidad a la nueva dinastía para conservar el puesto.

Nada refleja mejor lo que en el fondo les ocurrió a muchos ilustrados -probablemente a la gran mayoría- como las vicisitudes que narra Carmen sobre el lío en el que se metió Goya cuando aceptó el encargo del cuadro Alegoría de la Villa de Madrid, con el que el ayuntamiento de la capital quería agasajar al nuevo monarca. El medallón ovalado, sujeto por cuatro querubines ante la mirada complaciente de la matrona que representaba a la ciudad, contenía inicialmente un retrato de José I. Cuando éste tuvo que salir la primera vez por piernas a los pocos meses, su rostro fue sustituido por la aún nada comprometedora palabra Constitución, que bien podía referirse tanto a la de Bayona como a la que pedían los patriotas. Cuando Napoleón repuso a su hermano en Madrid, el lienzo volvió a su estado original; pero luego los avatares de la guerra llevaron al medallón la efigie de Fernando VII y finalmente la inscripción Dos de Mayo, quedando constancia siempre del nombre del ayudante del pintor encargado de cada actualización. La estructura de la composición tenía la ventaja de que, ocurriera lo que ocurriera, la matrona siempre seguía ahí, impertérrita, con su escudo de la villa y su perrito faldero a los pies.

Se trata de una buena metáfora también de la capacidad camaleónica del socialismo español, camino ya de sus primeros 20 años en el poder cuando aún no se han cumplido 30 de régimen constitucional. No sólo porque la imagen de Zapatero es ahora objeto del mismo fetichismo político que suscitaba la de González, sino sobre todo porque los Gobiernos del PSOE y, de manera notable, el representado por Fernández de la Vega han exhibido un singular don de la adaptación, según cual fuera la intensidad de los vientos de esa invasión de España desde dentro, paulatina pero implacable, a la que llamamos nacionalismos.

Este Gobierno ha demostrado que es capaz de negociar políticamente con ETA hasta el extremo de ofrecer a los terroristas fórmulas transaccionales sobre Navarra y de permitir que la mitad de sus candidatos volvieran a los ayuntamientos. Pero con idéntico desparpajo tampoco ha tenido el menor empacho en respaldar luego al más españolista de los partidos navarros o en instar ahora al fulminante encarcelamiento de los mismos proetarras -alcaldesa de Mondragón incluida- a los que tanto contribuyó a encumbrar. Y en Cataluña nos tiene ya tan acostumbrados a parecidos juegos malabares a cuenta de la soberanía nacional que nadie se ha inmutado cuando un magistrado del Constitucional, algo más alegre que el resto, ha tenido el detalle de filtrar, coincidiendo con el Dos de Mayo, que la mayoría se inclina por admitir el autorreconocimiento como nación… ¡de los compatriotas de Montilla!

No sé si Fernández de la Vega está al tanto de que uno de los mejores proyectos de la monarquía josefina, pilotado por Llorente y sólo abortado por la derrota militar, era la abolición de los fueros vascos como antigualla oscurantista y antiliberal. O de que el miembro del Consejo de Estado Francisco Amorós avisó a José I «del mal que ha producido que hubiese tantos aragoneses, andaluces, vizcaínos, castellanos y valencianos y tan pocos españoles verdaderos». No importa demasiado porque la adscripción al afrancesamiento de nuestra vicepresidenta no es programática sino emocional.

De hecho, no podía haber mejor etiqueta para un Gobierno que se siente al mismo tiempo proespañol y antiespañol. Celebrar el Dos de Mayo brindando limpiamente por los patriotas sublevados en nombre de la Nación, como una Esperanza Aguirre cualquiera, habría sido demasiado unidimensional y, sobre todo, no habría irritado a nadie. Igual que asumir el espíritu de reconciliación de la Transición, teniendo tan a mano la Segunda República para distraer a los afines y mortificar a los desafectos. Su empeño es revisar la Historia, no para amortajar con mayor comprensión y compasión a quienes tan trágicamente se equivocaron -lo cual siempre sería loable-, sino para transformar sus yerros en aciertos e inventar un itinerario virtual que desestabilice ante las nuevas generaciones el relato fáctico y la interpretación más solvente y asentada de nuestro pasado común.

Esta falsificación de la Historia no es sino una contribución más a lo que Víctor Pérez Díaz acaba de definir en un excelente artículo como «un país en un estado de arquitectura política fluida, hecha de componentes y materiales elásticos, un país con una conciencia dudosa de sí mismo, con identidades duales y aun trinitarias, con una memoria histórica confusa en estado de reconstrucción permanente». Ni siquiera tan perspicaz analista es consciente de hasta qué punto pueden ser «elásticos» y «fluidos» los criterios de Zapatero sobre casi cualquier cosa.

¿De qué sirven las buenas vibraciones del discurso de investidura del primer candidato sin mayoría absoluta que se ha sentido lo suficientemente fuerte como para no cortejar a los nacionalistas o su airosa afirmación ante el Comité Federal del PSOE de que «gobernar es cohesionar España», si luego calla y otorga ante el disparate del melifluo y acomplejado Antich, cuando desde un ejecutivo socialista utiliza un decreto diseñado en su día para promover el bilingüismo como instrumento para liquidarlo?

No es poden fer versions bilingües. Ésa es la consigna respecto a la señalización de las carreteras, las comunicaciones a los administrados y los contratos con la Administración. Pues bien, tras este designio de una de sus más escuchimizadas hechurillas la pregunta no es, señor presidente, si para alguien como yo el catalán -o en este caso tal vez habría que decir el mallorquín- es o no un idioma español -que por supuesto que lo es-, sino si para usted y los suyos las llamadas Illes Balears son o no una comunidad tan española como Extremadura o Castilla y León.

Los más ingenuos podrán alegar que, puesto que no hay nada nuevo en esta yenca integrista en la que sus socios nacionalistas siempre dan dos pasos adelante y el PSOE sólo uno hacia atrás, estamos como estábamos, sólo que un poco más tensos, un poco más dados de sí en la «elasticidad». Desgraciadamente no es el caso, porque si al principio hablaba de un doble patatús era porque aun más que el afrancesamiento de Fernández de la Vega me sorprende y ofende la falta de reacción de la cúpula de un PP incapaz de aprovechar el regalo de poder identificarse con la sublevación patriótica.

Valencia está casi a la misma distancia de Cádiz que de Bayona, pero más parece que el congreso del PP va a macerarse en la mansedumbre con la que una dinastía sin cabeza entregó la espada que en el espíritu indomable de quienes en la Isla del León desenvainaron la suya.

Según las memorias del obispo Pradt, autodenominado «limosnero del Dios Marte» y presente en el séquito imperial en Bayona, lo primero que dijo su admirado Napoleón cuando llegó al galope al castillo de Marrac después de haber presenciado la desmayada regañina de Carlos IV a su hijo Fernando a cuenta de los sucesos del 2 de mayo en Madrid fue: «¡Ha sido como escuchar al rey Príamo!».

Aunque en los 55 días transcurridos desde las elecciones Rajoy se ha echado 20 años encima ante los ojos de mucha gente, nadie ha tenido motivos para acusarle aún de demencia senil. Pero lo que los españoles necesitan al frente del PP no es al viejo monarca de Troya inconsciente del ocaso de su reino, sino a un paladín de cabeza fría pero sangre caliente.

Absolutamente nadie en el PP cree que este hombre en pleno desistimiento de gran parte de cuanto abanderó en la pasada legislatura pueda ser su Héctor en el 2012. Para tener al menos una remota posibilidad ante Aquiles hay que llegar en plena forma al combate. Y nadie ve ya en él al guerrero de La Iliada, sino al pacifista melancólico dispuesto a devolver a Helena a los griegos y hacerles cualquier otra concesión con tal de que le dejen envejecer en la paz que Jean Giraudoux retrató en La Guerra de Troya no tendrá lugar.

De ahí las palabras clave que el académico francés pone en boca del militar que ha decidido no combatir: «Antes, aquellos que iba a matar me parecían lo contrario de mí mismo. Esta vez yo estaba arrodillado sobre un espejo. El ejército que he recogido odia la guerra».

Ése es el PP de Rajoy: un ejército cuyos mariscales acumulan ya tanto botín y tan prematuros entorchados como para darles pereza entrar en acción. Con tal jefe y tal estado mayor el Dos de Mayo no tendrá lugar. Se conformarán con que les hagan un sitio en el equipaje del rey José.

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