El drama de tener cinco millones de parados

La noticia de este mes, en espera de cómo se comporte la prima de riesgo en septiembre y si se produce o no el rescate y en qué términos, es, sin duda, la renovación del famoso plan Prepara, que está dirigido a los parados de larga duración que agotan los dos años de prestación por desempleo.

Los socialistas han impulsado, sin ningún pudor, una campaña masiva en las redes sociales en apoyo de mantener el plan, al que se refieren, como el mantenimiento de los 400 euros, sin otra alternativa (¡qué diferente es estar en la oposición que en el Gobierno!); Izquierda Unida y los sindicatos han hecho declaraciones de completar la guerra total que anuncian para el otoño, si se suprimía la ayuda prevista en el plan.

¿En qué consiste en concreto el plan Prepara? Es un plan de formación de seis meses de duración, dirigido los que agotan los dos años de prestación, durante los cuales perciben 400 euros -ahora se elevará hasta 450-, con el objeto de tener nuevas oportunidades de encontrar un trabajo. A nadie le interesa profundizar si estamos pidiendo una subvención más, pura y dura, que alargue los dos años de desempleo (duración, que por cierto, nos sitúa a la cabeza de los países europeos) o si, como su propio nombra indica, se trata de preparar a los parados, dándoles una formación específica, que les facilite encontrar empleo. En cualquier caso se puede plantear una pregunta: ¿qué pasará dentro de seis meses cuándo sólo el 7% de este colectivo, haya encontrado trabajo? Se ha acudido con rapidez, para justificar o para criticar, según el caso, a comparar la situación de los parados de larga duración con la de otros países europeos, sin tener en cuenta que sería necesario una comparación de los sistemas de desempleo en su conjunto, si se pretende un estudio homologable. Por ejemplo, en Alemania, un parado de larga duración es aquél que supera el año o año y medio que dura la prestación, en función de su situación familiar. En Italia, habría que hablar de seis meses, en Bélgica puede llegar a tener un carácter indefinido, etc… sin contar el importe de la prestación y las condiciones que cada país impone para cobrarlo. Por otro lado, la situación económica que atraviesa España no nos permite aguantar comparaciones en este terreno. Hay que reducir el gasto público de manera drástica y ello supone abordar las grandes partidas de gasto por más que nos pese y una de ellas es la concepción y el funcionamiento de nuestro sistema de desempleo.

Sin darnos cuenta y de manera imperceptible, acabamos por acostumbrarnos a todo. Lo que en un momento puede parecer duro, chocante o incomprensible, se convierte en habitual, hasta asumirlo como si fuera normal. En una sociedad avanzada y sana, ¿es posible que crezca el número de parados y el número de familias sin ingresos, sin que se produzca ninguna reacción? Cada cuál mira hacia otro lado, a ver si hay alguien que actúe con verdadero espíritu solidario, mientras se busca una justificación para no arrimar el hombro.

Al mismo tiempo, se debería cuestionar si es lógico y razonable, que durante dos años, ese mismo número de parados esté cobrando una renta sin trabajar. En términos castizos, diríamos, sin dar palo al agua y sin aportar nada a la sociedad, que es en definitiva, quién les paga. El dinero público es de alguien, aunque algunos piensen todo lo contrario.

La sensibilidad social se adormece a fuerza de oír todos los días las mismas cifras, asumir el fraude que sabemos que existe y al comprobar que, al menos aparentemente, todo sigue igual. Un momento de reflexión y de lucidez debería llevarnos a pensar que una sociedad con más de cinco millones de parados es una sociedad enferma y, peor aún, está perdiendo su capacidad de reacción. El consuelo de saber que los parados tienen, en el mejor de los casos, una renta mensual suficiente para ir tirando durante dos años, es de una gran ingenuidad y acaba pasando una doble factura: no resuelve el problema real de encontrar un empleo y el drama psicológico que conlleva y, al final, el gasto es tan brutal, que resulta imposible financiarlo.

Se plantea la prestación, es decir, la renta que cobra el desempleado, como un subsidio, como un derecho a cobrar sin trabajar. Entra dentro de ese confuso concepto del Estado del Bienestar que parece que lo asegura todo gratis, como si no tuviera que pagarlo alguien: Educación, Sanidad, jubilación, paro… No es posible pensar que existe una fuente inagotable en sí misma, aunque su financiación atente las leyes económicas más elementales, las leyes demográficas e incluso a la misma ley de la gravedad, si fuera necesario. Es la pérdida de sentido de lo más elemental. Si no hay una financiación sana y responsable, no hay Estado del Bienestar que resista, ni ciudadanos que aguanten la presión fiscal, cada vez mayor, que ello supone. Es necesario conseguir un cambio real, de una vez por todas, de mentalidad hasta conseguir una «transformación estructural» en la manera de entender la responsabilidad individual y la responsabilidad colectiva de los ciudadanos.

El sistema de desempleo se puede contemplar desde otro ángulo: como una gran empresa, con un presupuesto de 35.000 millones de euros anuales, que hay que gestionar y rentabilizar al máximo, con sentido de responsabilidad social y económica. Los gestores de una empresa de ese tamaño tendrían que rendir cuentas al conjunto de la Seguridad Social, que es tanto como decir a la sociedad, a las empresas y particulares, que son en realidad quienes la financian. Hay mucho en juego para permitirnos el lujo de mantener un gasto totalmente improductivo. Mentalidad empresarial y social al servicio de uno de los sistemas más importantes y delicados de nuestra realidad social.

Las personas que se quedan sin trabajo, al mismo tiempo de cobrar la prestación, que es su salario, deberían sentir la necesidad y la responsabilidad de justificar lo que ganan ante la sociedad. ¿Cómo? En primer lugar formándose, asesorados por personas especializadas, para reconvertirse profesionalmente a sectores con mayor oferta de trabajo, con centros de formación, homologados y de reconocido prestigio que cumplan los objetivos de formación previstos. Formación teórica y práctica, adaptada a las características de cada parado, a lo largo de una jornada de trabajo completa.

Hay que cambiar un modelo de financiación de sindicatos y empresarios, que a través de una formación de dudosa calidad y de eficacia consiguen equilibrar sus presupuestos, por otra muy distinta, que prime ante todo la preparación y la necesidad de facilitarle un nuevo puesto de trabajo, es decir, convertirla en una plataforma real que le permita salir de la situación de parado. A partir de ahí, es necesario realizar un esfuerzo activo y continuado de búsqueda de empleo. La idea que se ha manejado últimamente de utilizar a las Empresas de Trabajo Temporal como facilitadores de empleo puede servir de gran ayuda y complementa las acciones que los centros educativos pueden realizar con las empresas, a la hora de facilitarles profesionales bien preparados.

Hay que llenar de contenido el plan Prepara, que como su nombre indica pretende ayudar a encontrar empleo a los que agotan la prestación y extenderlo a lo largo de toda la duración del desempleo. Cuando antes se empiece a preparar al desempleado, menor será el problema al final. La disposición del desempleado debe llevar incluso, en caso de necesidad, a realizar trabajos que se consideren de interés social, adecuados a sus conocimientos, ya que es la sociedad la que les está pagando. Hay muchas necesidades sociales que podrían cubrirse con el trabajo de los parados, además de hacerles sentir útiles a la sociedad.

Sería una forma indirecta de descubrir a aquellos, aunque sean los menos, que han convertido el paro en una forma de vida a costa de los demás y que no podrían mantener en un plan bien diseñado de formación y de empleo social. Los sistemas informáticos permiten hoy en día realizar un seguimiento detallado de cada uno de los desempleados, de sus conocimientos y de su actitud y orientarles en ese duro camino de encontrar un nuevo trabajo y de ayudar más y mejor al que más lo necesite y al que más esfuerzo ponga de su parte. A mi juicio es el cambio estructural más necesario que necesitamos realizar en España, para resolver un drama y a la vez un lujo que no nos podemos permitir.

Sandalio Gómez López-Egea es profesor en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) de la Universidad de Navarra.

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