El duelo entre Picquart y Henry contado a las Nuevas Generaciones

Por Pedro J. Ramírez (EL MUNDO, 24/09/06):

El 6 de marzo de 1898 dos espadachines de engominados bigotes cruzaban sus floretes en la sala de doma de la Escuela Militar de París por una cuestión de honor. Eran dos comandantes del selecto Estado Mayor del Ejército, bautizado por entonces como el Arca Sagrada y considerado como el más firme bastión del patriotismo militar. El uno se llamaba George Picquart y el otro se llamaba Hubert-Joseph Henry. Picquart acusaba a Henry de falsificar un documento. Henry afeaba a Picquart que lo deshonrosamente falso era su grave denuncia. El lance se zanjó con apenas unos rasguños, pero mucho más que dos aceros aquel día chocaron dos códigos de conducta.

Como probablemente muchos de vosotros, queridos amigos de las Nuevas Generaciones del Partido Popular, sabéis, estos dos oficiales eran los principales actores secundarios del caso Dreyfus, en la medida en que el uno estaba empeñado en revisar la investigación que había servido para establecer la versión oficial de los hechos y el otro se oponía denodadamente a ello. Algo muy parecido a lo que viene sucediendo desde hace ya dos años en España y yo me alegro de que uno de los momentos más críticos de este debate esté coincidiendo con vuestro Congreso, para poder recordaros esa historia y trasladaros algunas reflexiones al respecto.

Trato de empezar a cumplir así con la deuda de gratitud y los lazos de amistad que quedaron establecidos este verano cuando cientos de vosotros interrumpisteis vuestras vacaciones y con el petate del idealismo en ristre os sumásteis al movimiento que habían iniciado vuestros primos hermanos del Círculo Balear y la plataforma cívica Son Servera ¡Basta ya! y acudisteis a la playa de Es Marjal en defensa de la libertad de expresión, la convivencia y la tolerancia, amenazadas por los independentistas radicales que intentaban coaccionarnos a mi familia y a mí, como castigo a las ideas que defiende este periódico, con la estúpida coartada de una diminuta piscina que, como bien reitera Eduardo Inda, sólo podría ser definida como «la más legal de España».

Al uniros a los más de 2.000 mallorquines anónimos que aquel día se movilizaron en defensa de esos valores y de un modelo de hospitalidad y prosperidad como el que hoy lidera políticamente con gran acierto Jaime Matas, obtuvisteis una memorable victoria numérica y moral, pero sobre todo nos disteis la oportunidad a quienes os tratamos de constatar la intensidad de vuestra conciencia cívica, el entusiasmo de vuestra militancia política y, desde luego la solvencia de vuestras articuladas opiniones sobre casi todo.

William Pitt fue primer ministro a los 24 años. Rajoy puede muy bien ganar las próximas elecciones, pero como no lo haga, que se echen a temblar los ambiciosos propagandistas de sí mismos, que ahí llegan Carmen Fúnez, Nacho Uriarte, Toni Fuster, Manolo Gómez o Marcos Alós. Bromas aparte -que tal vez no lo sean tanto porque el relevo generacional ya se masca en el PP- aquellas intensas horas de tertulia a mar abierto, en las que pese al cansancio y a las incomodidades de un alojamiento improvisado nadie rompió ni siquiera un vaso de plástico ni dio una voz más alta que otra, nos permitieron descubrir que sois la organización juvenil mejor preparada con la que jamás ha contado un partido democrático en toda la Historia de España.

No se si -más allá de Angel Acebes que se desvive hasta por el último militante, mientras a diario le linchan en efigie- vuestros propios dirigentes son conscientes del capital humano que atesoran.

Si lo que necesitan es pinchar rápidamente el globo de esa extrema derecha vociferante, atrincherada en el integrismo religioso, en la intolerancia moral y en el cuestionamiento del juego democrático que una vez más vuelve a inventarse un Gobierno en graves apuros, no tienen más que daros cancha a vosotros. Si todos los demás sois como esos cientos con los que yo he charlado este verano, un viento de moderación exigente, de genuino centrismo, de liberalismo práctico y sobre todo de compromiso con la búsqueda de la verdad y la consecución de la justicia se extendería por toda España con vuestras comparecencias públicas.

No creo que me dejéis por mentiroso si, puestos a resumir el temario de nuestras conversaciones en Mallorca, subrayo que junto al interrogatorio sobre cábalas políticas, ninguna de las cuales por supuesto eludí -«la suerte de Mariano depende de la de ZP…»; «¡claro que me gusta mucho más la conducta de Esperanza que la de Alberto!…»; «de no ser por el coraje que le echa Eduardo, al PP se lo comerían por las patas en el Parlamento…»- y junto a vuestro casi unánime diagnóstico de que si el Gobierno de Aznar no se hubiera llamado andana ante la urgencia de la concesión de plenos derechos civiles a las parejas homosexuales, ahora no habría habido que pechar con la incómoda oposición a que a eso se le llame matrimonio, el asunto estrella al que una y otra vez dabais vueltas y revueltas, sobre el que apuntabais vuestras teorías a la vez que indagabais en las mías, era el 11-M.

Qué útil habría sido para vuestros mayores escucharos. Porque hablabais con el corazón, pero también con la cabeza. El catálogo de cosas que no os cuadran coincidían básicamente con el mío y, aunque a veces ibais algo más lejos que yo en las conclusiones, el mensaje final sólo era uno: no podremos sentirnos en paz ni con las víctimas ni con nuestras conciencias hasta que averigüemos todo lo que sucedió, por qué sucedió y para qué sucedió. Formáis parte de los sectores más dinámicos y lúcidos de la sociedad española -sois una magnífica muestra de su diversidad en la modernidad- y sabéis perfectamente que, dentro de 93 años, cuando acabe el actual siglo XXI, ese 11 de marzo de 2004 continuará siendo una de las tres o cuatro fechas clave que habrán orientado la historia de toda la centuria.

Recuerdo muy bien vuestra perplejidad ante los planteamientos de quienes, haciéndoles el juego a las fuerzas gubernamentales que abortaron la investigación parlamentaria, ahora denigran la nuestra con la vana pretensión de detenerla. ¡Ay estos perros del hortelano que suspiran con igualarnos a todos por el rasero de su impotente mediocridad y su olímpica pereza! Es una España más rancia que vieja cuya conformidad con lo establecido predomina sobre cualquier ideología y no se quiebra ni ante las mayores infamias.

Así era el comandante Henry. Puesto que el alto Estado Mayor había decretado que el capitán Alfred Dreyfus era culpable de entregar secretos de Estado a la odiada embajada alemana y la Justicia Militar lo había corroborado, aquel oficial judío tenía que ser necesariamente culpable. Cualquiera que lo pusiera en duda, cualquiera que mantuviera teorías alternativas, cualquiera que pretendiera revisar el proceso debía ser considerado como un peligro para el orden institucional.

Y así es como veía a su colega Picquart, aquel empecinado y meticuloso jefe de la sección de estadística que andaba revolviendo papeles, cotejando testimonios y recabando antecedentes sobre ése y otros hechos similares. A los ojos de Henry, el tal Picquart se limitaba a hacerles el juego a los desestabilizadores miembros del llamado sindicato -ya veis lo poco originales que son algunos popes de nuestra progresía-, compuesto por un grupo de periodistas arrogantes con afán de notoriedad, intelectuales sin respeto por la jerarquía y políticos en baja buscando el último clavo al que agarrarse.

Frente a las teorías conspirativas de los Zola, Clemenceau o Jean Jaures, Henry y todos los que se sentían partícipes de un rígido sistema de poder basado en certezas incuestionables contaban con la firmeza del Gobierno y sus aliados parlamentarios, con el respaldo sin fisuras del alto mando y con la impagable -pero extraordinariamente bien pagada- prensa antidreyfussard en la que convergían extraños compañeros de cama como los principales órganos del republicanismo y los carcamales de La libre parole, empeñados en negar a los demás el abecé de su propio título y en investigar tan sólo las investigaciones de sus adversarios periodísticos.

Ni siquiera las declaraciones de destacados científicos encabezados por el propio director del Instituto Pasteur, Emile Duclaux cuestionando la falta de rigor de la instrucción sumarial y acusando a las autoridades de desdeñar la doctrina de las probabilidades y encerrarse en la cueva de su propia conveniencia para atajar todo riesgo de recibir la luz, sirvieron durante años para cambiar las cosas. El culpable oficial se pudría en la Isla del Diablo y la verdad oficial se fosilizaba como una barrera cada vez más infranqueable. Pero, de repente, Picquart comenzó a descubrir cosas.

El mero riesgo de que a través de las pruebas grafológicas y documentales se atisbara la posible existencia de un culpable alternativo -el también comandante Esterhazy- empujó a Henry a tomar la resolución extrema de falsificar un importante documento. No preparó ninguna mochila, ni colocó ningún Skoda Fabia, pero, utilizando exactamente la misma técnica de recortar y pegar a la que en la era del ordenador recurrieron hace año y medio en España el comisario Santano y sus cómplices -aunque con mucha más pericia artesanal-, Henry manipuló una carta del encargado de negocios italiano a su colega alemán para incluir una morcilla incriminatoria para el culpable oficial.

Si lo de ahora ha sido suprimir (las menciones a ETA), lo de entonces fue introducir (las alusiones a Dreyfus), pero ambos fraudes surtieron su efecto judicial al ser remitidos reservadamente a los tribunales y quedaron impunes durante más de un año. Sin embargo, el paralelismo más fascinante es que uno y otro fueron descubiertos como consecuencia de sendas ofensivas periodísticas cuya punzante insistencia terminó por exasperar a los gobernantes e impulsarles a cometer errores que dejaron con el trasero al aire a los falsarios.

El Ministerio de Defensa francés se querelló contra Zola por las imputaciones ad hominem incluidas en el célebre artículo J’Accuse y, tratando de poner en evidencia la falta de base de sus tesis, aportó atolondradamente como prueba el documento falsificado por Henry. Zola fue condenado por difamación, pero en cuestión de semanas la manipulación quedó al descubierto, Henry fue detenido y, tras autojustificarse como autor de una «falsificación patriótica», se suicidó, cortándose la yugular con la navaja de afeitar.

Esperemos que en nuestro caso la sangre no llegue al río, pero si por el simple hecho de recolectar unos papeles Rubalcaba ya ha desencadenado un enorme estropicio, más vale no imaginarse lo que sucedería si el presidente cediera a su instinto básico de la mañana del jueves -en La Moncloa hasta el más bambi se vuelve tigrekhan- y presentara una querella por calumnias contra EL MUNDO. ¿Cabe mejor muestra de buena voluntad y juego limpio que advertirle al Gobierno que en Pradillo 42 los dedos se nos hacen huéspedes sólo de pensar la relación de documentos cuya aportación al procedimiento solicitaríamos como pruebas de descargo?

Fue al revisar las carpetas para atender la petición del ministro, empeñado en acumular munición para acallar nuestras insidiosas sospechas sobre los explosivos, cuando los peritos que habían elaborado el documento auténtico sobre la coincidencia del ácido bórico en manos de etarras e islamistas, descubrieron que sus jefes le habían dado al juez gato por liebre. Y si esto lo han hecho con un asunto de trascendencia limitada para el procedimiento, «cualquiera sabe» -por usar la expresión favorita del más poderoso de los hermanos Chaves- lo que habrán hecho con los informes sobre los restos de los focos de los trenes, el callejón de Trashorras o la mochila de Vallecas.

Todo lo que sea mover la gazapera va a ser bueno para el esclarecimiento de los hechos porque estoy convencido de que la mayoría de los policías españoles -empezando por ese titular del carné profesional número 9 que firmó en primer lugar el informe auténtico- se identifican mucho más con la recta manera de entender su profesión del comandante Picquart que con las chapuzas a lo Henry, engendradas por el patriotismo de partido de los Telesforos, Santanos y Rodolfos.

Puede que Trashorras no sea Dreyfus -tampoco Landrú- y, a pesar de nuestras cada vez más fundadas sospechas, tal vez al final ni siquiera exista un Esterhazy que interviniera en el 11-M en colaboración con los islamistas. Pero, como decía Zola, estamos obligados a «exigir toda la luz». Porque lo que sí siguen existiendo son dos maneras de ser militar, policía, fiscal, juez, político o periodista. Y fijaros lo amplio que llega a ser ese margen, que se puede ser periodista al modo de Casimiro García-Abadillo o al modo de esa recua de alcornoques que desde su Colegi de coleguis tienen los zanganísimos cullons de alegar que lo nuestro no es información.

Ya ha empezado la caza de brujas. Quieren amedrentar a los peritos para que no cuenten la verdad en el proceso judicial que en todo caso se avecina. Les han vilipendiado por actuar con profesionalidad y quien sabe hasta dónde están dispuestos a llegar si perciben que su moral no se quiebra. A Picquart lo difamaron, lo expedientaron, lo apartaron del Ejército e incluso lo metieron en el trullo. Pero la verdad no sólo le hizo libre sino que le sacó a hombros de su mazmorra, le convirtió en modelo de los futuros oficiales y en ídolo del común de las nuevas generaciones.

Por eso he querido escribiros hoy a vosotros. Sois ya 65.000 pero representáis a muchos más, la mayoría de los cuales ni siquiera han nacido aún. Porque, como escribió León Felipe, «el mundo es algo que funciona como el piano mecánico de un bar», o, para ser más exactos, «el mundo es una slot-machine». Cuando «la máquina se para» hay que echar una estrella -«Drop a Star»- por «una ranura en la frente del cielo sobre la cabecera del mar». Él la bautizó como la «estrella de los Nacimientos». Hablaba, claro está, de la mágica luz del porvenir, del «himno venidero de los hombres».

El final de esta historia es lo único que cuenta. Lo que vosotros y quienes vendrán después piensen de este obcecado empeño. Por eso os pido ayuda, con la seguridad de que al más quijotescamente empecinado de nuestros poetas contemporáneos no le importará que pluralice los tres últimos versos de su más magnético poema de aventura y de combate:

«¡Drop a star!

Echad a andar otra vez este barco varado, marineros.

Vosotros tenéis una estrella en el bolsillo…

una estrella nueva de paladio, de fósforo y de imán».