El dueño de la pocilga

En una de las mejores entrevistas que le han hecho hasta ahora, la de Jordi Évole en el programa Salvados, Pablo Iglesias mencionaba una canción reciente de Los Chikos del Maíz. Estos raperos proponen en ella entrar en el Congreso de los Diputados para preguntar —como Clint Eastwood cuando se lía a tiros en el saloon de la película Sin perdón— “¿quién es el dueño de esta pocilga?”. Ante los comentarios de Évole sobre el ajuste de cuentas que presagia el duro lenguaje de su partido contra la política parlamentaria, el jefe de Podemos admitía que “hay una parte de eso”. El rap político en cuestión, titulado Tú al gulag y yo a California,encadena la poco tranquilizadora escena con otras alusiones inconfundibles: “cazadores de elefantes, banqueros mangantes, farlopa en bandeja de plata, la oposición en Venezuela es fascismo que saquen a los tanques…”. Pero a mí me recordó de inmediato una novela muy mala de 1911, dedicada al Parlamento.

El periodista y escritor Joaquín Belda, conocido sobre todo por su dominio del género erótico o sicalíptico, contaba en La piara la historia de un joven diputado que llega a las Cortes y se encuentra con un panorama deplorable. Los políticos de entonces, según el autor, no cumplían nunca lo que habían prometido al electorado y, bajo las grandes palabras de sus discursos, escondían el disfrute de privilegios, un nepotismo sin freno, la lluvia de prebendas entre los miembros de sus partidos y múltiples negocios turbios. Corrompido por el ambiente, que le ofrece incluso mujeres fáciles implicadas en el contubernio, el ingenuo parlamentario ve hundirse su principal proyecto —un centro de enseñanza en su distrito electoral— y acaba desengañado. Pero al final reacciona y, con la ayuda de un viejo progresista, prende fuego al edificio del Congreso. El relato culmina con una sentencia fulminante: “Las llamas subían al cielo, ya cumplida su misión justiciera en la tierra. Los guarros se quedaban sin pocilga…”.

Y es que las diatribas contra el Parlamento han alimentado una longeva tradición en la España contemporánea, que en el cambio del siglo XIX al XX se hizo especialmente virulenta. Hubo algunos defensores de la democracia que veían la corrupción como una enfermedad curable, que debía atajarse para salvar las instituciones representativas, y no faltaron las reformas internas que trataban de mejorar su funcionamiento. Pero el engorde de las filas regeneracionistas dio rienda suelta al antiparlamentarismo más feroz. Los debates se veían como una farsa, un teatro en el cual se simulaban desacuerdos entre adversarios que, elegidos gracias al fraude orquestado por los Gobiernos, se repartían con descaro los recursos del Estado. En el hemiciclo y en los pasillos se hablaba una jerga extraña, ajena a las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos: a juicio de Miguel de Unamuno, muy escuchado en la época, “nada disuena más allí, en aquella campana pneumática, que la voz de la calle”. Las visiones tenebristas contemplaban cómo el pueblo moría de hambre mientras sus señorías se enredaban en discusiones sin fin sobre tal o cual retoque legislativo o crisis ministerial.

Semejantes descripciones no ayudaron a legitimar el régimen constitucional ni a redimir el papel de las Cortes. Joaquín Costa, apóstol de la regeneración en nombre del pueblo e inventor del binomio oligarquía y caciquismo para definir aquel sistema político, recomendó su cierre y un Gobierno firme, siquiera provisional, a cargo de un cirujano de hierro encargado de poner orden. Ni él ni la izquierda republicana en la que militó algún tiempo llevaron a cabo esta hazaña, pero su discurso fue enarbolado por el autoritarismo conservador que acusaba a los liberales de ineficacia y debilidad frente a las amenazas revolucionarias.

En 1923, un militarote en funciones de capitán general, con el pretexto de liberar a la patria de los políticos profesionales y de su tupida red “de concupiscencias”, clausuró las Cámaras por tiempo indefinido. Casi nadie lloró aquel cerrojazo. Había llegado el cirujano de hierro, quien, con el beneplácito del rey Alfonso XIII, dio inicio a un ciclo de insurrecciones que se llevó a la monarquía por delante y no se agotó hasta muchos años más tarde. El odio al Parlamento, símbolo de la democracia liberal, recorría Europa y redujo a ruinas el Reichstag en 1933.

La Europa de hoy apenas se asemeja a aquella Europa ni tampoco España es la misma, pues, aunque a menudo se nos olvide, vivimos en un país relativamente desarrollado, culto e integrado en las organizaciones internacionales que agrupan a las democracias europeas, deprimido pero todavía entero. Las elecciones ya no se falsean y no se fraguan golpes de Estado en los cuarteles. Sin embargo, los mismos términos u otros parecidos se abren paso para descalificar el sistema parlamentario y a sus protagonistas. Desde luego, nuestras Cortes están pidiendo a gritos reformas que acaben con las rigideces de sus reglamentos, den un contenido federal al Senado y no toleren los abusos de quienes, como hizo al parecer el actual presidente de Extremadura, cargando viajes sin sentido a sus presupuestos. Agilidad, resolución de conflictos y transparencia evitarían muchos males. Y serían deseables más deliberaciones y menos cuotas partidistas a la hora de designar a los responsables de organismos arbitrales.

Podemos ha sustituido a la oligarquía por la casta y al pueblo por la gente, pero comparte ese afán centenario por condenar al Parlamento. Iglesias afirmaba, en esa misma entrevista, “a veces tengo la sensación de que el debate parlamentario no sirve y de que los verdaderos Parlamentos son las tertulias de televisión”.

No se refería, claro está, a las funciones legislativas o al control del Gobierno, esenciales en ambas Cámaras, sino al espectáculo que despierta el interés del público. Pero quizá no esté todo perdido, pues el propio parlamentario europeo añadía que al día siguiente de llegar al Congreso “hay que hablar con todo el mundo, hay que trabajar…”. Y se le ve dispuesto a esgrimir escobas, no rifles. Tras la vertiginosa cabalgada transatlántica que les ha conducido de Venezuela a Dinamarca, los dirigentes de Podemos, socialdemócratas conversos, son capaces de cualquier cosa. Y uno, la verdad, no se imagina ardiendo el Parlamento de Copenhague. Más vale así, porque, si mantiene el tipo hasta las elecciones, el flamante secretario general podría convertirse en el dueño de la pocilga.

Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. En los próximos meses publicará, junto a Pedro Tavares de Almeida, el libro De las urnas al hemiciclo. Elecciones y parlamentarismo en la Península ibérica, 1875-1926 (Marcial Pons Historia).

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