El economista contra el poeta

Si Portugal fuera un barco, la presidencia de la República se perfilaría como el palo mayor, donde ondea la bandera del país. Nos encontramos, en suma, ante el jefe de Estado. Una nota importante: la textura del cargo no es sólo simbólica. Elegido por sufragio universal, el presidente posee poderes, entre ellos la llamada bomba atómica: puede, en situaciones de crisis, hacer dimitir el Gobierno, decretar la disolución del Parlamento y convocar elecciones. En resumen, la presidencia de la República es el mástil del país, pero también, a veces, el timón de la navegación portuguesa.

Mañana habrá en Portugal elecciones presidenciales. El nuevo presidente tiene que ser elegido con más del 50% de los votos válidos; en el caso de que esto no ocurra, habrá una segunda vuelta, entre los dos candidatos más votados. El propio método electoral se ha concebido para que este órgano político funcione como un amplio teatro del consenso portugués. No hay presidentes minoritarios: todos deben ser reflejo de una mayoría nacional.

El actual jefe de Estado, Aníbal Cavaco Silva, se presenta a la reelección. Su nombre de pila, con sus ecos cartagineses, de algún modo refleja la naturaleza imperiosa de este político de centroderecha. Se le atribuye una frase legendaria: “Jamás me equivoco y pocas veces dudo”. Se trata, pues, de un portugués afirmativo. Con este espíritu rompedor, obtuvo dos mayorías absolutas para su partido, el PSD. Ocupó el cargo de primer ministro entre 1985 y 1995, los años de la inmersión portuguesa en el baño dorado de la Unión Europea. Tiempos de prosperidad en los que la vida lusitana sonó como un vals de abundancia, dirigido por la batuta de este economista y profesor universitario. El nombre de Cavaco Silva suscita en la ciudadanía tres ideas: eficacia, austera severidad, con un punto de arrogancia. Alto y con un rostro seco y alargado, Cavaco Silva recuerda un poco la dureza pétrea de esas estatuas enigmáticas de la isla de Pascua.

Su gran rival es el socialista Manuel Alegre, personaje muy distinto. Gran poeta y escritor, este político firmó un pasado valiente de resistencia contra la dictadura de Salazar y Caetano. Hace muchos años, pronunció una frase que lo define bien: “El socialismo no se puede hacer de cuclillas”. Y efectivamente, a lo largo de 34 años, Alegre ha sido un diputado de palabras verticales. Un político lírico que, cuando entró en el quirófano a la velocidad de un infarto, iba murmurando “el libro… el libro…”, refiriéndose a una novela que aún no había terminado.

Con su barba de Víctor Hugo y su mirada clara, Alegre recuerda esos bustos ilustres que podemos encontrar en las academias. Cavaco nos surge como un hombre de números, al cual las palabras le salen de la boca con un ruido extraño de piedras; Alegre, al contrario, se afirma como una persona de letras, que titubea en las cifras. Cavaco se distinguió en funciones de gobierno; Alegre ha brillado sobre todo como parlamentario. En fin, nos encontramos ante un clásico de los duelos electorales: el economista contra el poeta, la derecha de los números contra la izquierda de las ideas. Pero todo esto ocurre cuando los diccionarios están cambiando y las palabras políticas ya no tienen el mismo sentido, si es que todavía les queda alguno.

Para entender los resultados electorales, hay que tener en cuenta un dato: la figura presidencial se respeta de tal modo en la sociedad portuguesa que el candidato que se presenta a la reelección parte siempre con ventaja. Así se explica que, desde 1980, todos los presidentes en ejercicio hayan sido elegidos en la primera vuelta para su segundo y último mandato. Siguiendo la tradición, los sondeos dan a Cavaco Silva posibilidades de solventar la cuestión este domingo.

Por consiguiente, si el presidente no gana con más de 50%, será una sorpresa y una victoria para los socialistas. Sócrates renacerá de sus cenizas financieras y empezarán a crecer en el paisaje político los claveles rojos durante la campaña para la segunda vuelta. Si Cavaco obtiene una mayoría absoluta discreta, ello significa que los portugueses no quieren jaleos: apuestan por la estabilidad, pero no desean que nadie se crezca. En el caso de que la mayoría presidencial se acercara al porcentaje de 60%, eso ya tendría otro sentido: los lusitanos se habrían cansado del actual Gobierno, apuntando hacia un nuevo ciclo político de derechas.

Resultarán también interesantes los resultados de Francisco Lopes, el candidato comunista: ¿hasta qué punto logrará atraer el voto del descontento, en un país apabullado por la crisis? Y el independiente Fernando Nobre, un médico propulsor de iniciativas solidarias, ¿cuántos votos obtendrá? Por fin, en este tiempo en el que China ha decidido reinventar el despotismo ilustrado, el dato de la participación electoral nos dirá un poco el estado de salud de la democracia lusitana. Un alto índice de abstención significaría, en un momento económico tan difícil, una moción de censura ciudadana al funcionamiento del sistema político.

Gabriel Magalhaes, escritor.

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