El ‘efecto tortilla’

Por Pere Puigdomènech, Laboratorio de Genética Molecular Vegetal CSIC-IRTA (EL PERIÓDICO, 16/02/07):

En diferentes puntos de México ha habido manifestaciones contra el aumento del precio de la tortilla, que es uno de los componentes esenciales de la dieta de los mexicanos. Está hecha de maíz y sirven para envolver los diversos tipos de comida que han sido la base de la alimentación de América Central desde hace miles de años. Para las familias mexicanas más pobres, es un alimento imprescindible.
México es un importador de maíz, especialmente de EEUU. Cuando en la potencia del norte se han puesto a hacer biocarburantes a partir del maíz, el precio del grano ha subido, la exportación se ha convertido en poco atractiva y los mexicanos han visto que el precio de la tortilla subía hasta niveles insoportables. En nuestro mundo globalizado, este tipo de efectos son los que podemos esperar cada vez más.
El maíz es y ha sido la base de la dieta mexicana desde hace probablemente 10.000 años. Cuando la especie humana llegó al centro de América hace unos 30.000 años, encontró un conjunto de plantas interesantes para la alimentación, entre ellas lo que sería el precursor del maíz, y que hoy llamamos teosinte. Transformar el teosinte en maíz fue un trabajo complejo y paciente que duró miles de años. Cuando las primeras civilizaciones se formaron en México, esta planta se convirtió en la base de su alimentación. Su importancia y la complejidad de su creación debían estar muy claras para todo el mundo, hasta el punto de que fuera considerada un regalo del cielo y que se encontrara en el panteón de los dioses mayas. Hoy, que sabemos la cantidad de cambios genéticos que son necesarios para esta transformación, no nos tenemos que sorprender del carácter divino que adquirió.
El maíz se utiliza en México para muchas cosas, pero la tortilla es una fuente de energía para una parte importante de la población. La harina se prepara, en general, tratándola con calcio y se pasa por el horno, así que se vuelve muy digestiva y nutritiva. Si añadimos a la dieta judías (los famosos frijoles mexicanos) y un poco de carne y fruta se puede construir una dieta que ha permitido el desarrollo de las sociedades centroamericanas.

AUNQUE México sea el origen y un gran productor de maíz, necesita importar, en particular de EEUU. En estos momentos, la estrategia americana para reducir las importaciones de petróleo pasa por producir etanol que se pueda añadir a la gasolina, así como en Brasil los coches pueden funcionar con etanol que se produce de la caña de azúcar. Este etanol se hace a partir del almidón del grano de maíz, y eso ha hecho que disminuyan las exportaciones de este alimento hacia México y que el precio de la tortilla suba a niveles inaceptables para los mexicanos más pobres.
Esta es una de las muchas paradojas con las que nos estamos encontrando en nuestros esfuerzos por corregir los efectos del cambio climático. Está claro que hemos encontrado alternativas a nuestra dependencia de los combustibles fósiles que, por una parte, tienen un límite de producción, y, por otra, son la fuente principal de los gases que producen efecto invernadero y están creando unos cambios en el clima que acabarán afectando a nuestro nivel de vida. Si producimos combustibles de las plantas, por una parte no necesitamos recursos que se agotan, y, por otra, los gases que producimos en parte están compensados por el dióxido de carbono que las plantas extraen del aire.
El problema que se plantea en esta solución es doble. Por una parte, en muchos casos no está claro que el gasto de energía que empleamos para producir un litro de etanol sea inferior a la que proporciona este, y, por tanto, estaríamos haciendo un negocio ruinoso desde el punto de vista de nuestras necesidades energéticas. Por otra, si el cultivo compite con las necesidades de comer, puede haber problemas como el que se ha producido en México.

EL HECHO ES que el maíz es una de las mejores formas que tenemos de convertir la energía solar en energía. Basta ver un campo al principio del verano con las plantas plagadas de hojas para darse cuenta de ello. Pero es un cultivo costoso en ciertos aspectos, por ejemplo en agua. Habría que recordar que en España cerca del 70% del agua de los ríos se utiliza para regar, y el maíz es uno de los cultivos que más la necesita. Por lo tanto, cuando proponemos usar esta planta, o el aceite de soja o colza, para producir carburantes hemos de tener en cuenta cuánta energía ponemos en el cultivo, cuánta agua necesita y si compite con su uso como alimento.
No hay duda de que tenemos que buscar alternativas a los combustibles fósiles y es posible que los carburantes extraídos de plantas sean en algún momento una buena alternativa, pero soluciones mágicas no hay. Con los cultivos actuales, su rendimiento y la actual superficie cultivada, apenas podríamos alimentar a la población actual y a la que viene. Hay que buscar nuevas especies, adaptar las actuales y las nuevas a los nuevos usos, tratar de encontrar las mejores formas de sacar de ellas carburante utilizable. Los problemas con los que nos enfrentaremos en los tiempos que vienen son complejos y en ellos intervienen factores globales muy interrelacionados. Solo los podremos afrontar sin prejuicios, con inteligencia y poniendo sobre la mesa todos los factores en juego.