El efecto túnel

Es posible que cuando la economía comienza a ir bien y da signos claros de estar saliendo de una crisis económica sea cuando es más probable que explote la crisis social que estuvo amortiguada en los peores momentos de la recesión? Parece una contradicción, pero acostumbra a ocurrir. De hecho, ya lo hemos visto en crisis económicas anteriores.

Recuerden lo ocurrido en 1988. En ese año la economía española había salido ya de una larga y dura crisis económica. Para afrontarla, el primer gobierno socialista de Felipe González aplicó una dura contención salarial y austeridad del gasto público. El argumento del ministro de Economía de entonces, Miguel Boyer, fue que ese esfuerzo social era necesario para sanear la economía, recuperar los excedentes empresariales, fomentar la inversión y volver a la senda del crecimiento y el empleo.

A pesar del aumento del paro y de la caída de ingresos, los sindicatos y la sociedad toleraron, aunque a regañadientes, ese ajuste. No plantearon un conflicto social abierto. Pero cuando se inició la recuperación reclamaron el pago de la “deuda social”. La falta de respuesta del gobierno llevó a una rebelión popular en forma de la huelga general de diciembre de 1988. El seguimiento fue general y el país se paralizó. El impacto político fue enorme. Aunque permaneció ocho años más en el poder, el liderazgo político de Felipe González quedó tocado.

El efecto túnel

¿Cómo explicar estas explosiones del malestar social cuando la economía sale de una crisis y no cuando está en sus peores momentos? Permítanme explicarlo con una historia basada en la metáfora del efecto túnel que utilizó el economista Albert O. Hirschman para analizar los cambios en la tolerancia social a la desigualdad.

Imagine que vamos por una autovía de dos carriles. Las condiciones de circulación son favorables y todos vamos al límite de velocidad. Lo que ocurría hasta el 2008. De repente, entramos en un túnel y la circulación se para. Viendo que todos estamos igual de mal, nos resignamos, apagamos el motor y esperamos que pronto se reanude el tránsito para poder recuperar el tiempo perdido en el túnel.

Al cabo de un tiempo vemos que los coches del otro carril comienzan a moverse. Estamos aún parados, pero nos alegramos de que las cosas comiencen a ir bien para los otros porque esperamos mejorar también. Encendemos el motor con la expectativa de que pronto arrancaremos.

Pero he aquí que los coches del otro carril van cada vez más deprisa y nosotros seguimos parados. Nos mosqueamos y comenzamos a irritarnos. Comenzamos a pensar que algo está yendo mal con la recuperación. Nuestro malestar va en aumento cuando observamos que al pasar a nuestro lado alguno del otro carril nos hace burla. En ese momento, nuestra tolerancia a la desigualdad cambia. “¡O todos o nadie!”, pensamos. Y entonces decidimos cruzar nuestro vehículo en medio de la calzada. Eso es lo que ocurrió con la huelga general de 1988.

¿Está volviendo a ocurrir algo similar en la salida de esta crisis?

Sí. Pero con la diferencia de que ahora el malestar social con la recuperación y el cambio de la tolerancia a la desigualdad no han provocado una revuelta popular, sino una “revolución democrática”. Por tal entiendo la transformación a través de las elecciones del sistema de partidos y el relevo –aun cuando sea parcial– de las élites gobernantes. Lo ocurrido en las elecciones municipales y autonómicas puede ser visto desde esta perspectiva del efecto túnel que se produce en la salida de la crisis económica.

Habrá que esperar a ver qué ocurre en las elecciones generales de otoño y en las catalanas, si finalmente se anticipan. Pero, en cualquier caso, lo urgente ahora es hacer frente a la “deuda social” que deja la crisis. Una deuda en términos de un gran número de hogares sin ingresos, desempleados con riesgo de quedar para siempre en la cuneta, nuevos grupos de trabajadores pobres cuyos salarios no dan para llegar a fin de mes, aumento dramático de la pobreza, especialmente de niños y jóvenes, e imposibilidad de emancipación de los jóvenes.

Estamos ante una emergencia social que no sólo daña el sentido moral de una sociedad decente, sino que es un riesgo para la economía de mercado. La responsabilidad para hacerle frente no es sólo de los poderes públicos. Corresponde también a la sociedad y a las empresas. Los partidarios del sistema de libre empresa no pueden olvidar que lo que legitima el sistema no es la rentabilidad, sino las oportunidades que es capaz de ofrecer a todos, especialmente a los que más las necesitan. En este sentido, esta emergencia social es a la vez una crisis de legitimidad de la democracia y de la economía de mercado. No deberíamos olvidarlo.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.

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