El egoísmo mata más que el virus

Las catástrofes, como esta pandemia del coronavirus, desnudan a los países, a sus gobernantes y sociedades. Así hizo con China cuando la enfermedad apareció en diciembre en la ciudad de Wuhan. Primero, su régimen autoritario intentó ocultarla silenciando a los médicos que alertaban sobre ella, como el difunto doctor Li Wenliang, el oftalmólogo reprendido por la Policía por «difundir falsos rumores» que «alteraban el orden social». Para que la economía no se viera dañada por esta extraña neumonía, que recordaba al SARS, las autoridades de Wuhan tardaron en reconocer que se podía contagiar entre humanos. Desde que tuvieron constancia de la evidencia, la demora fue de seis días, según una investigación de la agencia estadounidense AP, pero otras informaciones periodísticas de Hong Kong apuntan a que el primer caso llegó a detectarse el 17 de noviembre. A pesar de esta amenaza, en Wuhan incluso se permitió y se alentó un banquete con 40.000 personas y 14.000 platos en vísperas del Año Nuevo Lunar. Sin mascarillas, los comensales aparecieron en la televisión riéndose y diciendo que no tenían miedo porque confiaban en el Gobierno. Solo unos días después, la epidemia estalló como si fuera una bomba de relojería biológica.

Al darse cuenta de la gravedad de la enfermedad, a Pekín no le tembló el pulso para combatirla como si estuviera en guerra. «Manu militari», cerró por sorpresa Wuhan y encerró en sus casas a sus once millones de habitantes, aunque el propio alcalde, Zhou Xianwang, reconoció luego que cinco millones podrían haber salido de la ciudad en las semanas previas por miedo a la epidemia y las vacaciones del Año Nuevo Lunar. En los días posteriores, la cuarentena se amplió al resto de la provincia de Hubei, que cuenta con una población de casi 60 millones de habitantes y ocupa una superficie algo menor que la mitad de España. Tan drástica medida impidió que la enfermedad se propagara por todo el país, que también se paralizó por completo y donde prácticamente sus 1.400 millones de habitantes se confinaron en sus casas. Aquellas trágicas semanas de invierno, en las que parecía el mundo se iba a acabar, las calles de megalópolis como Pekín y Shanghái se quedaron desiertas bajo la nieve y la lluvia, los pueblos se cerraron y las carreteras quedaron cortadas para detener la transmisión del virus. Afortunadamente, sobrevivimos gracias a los repartidores a domicilio que abundan en China, quienes, con sus motos cargadas hasta los topes, dejaban en las puertas de los edificios la comida y las compras que hacíamos con el móvil.

Fue un ejercicio de responsabilidad colectiva, pero no estuvo exento de abusos y barbaridades como sellar las puertas de los bloques donde había enfermos o casos sospechosos. Fuera de Hubei, se desató una «caza humana» contra sus estigmatizados habitantes. A pesar del estallido de rabia en las redes sociales por la muerte del doctor Li Wenliang, o precisamente por él, el régimen reforzó la censura en internet y la represión, deteniendo a dos «periodistas-ciudadanos», Chen Qiushi y Fang Bin, que documentaban el caos y la muerte en los hospitales de Wuhan y llevan «desaparecidos» desde febrero.

Durante todo ese mes, Occidente contemplaba la tragedia como si fuera un «apocalipsis zombi», pero la mayoría de los países no hizo absolutamente nada para protegerse. En lugar de alertar a la población, gobiernos, medios y tertulianos le quitaban importancia al coronavirus asegurando que la gripe mataba a más gente al año. Su cacareado argumento de que solo afectaba a los ancianos y enfermos no solo era moralmente repugnante, sino increíblemente estúpido, pues hizo que los jóvenes y las personas de mediana edad siguieran con su vida normal. En los medios se imponía la línea editorial de no generar alarma social para no dañar la economía. Una enorme irresponsabilidad porque los periódicos, las radios y las televisiones deberíamos haber concienciado a la población para que se preparara contra la pandemia, en lugar de responder a unos intereses económicos que luego se han visto mucho más perjudicados.

Desde China, yo contemplaba este despropósito con rabia, frustración e impotencia, pues veía que lo mismo que había ocurrido en este país se iba repitiendo en el resto del mundo y, lo que más preocupaba porque allí está mi familia, en España. Para mí, que he seguido la epidemia desde el primer momento, es sin duda la cobertura que menos me gusta de mis quince años en Asia, pero también la más importante porque mi información ha ayudado a algunas personas a protegerse. Ojalá hubiera podido hacer más, pero cundió una ceguera generalizada por culpa del etnocentrismo occidental y la falsa sensación de seguridad de que «algo así no podía suceder aquí». En otros lugares más lejanos y menos desarrollados, como Asia, sí, pero no a nosotros.

Los ojos no se abrieron ni siquiera cuando el coronavirus estalló en Italia. A pesar de la cercanía y los estrechos contactos, buena parte de Europa, y sobre todo España, siguieron entregándose a los partidos de fútbol y hasta manifestaciones multitudinarias como la del 8-M en Madrid. Por egoísmo, el Gobierno no estaba dispuesto a cancelarla pese a que era lo más lógico, igual que Vox tampoco suspendió ese día su mitin en Vistalegre ni los amigos a los que yo avisaba iban a renunciar a su vida social ni sus planes de fines de semana. «Lo que tú pides es que se pare el mundo», respondían entre chanzas.

Pues bien, el mundo se ha parado por esas miras tan cortas y, más en concreto, por nuestro egoísmo, que mata más que el coronavirus. Pero, cuando ocurre una catástrofe tan grande como esta, que es la mayor de nuestra generación, no solo falla una cosa; falla todo. Desde Estados Unidos hasta España, pasando por el Reino Unido, Francia, México o Brasil, tenemos los peores gobernantes mundiales en décadas salvo las honrosas excepciones de Alemania, Corea del Sur, Taiwán, Portugal, la República Checa, Nueva Zelanda y Australia. Los bandazos de Trump, las elecciones municipales de Macron, la «inmunidad de grupo» de Boris Johnson y sus apretones de manos en los hospitales que le llevaron a la UCI, las tonterías de AMLO, las bravuconadas de Bolsonaro y la incompetencia supina de Pedro Sánchez demuestran que la política se ha convertido en todo lo contrario a lo que debería ser. En lugar de gobernarnos los más sabios, justos y nobles, estamos en manos de gente a la que jamás le dejaría la llave de mi casa.

Pero, frente a las tentaciones autoritarias que despierta cualquier catástrofe, eso no significa una decadencia de las democracias, sino de estos líderes que piensan más en sus intereses personales y partidistas que en el bien común. Frente a machos alfa, populistas deslenguados o figurines indocumentados con discursos vacíos, hacen falta dirigentes con inteligencia, empatía y honestidad. Como la canciller alemana, Angela Merkel; la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen; la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in. Para que surjan gobernantes como estos y sepamos elegirlos, es necesaria una absoluta regeneración social que empiece por la educación y prime el esfuerzo y la excelencia. Y también medios que informen anteponiendo la realidad a sus intereses económicos e ideológicos. En definitiva, necesitamos una «Generación 2020» que se dé cuenta de que el egoísmo, al final, a quien más nos perjudica es a nosotros mismos. Espero que aprendamos la lección del coronavirus. En España tenemos más de 25.000 razones para hacerlo.

Pablo M. Díez es corresponsal en Pekín.

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