El ejemplo alemán

Después de ganar las últimas elecciones por una muy amplia mayoría, las alternativas que tenía Angela Merkel para gobernar, una vez excluidos los liberales por la exigencia de alcanzar el 5 por ciento que la ley reclama para acceder al Bundestag y desechados los verdes por sus estridencias, eran o hacerlo en minoría, o volver a la gran coalición a la que tanto y con tan buenos frutos se ha acudido en Alemania.

Las negociaciones entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y la bávara Unión Socialcristiana (CSU), por un lado, y el Partido Socialdemócrata (SPD), por otro, arrancaron el pasado 23 de octubre. Se constituyeron a tal fin doce grupos de trabajo, en los que cerca de trescientos expertos propuestos por unos y otros analizaron las distintas vertientes de la futura política común. Conforme a lo previsto, las negociaciones concluyeron con éxito en la madrugada del 27 de noviembre. Para ello las dos partes han hecho numerosas cesiones, y en uno de los principales escollos para sellar el pacto –la fijación del salario mínimo de 8,5 euros por hora trabajada– Merkel ha tenido que dar su brazo a torcer en favor de los socialdemócratas. Tras la consulta y aprobación por los afiliados, particularmente en el caso del SPD, a lo que sus líderes se han comprometido, se estima que el nuevo gobierno de coalición esté formado para finales de diciembre.

Pero, ¿padece Alemania tal situación político-económica excepcional y de acusada gravedad que imponga la forja de la gran coalición como instrumento para afrontarla? No: Alemania goza de una holgada situación económica, su estabilidad institucional es sólida, y, con matices, ejerce un notable liderazgo en la Unión Europea, apenas ensombrecida por la tibia y titubeante presencia del presidente francés François Hollande. A su vez, si reparamos en que dentro de los extremos más debatidos para alcanzar un acuerdo de gobierno entre socialdemócratas y democristianos se encuentran la ya aludida fijación del salario mínimo y el otorgamiento de la doble nacionalidad a los nacidos en Alemania de padres extranjeros no pertenecientes a la Unión Europea, se aprecia con facilidad que no es una situación excepcional la que aconseja esta coalición. Por el contrario, la cultura del pacto, la erradicación del cainismo, la lima de los planteamientos más agudos de cada partido mediante la convivencia limitadora, es lo que principalmente cimenta el proceder político que se escenifica en Alemania.

España, por desgracia, sí que vive una situación delicada, difícil, y, si no es calificable de excepcional, es porque desgraciadamente, con más o menos intensidad, ya la ha vivido en otros momentos pretéritos. Los muchos problemas que la crisis económica amontona encabezados por el paro, la búsqueda de un equilibrio definitivo entre el Estado y las Comunidades Autónomas, el independentismo catalán, las reformas de la educación, la sanidad y las pensiones, la lacra de la corrupción en sus muchas variantes, son, junto con otras, cuentas del rosario que permite sin empacho calificar nuestra situación de delicada y difícil.

Y, sin embargo, el enfrentamiento entre los dos partidos mayoritarios españoles es casi el pan nuestro de cada día. Son pocas las materias en las que acaba recayendo un acuerdo entre ellos, a pesar de que las que están en el candelero afectan a la médula de nuestro país y a futuras generaciones. Cuando hay algún atisbo de ello, suele fracasar encenagado por la miopía y la parcialidad. No pocas veces, parece como si la reafirmación del ser de cada partido solo se consiguiera mediante la negación y rechazo absoluto a todo lo que viniera del otro, no a través de los frutos del propio actuar. Para acentuar más la falta de entendimiento, empieza a cundir la muy equivocada tendencia de desmerecer y apocar la llamada transición democrática, etapa de la reciente historia de España en la que la cultura del pacto dio grandes beneficios.

Para atajar a fondo muchos de nuestros males actuales debería servir el ejemplo alemán que estamos presenciando en estos días, al menos parcialmente y sin llegar al extremo impensable hoy por hoy de una gran coalición de gobierno. Cuando observo con preocupación el frecuente enfrentamiento y, salvo excepciones, como la reciente elección de vocales del Consejo General del Poder Judicial, las dificultades de nuestros principales partidos para alcanzar pactos sobre los graves problemas que nos aquejan, miro con envidia el ejemplo de Alemania y cómo los cristianodemócratas y socialdemócratas de este país achican diferencias, se ponen de acuerdo en lo sustancial y encaran mejor y más sólidamente aquello que siempre debe guiar la labor de quien se entrega a la tarea política: el bien de la sociedad a la que se sirve, por encima de injustificables banderías y parcialidades.

Luis María Cazorla Prieto, académico de número de la Real de Jurisprudencia y Legislación.

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