El ejemplo de doña Sofía

El título II de la Constitución trata de la Corona. Consta de diez artículos y solo menciona a la Reina en uno de ellos; lo hace para decir que la Reina consorte no podrá asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia. La forma de nuestro Estado es la de un Estado social y democrático de derecho. Y el Rey, símbolo de la unidad de ese Estado, modera y arbitra las instituciones. Estas funciones tan claramente expresadas en la Constitución no parecen ser entendidas por quienes creen que el hecho de sustituir la monarquía por una república daría paso ipso facto a una democracia. Somos una democracia y la ejercitamos, y los valores superiores que se consagran en el título preliminar de la Constitución, justicia, libertad, igualdad y pluralismo político, son los que priman en nuestras leyes: nuestros derechos y nuestras libertades.

La mayoría de los españoles han agradecido al Rey, a través de sus legítimos representantes, y en ocasiones de forma directa y espontánea, los servicios prestados durante los años de reinado. Historiadores, sociólogos y muchos de quienes ejercieron importantes responsabilidades públicas han descrito como ha sido la transformación de nuestro país: de una dictadura a una democracia sin traumas y sin exclusiones. Los propósitos del Rey de serlo para todos los españoles y de hacer que la soberanía recayera en el pueblo se hicieron realidad. España dejó de ser pintoresca, diferente y anómala. Nos tuvieron que admirar en el extranjero para que nos admiráramos nosotros mismos de lo realizado. A los hispanistas, necesarios durante décadas para analizar con libertad nuestro pasado y nuestras circunstancias, les sucedieron historiadores españoles que afirmaron que la transición se había hecho de forma admirable y que nuestra forma política de estado, la monarquía parlamentaria, había sido clave en aquella.

La abdicación del Rey cierra una gran y larga etapa de la historia de España, etapa de progresos y de libertades, sustantivos que no necesitan adjetivarse. Pero faltaríamos a la verdad histórica y, además, seríamos desagradecidos si no señaláramos el comportamiento y la actitud de la Reina, mantenidos durante todo su reinado. Porque el papel de una reina consorte, sin funciones definidas, debe ser bien difícil. Si la Reina consorte se convierte en gran protagonista puede suponer un exceso en sus funciones. Si la Reina se queda siempre en la sombra se puede interpretar como ausencia deliberada o como falta de interés. Y si se dedica, exclusivamente, a asuntos de carácter social, queda limitada a un tradicional papel de la mujer.

La Reina Sofía ha sabido encontrar su papel y su función, y lo ha ejercido con dedicación exclusiva como lo hacen buenas profesionales. Porque ha sabido estar allí donde debía, donde se necesitaba su presencia como consorte, su mano para felicitar, su ánimo para alentar o su risa para alegrar. Y por encima de todo, ha sabido acompañar a muchas personas, dentro y fuera de España, en los momentos de dolor, de preocupación o de angustia. Su voz y sus lágrimas han sido consuelo en los peores momentos para aquellos que necesitaban una mano tendida. Y nunca hemos visto en ella muestras de cansancio, impaciencia o incomprensión. Los españoles se han podido acercar a ella, y ella ha sabido estar cerca, preguntar, animar o sencillamente llorar con los que lloraban a su alrededor. Su voz ha sido escuchada en multitud de ocasiones para defender los derechos humanos, los derechos de quienes se sienten marginados o de aquellos que todo lo han perdido. La Reina ha sido un consuelo necesario para muchas familias, y su conducta un ejemplo: por su vocación de servicio, por su rectitud, por su esfuerzo y por su entereza.

Y si el Rey merece inmensa gratitud de los españoles y así debemos reconocerlo y proclamarlo, la Reina, también.

Soledad Becerril, Defensora del Pueblo.

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