El ejemplo del diplomático Ángel Sanz Briz del que no aprendemos

Durante estos días, en el mundo entero, se están celebrando múltiples actos relacionados con el 75 aniversario del Holocausto. La Shoah se cobró la vida de 6 millones de seres inocentes, en poco más de cinco años. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron eliminados de la faz de la Tierra, sin piedad, por el mero hecho de ser judíos. Sin duda, el Holocausto por su injusticia, número de víctimas y crueldad, siempre será una de las mayores tragedias de la humanidad. Se podrá perdonar, pero nunca olvidar.

Hace aproximadamente 75 años, un joven diplomático español –Ángel Sanz Briz– hoy conocido como el Ángel de Budapest, se enfrentó al Holocausto. A sus 34 años, por avatares de la vida, sin corresponderle por rango o experiencia, se convirtió en el responsable de la embajada de España en Hungría durante la invasión nazi a ese país, a finales de la Segunda Guerra Mundial. Desde su puesto, Ángel Sanz Briz protegió y salvó de la muerte a más de 5.000 judíos húngaros, proporcionándoles documentos de protección españoles y refugiándoles en edificios de Budapest, supuestamente extraterritoriales, por estar protegidos por la bandera de España que en ellos izó. En esta valiente y peligrosa labor humanitaria, se jugó la vida y su carrera diplomática. No dudó en hacerlo porque su corazón, conciencia y moral le impidieron quedarse de brazos cruzados, al presenciar las atrocidades a las cuales los nazis sometían a los judíos de Budapest.

El embajador español Ángel Sanz Briz, en 1972.
El embajador español Ángel Sanz Briz, en 1972.

Hoy se estima que 50.000 personas, entre salvados y sus descendientes, vivieron o viven gracias al Ángel de Budapest. Esto le valió para ser reconocido como Justo entre las Naciones por el Estado de Israel, junto con otras 27.000 muy honorables personas, de múltiples nacionalidades, que tampoco fueron indiferentes al dolor y sufrimiento ajeno y que actuaron de forma justa, como su título indica. Todos ellos salvaron a decenas de miles de judíos en distintos puntos de Europa, poniendo en riesgo su propia vida y, en ocasiones, hasta las de sus familias.

A pesar de lo mucho que se ha hablado, escrito y recordado el Holocausto, los genocidios y crímenes contra la Humanidad no han cesado desde entonces. Por citar algunos ejemplos, véase lo ocurrido hace algunas décadas en Camboya, principalmente con los jemeres, el denominado «auto genocidio», y en Ruanda, donde cientos de miles de tutsis fueron exterminados por los hutus, sin olvidar que, por esos mismos años, a pocos kilómetros de Venecia, en la ex Yugoslavia, se produjeron horribles matanzas étnicas. Mas recientemente, lo ocurrido en Irak y Siria –con cristianos y yazidíes– y en Myanmar con los rohingya, a pesar de que la líder civil de este país, Aung San Suu Kyi, fuera y siga siendo Nobel de la Paz. Hace poco, varios países han denunciado a China por sus abusos con los uigures, una comunidad musulmana suní que habita en la región de Xinjiang, desde el siglo IX. Según ciertos datos, posiblemente, hasta dos millones de sus miembros, de todas las edades, han sido trasladados a «campos de reeducación».

Todavía no logramos prevenir los genocidios, los crímenes de guerra y los de lesa humanidad. En cambio, lo que sí se ha demostrado –y esto es fundamental– es que podemos detenerlos sin intervenir bélicamente, como ocurrió en Myanmar, o mediante la fuerza, como ocurrió con el Estado Islámico. Hay que evitar, a toda costa, que estas tragedias se repitan. La opinión pública es clave para que medios de comunicación, personas de peso, gobiernos, organismos y alianzas internacionales se movilicen, ejerzan presión y logren pararlas lo antes posible. Para que la opinión pública se oiga con fuerza, tenemos que ser muy conscientes de las atrocidades que ocurren en los genocidios y situaciones similares. Por ello, es esencial que se celebren homenajes como el del 75 Aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz para que el Holocausto no caiga en el olvido. Todos deberíamos de poner nuestro grano de arena, como los citados Justos entre las Naciones, para que nadie vuelva a ser injustamente perseguido, privado de su libertad o aniquilado, por motivos raciales, de nacionalidad o de convicciones y creencias. Es el más elemental de los derechos humanos y todavía se sigue violando.

Ángel Sanz Briz, desde la modestia, con el corazón en la mano, dio una pequeña lección de humanidad al mundo. Conmovido por los crímenes nazis que veía a diario en Budapest, arrancó protegiendo a los judíos descendientes de españoles. Los lejanos tataranietos de la diáspora. Luego, ante la feroz mirada de los húngaros colaboradores del III Reich y de la temible SS, extendió esa protección a otros judíos que nada tenían que ver con nuestro país. Arriesgó y nunca alardeó de ello. Tampoco se las dio de maestro o de héroe, pero seguro que hoy en día se quedaría atónito ante el rebrote de los populismos, del antisemitismo (por ejemplo en Alemania, Francia o Estados Unidos) o del racismo. Estamos en pleno siglo XXI y parece que aún no hemos aprendido de su ejemplo.

Juan Carlos Sanz-Briz es hijo de Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910 – Roma, 1980) y transmisor de su legado.

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